Moral de la autenticidad

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Voy a seguir conversando sobre la posibilidad de la autenticidad como lineamiento moral esta vez a la luz de la propuesta filosófica de Jean-Paul Sartre. En El ser y la nada el para-sí, es decir, el sujeto tiene la posibilidad de ser auténtico o ser de mala fe. Ser auténtico es aquél proyecto de lucidez y honestidad que el sujeto emprende consigo mismo que consiste en reflexionar y verificar las razones de sus actos, la justificación de sus elecciones asumiendo siempre las consecuencias de las mismas. Se trata de no evadir la libertad y la responsabilidad que implica ser libres porque elegir es elegirse y cada uno es el responsable de su existencia. No hay una esencia que nos predetermine porque la existencia precede a la esencia.

Autenticidad

Así que la autenticidad implica honestidad, no evadirse, no excusarse, cuestionarse quitándonos las máscaras y los miedos. Que cada uno de nosotros se haga responsable de sus elecciones. Este lineamiento moral de la autenticidad descrito por Sartre inspira el ideal a realizar en las relaciones concretas con el prójimo, en la medida en  la cual, la plenitud en una relación se alcanzaría si el sujeto mantiene una comunicación auténtica con el otro y no lo niega, es decir, no lo cosifica porque lo reconoce como igualmente libre. Supone una relación de reconocimiento paritario entre dos libertades que anhelan realizarse y, por eso, colocarán todo su empeño lúcido en ser honestos, en reflexionar las razones de sus elecciones, en problematizarse y no descargar en el otro sus propias responsabilidades tejiendo, de esta forma, lazos de confianza.

Sin embargo, en una lectura lineal de El ser y la nada las relaciones auténticas con el prójimo son un proyecto fallido, es decir, terminan por no realizar esta posibilidad concreta de la autenticidad. ¿Por qué?

Autenticidad y el reconocimiento del otro

Porque el reconocimiento intersubjetivo paritario -que es la base de toda posible relación auténtica con el otro- no se desprende a primeras luces de la ontología sartreana que tiene como punto de partida al sujeto volcado sobre sí que se indispone al toparse con la mirada del otro, no lo reconoce, no se encuentra con él, más bien, lo niega, lo enfrenta. Sucede que el para-sí descubre que el otro es igualmente libre de ordenar su mundo, de valorarlo y realizar sus elecciones y, por ello, éste se le resiste en tanto que lo interpela, cuestiona y genera juicios al igual que él. Apegados a la propuesta sartreana surge, entonces, una relación basada en el enfrentamiento y no en el reconocimiento auténtico del otro.

En este sentido, el enfrentamiento consiste en que el sujeto quiere recuperar la unidad perdida que tenía cuando estaba solo replegado sobre sí mismo, sin la presencia de los otros. Es por ello que el movimiento inicial del para-sí frente al descubrimiento del otro será siempre, según Sartre, de anulación. Buscará cosificar al prójimo porque su ser, los juicios sobre su persona -que son realizados por la mirada del otro- se le escapan y siente la hemorragia de su ser, es decir, percibe y comprende que el sentido de su existencia se le escapa con esa mirada.

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Mala fe

¿Y por qué el existente quiere recuperarse, volver a la unidad perdida si está en el mundo con los otros? Dado que no puede negar efectivamente que está en el mundo con los otros ¿Por qué ante dicho descubrimiento el para-sí no construye el encuentro de miradas, en vez de proyectarse para el desencuentro, para el enfrentamiento de las mismas? Sartre expone que el proyecto originario del cogito no es ser auténticos sino, en su defecto, ser de mala fe porque la tendencia originaria del cogito pre-rreflexivo es ser de mala fe, esto quiere decir, que tiende intencionalmente a mentirse a sí mismo. Mentirse a sí mismo y creérselo es el proyecto de ser de mala fe.

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El para-sí se engaña a sí mismo para no sentir el vértigo de la libertad ni el compromiso que se requiere para que ésta se desarrolle como tal junto con los otros. En unidad de la conciencia, el para-sí de mala fe es a la vez engañador y engañado y, con tal engaño, lo que busca es evadir las responsabilidades que tiene frente al uso de su libertad. Se miente con el fin de excusarse para no sentirse responsable de sus actos y siempre tener un culpable frente a consecuencias y situaciones indeseadas.

Rescate de la autenticidad

Nos trasladamos a otro texto de Sartre para poder salir del atolladero de la mala fe descrito en El ser y la nada y la imposibilidad de la autenticidad como proyecto existencial. En Verdad y existencia tenemos el esfuerzo asistemático de Sartre por salir de la aridez de las relaciones concretas con el prójimo signadas por la mala fe que expusiera en El ser y la nada. Ahora bien, sabemos que al acto de conocer auténtico conduce, según los lineamientos sartreanos de Verdad y existencia, a una verdad activa, viva y ofrecida como don. Veamos en qué consiste lo anterior y cómo, desde allí, podemos entablar relaciones auténticas con nosotros mismos y con los otros, desde el propio Sartre, que no conduzcan a la negación de la posibilidad de la autenticidad.

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Autenticidad y verdad

La verdad es activa porque, gracias al esfuerzo por ser auténticos, el para-sí la busca constantemente, en un empeño persistente y duradero. Se esfuerza por comprender los acontecimientos externos (las cosas) y sus significaciones (las cosas en función del para-sí y de los otros). Esta actividad no se ejerce ex nihilo, ni replegado sobre sí, sino desde un ser con una libertad en situación comprometida con los otros.

A su vez, esta verdad es viva porque el para-sí encarna el sentido de lo que se le revela en su relación con el otro, encarna su verdad y la pone en juego, es un sujeto que padece y encarna sus convicciones desde una ineludible intersubjetividad, dejando atrás el muro que lo separaba del otro en El ser y la nada.

Finalmente, la verdad es un don que está para ser ofrecido al otro y esto sólo se alcanza, ofreciéndose. En este sentido, el otro no es anónimo, sino alguien cercano, próximo. Es una verdad-con el otro, que se levanta gracias a la comunicación auténtica y no una verdad-contra el otro que procede de ese mentirse a sí mismos, de ese encierro del sujeto aislado de El ser y la nada que condena las relaciones paritarias. En la entrega de esta verdad, el para-sí rompe su clausura, se abre, hasta se podría decir con Levinás, si bien Sartre no lo hace, que el sujeto se hace rehén del otro. (1)

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Autenticidad y donación de la verdad

La verdad como don propicia las relaciones auténticas, porque es una verdad “expuesta” al juicio del que me es cercano. Donada desde la gratuidad, desde la generosidad, se convierte en promoción del ser del otro próximo, al mismo tiempo que autopromoción de aquel que la entrega. Su sentido no reposa absolutamente en el sujeto, sino en la tensión cooperativa propia de la intersubjetividad.

En cuanto tal, a este nivel Sartre se aproxima a una filosofía personalista en la que el sujeto del conocimiento es la persona humana. La soledad, que tiñe con su pathos todo El ser y la nada, se transforma. El sujeto replegado sobre sí ya no es un fin, sino un medio necesario para el recogimiento que busca alcanzar la autenticidad. Recogido, el para-sí se trabaja, cuestiona y abre hacia el prójimo-próximo. La soledad como fin aparece ya como un mal, como un fracaso al cual nos conduce nuestra mala fe y de la que hay que salir para efectuar la comunicación existencial auténtica de encuentro enriquecedor con el otro, de tender puentes y tejer relaciones.

Hacia un encuentro con el otro: Moral de la conversión

De esta manera, en Verdad y existencia Sartre descubre, al menos así se desprende de la lectura que he realizado, que el para-sí no se pertenece, porque la relación consigo mismo ya no está regida por la indisposición ni por el enfrentamiento. La interioridad auténtica reclama una dialéctica de la exterioridad que conduce al encuentro con el otro. Existir auténticamente es, entonces, completamente distinto de la actitud egoísta de querer vivir replegados sobre nosotros mismos.

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De forma tal que la moral de la autenticidad, en palabras del propio Sartre, es una moral de la conversión. Ésta radica en liberarse de la mala fe descrita en El ser y la nada  y hacer posible la autenticidad como proyecto existencial que se puede extraer de Verdad y existencia. Allí, además, se hace patente como proyecto posible el ser auténticos y que dicha liberación de la mala fe no es nunca una liberación solitaria puesto que requiere del encuentro con el otro, de la verdad como don para efectuarse.

La libertad absoluta ya no es, entonces, el valor absoluto, pues surge con igual fuerza comunicarse auténticamente con la libertad del otro. Si esto es así, el otro, la otra persona es un valor tan importante como el de la libertad. La intersubjetividad deja de ser un “mercado” de seres egoístas y calculadores y se transforma en el encuentro de dos existencias que entregan sus verdades, donan sus miradas y se hallan. El don que cada uno ofrece al otro es su propio rostro y, con él, esa mirada que abraza y celebra el encuentro de dos libertades que se reconocen como iguales.

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Más allá de Sartre: La mirada solícita

Para no hacer violencia hermenéutica con Sartre e ir más allá del mismo, he de decir que en este punto del encuentro de miradas auténticas, Sartre, a diferencia de Marcel o Levinás, no alcanza a ver. Su mirada no encuentra rostros, porque determina, fija, cosifica, transforma en piedra. El universo de Sartre, inclusive en sus mejores momentos, no conoce la calidez del rostro, su epifanía (2) y ternura.

¿Cómo puede Sartre, fino fenomenólogo, reconocer en la mirada que una madre dirige a su niño, en esa solícita, protectora y al mismo tiempo frágil mirada que lo abraza y acompaña a cada instante para sostener sus inciertos pasos en el mundo, una mirada que cosifica, de enfrentamiento? La mirada de Sartre es ciega puesto que su error consiste en que se cierra a experiencias existenciales radicales y se torna reductiva. La línea del encuentro de miradas auténticas que estoy desarrollando se desprende de  la lectura de Sartre que he realizado, mas no fue trabajada por el autor.

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De modo tal que la mirada solícita que reconoce auténticamente al otro descubre que el sentido nunca viene solo al mundo, que es necesario que los otros lo acompañen, lo sostengan, lo enriquezcan y eso no es un pesar. Más bien, esa mirada es ya amor, es agradecimiento, es ayuda que aceptamos sin pudor, sin culpa, sin vergüenza; es la mirada solidaria y cercana de nuestro hijo, familiares, amigos, colegas, estudiantes, vecinos; miradas que abrazan, cobijan y que nos han dado calor en las peores situaciones; es la mirada del encuentro que contagia alegría, que cura enfermedades, que sana heridas; la mirada fraterna que perdona y que le dice sí a la vida en un acto pleno de generosidad y gratitud.

Sí, dejamos atrás la mirada de Medusa que es una mirada no humana, mirada que sostiene a ese ser replegado sobre sí mismo, egoísta que Sartre nos ha descrito cuando estamos teñidos de mala fe y rehuimos nuestro compromiso existencial de ser auténticos, honestos y confiables. En fin, cuando rehuimos a esforzarnos por ser cada vez mejores personas.

Gracias al esfuerzo por ser auténticos, en lugar del conflicto de miradas enfrentadas, aparece la mirada solícita que coopera, abraza y es abrazada, mirada que hermana, es comprensiva y empática, aquella que se pone en el lugar del otro y que nutre nuestro rostro enriqueciéndolo con valores como el de la confianza.

En nuestra próxima entrega seguiremos con estas reflexiones. Muchas gracias por su gentil lectura.

Referencias bibliográficas:

(1) LEVINÁS, Emanuel: Totalidad e infinito, Salamanca, Sígueme, 1995.

(2) Idem.

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