El momento social de la Ética. Segunda lección (gratis) de Filosofía Moral

Decíamos ayer… como un fray Luis de León cualquiera, que las personas vamos construyendo nuestra biografía, mediante nuestra actuación. Y ello, casi desde el mismo momento en que nacemos. Por lo demás, no acabaremos nunca de estar retejiendo nuestro carácter, nuestro modo de ser adquirido, en tanto sigamos pudiendo disponer de nuestra conciencia y de nuestra libertad, tanto exterior como interior.

Siendo ello así, es evidente que cada uno de los ámbitos en los que nos vamos moviendo al compás de nuestro desarrollo vital, habrá de contribuir -en más o en menos, pero tendrá siempre su particular input- a perfilar lo que las personas somos y a fijar el tono en el que nos vamos conduciendo por la vida y en las relaciones con los demás.

Anticipábamos también en el pasado blog – http://entreparentesis.org/no-cabe-demostrar-etica-primera-leccion-gratis-filosofia-moral/ – la presencia de muy diversos agentes socializadores y, en tanto que tales, responsables de nuestro propio destino. El primero y básico es la familia. Es la primera escuela de moralidad; la gran transmisora del saber ético acumulado por nuestra cultura. Nos aporta en la socialización primaria –la que llevan a efecto mamá y papá, así como los familiares más directos…- el gran SE impersonal…

  • ¿Aquello que cantaba Tarrés?
  • ¡Querrá usted decir Serrat!
  • Yo hablo de uno que es catalán –aunque no creo que sea de pedigrí bueno, porque en su biografía dice que su madre era aragonesa-, que perdió comba frente Massiel para representar a España en el Festival de Eurovisión a finales de los sesenta, por querer trovar antes de tiempo en la lengua de Verdaguer y Maragall, los de la Renaixença…
  • ¿No querrá usted referirse, hermano, a un señorín que anduvo portando antorchas cuando los fastos del 92; que participó en el homenaje a don Juanito Valderrama; y que ahora dicen que es fascista?
  • ¡El mismo!… ¿Será por lo de su madre?
  • ¡Oiga, compadre!… ¡Y qué bien sonaba aquella copla de El emigrante, que arrancaba con un verso que habría que mandar esculpir en letras de oro y colocar sobre mármol de lo que venden los contratistas en España de Marmors i Granits de la Conca, para lucirlo a la puerta del Col.lgi Oficial d’ Odontòlges i Estomatòlegs de Catalunya, sito en la Travessera de Gràcia, 93…
  • ¡Ya recuerdo!: Un verso que decía: “Tengo que hacer un rosario con tus dientes de marfil… ” https://www.youtube.com/watch?v=UkP5qUC9uhU
  • ¡Anda que la traca viene cuando se viene arriba el cante, a la par que vuelve la cara llorando el emigrante, y salta con aquello de “¡Adiós mi España quería, muy dentro del alma te llevo metía…!”
  • ¡Va a ser por eso por lo que lo llaman fascista!
  • No lo creo, hacen coro también Ana Belén y mi paisano Vitorín, el de Mieres del Camín, que decían que yeren del Partíu Comunista
  • ¡Prhombre! ¡Eso ya está muy olvidado…! Y recuerde, al decir de Dalí: “Picasso dice que es él es comunista; yo, tampoco!…”
  • Bueno, pues a lo que te voy, moreno. Yo quiero traer a capítulo lo que el vate barcelonés decía en uno de sus cantares a un niño que molestaba con la pelota: “¡Niño, …eso no SE dice, eso no SE hace; eso no SE toca!”
  • ¡Ah, amigo! ¡Ya sé por dónde va usted! ¡Ya comprendo lo que quiere decir con el gran SE impersonal que se transmite en la socialización primaria… Pero eso dura poco, ¿no?
  • No se crea, que hay muchos otros avisos y normativas de semejante jaez que, o bien los aprende uno antes de cierta edad o ya no hay quien los acabe por asimilar… Piense, por caso en: “SE lava uno las manos antes de comer”; “no SE debe mentir” … “Cuando hablan los mayores, los niños SE callan”

Una particularidad de este primer contacto con el SE, con la norma que clausura las –como decíamos- en principio, opciones abiertas de comportamiento, es que viene siendo llevada a cabo en nombre de la sociedad en su conjunto, por parte de quienes más quieren y se preocupan por el bien del niño. Por eso, como se deriva por antítesis de lo que acabamos de afirmar respecto al instante en sazón para arraigar estas semillas éticas, lo que se aprende en este momento, habrá de tener una relevancia muy significada a lo largo de toda la vida

A sensu contrario, quienes tienen la desgracia de no empezar la vida en un contexto munificente; los que nacen y empiezan a desarrollarse en el seno de una familia destruida y rota, donde no encuentran la acogida suficiente como para crear las bases de una personalidad adaptada y constructiva –todo lo crítica y transformadora de la realidad que, desde otro ángulo se quiera suponer-; digo que quienes empiezan el recorrido vital en contextos desgraciados van a tener mucho más difícil adaptarse a un mundo que les recibió con hostilidad, los educó en la miseria, no les aportó ejemplos ni modelos adecuados en los que mirarse y a los que pretender emular… los fue poniendo en el disparadero de actuar a la defensiva –y ya sabemos que no hay mejor defensa que un buen ataque- y de torcer por el mal siniestro de una vida, muchas veces, infeliz y desgraciada.

Pero el proceso de construcción del sujeto moral, con lo anterior, no ha hecho más que empezar. La socialización secundaria aguarda su momento y lo encuentra propicio la primera vez que el niño sale de los límites de su familia directa –si, como acabamos de señalar, tiene la suerte de haberla tenido y de haber sido acogido con amor y en condiciones mínimamente benévolas- y entra por la puerta de una escuela. En ese momento, van a aparecer dos poderosos agentes de socialización que le van a proponer y a exigir que se adapte a nuevos juegos y realidades: el grupo de iguales y los maestros.

Los maestros y profesores, de un lado, van a ir transmitiéndole contenidos y conocimientos; pero, al propio tiempo, le van a ir inculcando maneras de actuar, estilos de vida… Ahora los mensajes apuntan a otras realidades, propias del nuevo contexto: “No SE habla en clase”; “SE forma cola para entrar en el comedor”. La vinculación emocional con la maestra y con el maestro, por lo demás, nunca habrá de ser tan afectuosa y tan firme como la que se había establecido con los propios padres. Hay quien dijo en alguna parte que, “si bien uno tiene que enamorarse de su madre, no necesariamente debe hacerlo de la maestra, por más que la aprecie” …

Otra fuente de socialización – y, en consecuencia, otro manantial de moral vivida, otro venero de normas- es el que emana de los compañeros, la que proviene del grupo de iguales con los que el niño se topa desde este momento… y que, mutatis mutandis, va a seguir encontrando a lo largo de la vida, allá donde se haya de ubicar: colegio, grupos parroquiales, clubes deportivos, universidad, empresa, sindicatos, partido político…

Ahora la norma, los valores, las pautas de actuación, los criterios y principios ya no proceden de arriba abajo –Top-Down-, sino que emergen, por así decirlo, de los lados… Sin embargo, no por ello dejan de tener menos fuerza coactiva – ¡al contrario! – que lo que emanaba de los superiores –padres, maestros…- y, andando el tiempo, de la que resulte de las normas y códigos de la empresa; de la que provenga de las políticas y prácticas demandadas por la organización en la que el sujeto se integre como trabajador o profesional; y que vendrá demandada desde la autoridad y el poder que ostenten los jefes y responsables de los que, en cuanto empleado por cuenta ajena, aquél dependa…-

Cuando uno llega a la empresa ya lleva mucha vida vivida; y ya tiene un carácter moral a medio construir… pero siempre es posible que se produzcan transformaciones; cabe la posibilidad de pulir algunos usos y de modificar ciertas costumbres… el sujeto que se apresta a entrar en la empresa, debe ser consciente de que está traspasando una nueva puerta y que va a introducirse en un ámbito nuevo. Se va a topar con nuevas personas; con formas de hacer y de organizarse inéditas para él… con patrones culturales y valores propios del nuevo escenario. En consecuencia, habrá de ver si sus expectativas y aspiraciones, si su manera de ser y sus valores pueden acoplarse de forma apacible con los de la institución.

Los que llevan a efecto procesos de selección de personas para empresas y organizaciones son plenamente conscientes de esta circunstancia: lo saben muy bien. Para ello, buscan responder a un doble reto: de una parte, necesitan conocer profundamente al candidato para ver si se trata de la persona idónea para ocupar el puesto que se haya de cubrir; y de otro lado, deben anticipar si es razonable suponer que candidato y organización vayan a poder concordar de forma oportuna. Para ello solicitan y estudian el curriculum vitae, esto es: buscan hacerse cargo de cuál ha sido el recorrido curriculum, en latín- de la vidavitae, en latín- del candidato.

Quieren enterarse del itinerario del aspirante en lo que hace referencia a su formación y en lo tocante a la vida profesional – ¿tiene la titulación requerida?, ¿cuenta con la experiencia necesaria?, ¿dónde ha trabajado antes y por qué ha dejado aquella organización?

Por lo demás, les importa mucho anticipar si la persona y la empresa van a poder acoplarse bien. Para ello instrumentan preguntas que les vayan permitiendo hacerse una adecuada composición de lugar a este respecto: ¿qué es lo que espera de esta empresa?, ¿por qué quiere trabajar en ella?, ¿qué está en condiciones de aportar?, ¿dónde se ve dentro de cinco, de diez años? … Finalmente, buscan sobre todo averiguar mediante indicios –habitualmente a través de entrevistas de selección- qué tipo de persona es el demandante y qué talla moral tiene… Algunos entrevistadores llegan al virtuosismo, cuando le espetan al entrevistado algo así como, por ejemplo: “¿qué tal te llevas con tu madre?” … o “¿has encontrado en tu experiencia algún dilema ético?… ¿cómo lo resolviste?”

La ética, pues, es una realidad multiforme; pero que siempre está presente –en mayor o en menor grado; expresa o implícita; firme y patente… o brillando por su ausencia- entre los rasgos y las características de cada persona.

Por consiguiente, cada uno de nosotros podemos siempre aportar algo a la dinámica social, a las organizaciones con las que nos relacionamos, a la empresa que nos haya contratado… en definitiva, al mundo en el que vivimos.

De manera complementaria, si abrimos bien los ojos y la mente, si aparcamos prejuicios y estereotipos, podemos aprender muchas cosas de muchas otras personas e instituciones. La propia empresa para la que uno trabaja no deja de ser un agente más en el proceso de socialización… y una ocasión de crecimiento –o achatarramiento- de las personas. Y dado que, en definitiva, una vida bien vivida no es sino un inexcusable proceso de integración de valores, en aras a un desarrollo integral de cada uno de nosotros mismos como personas, la ocasión que el contexto laboral supone para este despliegue personal, no debería desatenderse.

Entre las tareas de un buen director –tal vez, mejor: de un director excelente– debiera estar contemplada la de preocuparse para que sus subordinados y colaboradores crezcan como personas, al paso que desempeñan su labor profesional en el marco organizativo. Para ello, entre otras cosas, las políticas, las prácticas, los usos organizativos, los incentivos y las promociones… deberían estar diseñados de modo tal que contribuyan a establecer y, sobre todo, a que se vivan y se opere con elevados estándares de moralidad y de buen hacer profesional.

Incluso mirando la cosa desde una mirada pragmática -¡ojo: no es lo máximo que se vende en Ética; pero tampoco es un mal comienzo!-, cabe recordar a quien está al frente de un proyecto empresarial, que el éxito, la rentabilidad a plazo largo, la consolidación de una empresa en el mercado requiere de la combinación de muchos factores –técnicos, de estructura y gestión, económicos, financieros…- entre los que destaca el factor humano y la dimensión ética de la actuación profesional.

2 Comentarios

  1. Un excelente artículo que nos muestra cómo la empresa es sin duda un entorno que influye de manera notable en la educación del sujeto. Es un agente más en el proceso de socialización, en el que el individuo aprende de sus semejantes esa cultura corporativa que es el ” cómo SE hacen las cosas”, donde en cada empresa es distinto. A lo largo de su trayectoria profesional, el individuo se forma en el contexto cultural de las empresas en las que ha trabajado definiendo sus capacidades profesionales y su ética moral empresarial, lo que nos hace a cada uno de nosotros diferentes. La empresa por tanto no es solo una fábrica de productos, si no también de personas.

  2. Es un artículo interesante, porque bien es cierto que el entorno que nos rodea nos va definiendo como personas y nuestro modo de actuar con el paso del tiempo; sin dejar de lado que, aunque nuestra familia, amigos, la escuela, etc. Son factores influyentes de nuestro comportamiento, somos nosotros quienes pensamos y elegimos de manera libre que hacer o no de acuerdo con nuestros valores y principios, que son parte de nuestra esencia y lo que nos diferencia a cada uno como seres humanos, estando estrechamente relacionado con la ética, dependiendo de la situación a la que nos enfrentemos, pero sin duda como bien se menciona en gran o pequeña medida todos podemos aportar algo relevante a lo que hacemos día con día y en las organizaciones en las que nos desempeñemos laboralmente, tomando decisiones innovadoras que marquen de acuerdo al objetivo de la empresa ese cambio para añadir valor, haciendo las cosas que están bien y evitar aquellas que son incorrectas o malas, empatizando con los que nos rodean y simplemente tratar como nos gustaría ser tratados, siempre siendo justos, compasivos, honestos y cuidadosos, actuando de manera responsable.

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