Moisés y Aron

En el Teatro Real se ha estrenado por primera vez en Madrid la ópera –filosófica, como diría su autor–, Moisés y Arón (el autor escribió Arón con una sola o), de Arnold Schönberg. Está considerada como su obra maestra. Es una ópera en tres actos en el que el tercero está inacabado, quizá porque de algún modo viene a simbolizar ese grito continuo, un eco dramático, actualizado una y otra vez, en contra del antisemitismo que recoge la obra en un tiempo, ay, demasiado similar al actual de ascenso del nacionalsocialismo y el antisemitismo creciente.

El autor, como otros de su tiempo, había dejado el judaísmo familiar para acercarse de otro modo a la cultura europea, creyendo que la integración vendría por la conversión –al fin y al cabo la historia iba hacia la tolerancia y la igualdad– y fijaba los derechos humanos de modo incuestionable. Pero la situación se fue desarrollando de espalda al humanismo. La experiencia dramática y personal del antisemitismo (durante el verano de 1921, fue obligado a abandonar un hotel por ser judío, aunque ya se había convertido al protestantismo en 1898), le lleva a convertirse –a retornar– al judaísmo en 1933, como escribe a Kandinsky en abril de 1923: “Por fin he aprendido la lección que forzadamente me han enseñado este año, y nunca la olvidaré. Es que no soy un alemán, ni un europeo, de hecho a duras penas soy un ser humano (al menos, los europeos prefieren al peor de los de su raza antes que a mí), sino que soy un judío”. Como si no se pudiera ser todo a la vez.

El compositor fue testigo de cómo Europa se trasformaba. Donde parecía que iba a florecer una idea de humanidad abierta, apareció la intolerancia. Testigo, como lo fue el pueblo judío en el desierto, de la complejidad de adquirir y fijar la razón frente a barbarie. Testigo, como lo fue Moisés, de la masa necesitada de la imagen.

Cuadro "Mirada azul" de Arnold Schönberg
Cuadro “Mirada azul” de Arnold Schönberg

Moisés y Aron expresa un diálogo, hoy también actual, entre dos modos de comunicar al pueblo: Moisés le entrega la ley sagrada, sin imágenes, con derechos fundamentales que serán la base de los derechos del hombre (como el de un día sin trabajo), pero el pueblo no quiso esperar, el pueblo busca a Aron quien conoce bien sus debilidades, que finalmente no es más que miedo, y les crea un dios que pueden ver, un dios de oro, de joyas fundidas. Cuando llega Moisés le miente, dice que del fuego surgió la imagen. Pero a Aron se le perdona. Moisés, sabe escuchar a Dios, pero no entiende a su pueblo. Un diálogo de otro modo al del Quijote, lo real frente a lo imaginado. En éste se trata de la imposibilidad de creer o amar o temer a aquello que no se ve.

Este desencuentro, este conflicto vibra en la música de una ópera compleja, en la que trabajó el autor desde 1927 y entre 1930 a 1932 (parte de la ópera la escribe en Barcelona). Para Moisés, hay que obedecer la voluntad del que es quien será simplemente porque es la Verdad. Sin embargo, Aron sabe que al pueblo hay que convencerle mediante la fantasía, el engaño superficial del brillo del oro. Belleza y verdad. ¡Oh, palabra, tú, palabra que me faltas! (¡Oh, Wort, du Wort, das mir  fehlt!), la exclamación al final de Moisés, como señala Arnoldo Liberman, especialista en esta obra, da la clave. Moisés, torpe con el discurso, necesitaba de la voz de Aron a quien la historia judía aclama, perdona, sacerdote de cientos de generaciones. Incluso en el Pirket Avot se dice de él que fue escuchado y llorado por hombres y mujeres, mientras que Moisés lo fue por los hombres. ¿Cuál es esa palabra? No es, claro, las de Aron, pero tampoco somos capaces de descubrirla. Así en este debate no hay vencedores, pero sí la constatación de la debilidad del pueblo ilustrando una tensión que es reflejo de su ser. Como vemos en este diálogo: “Con tus promesas ganaste al pueblo, no para el Eterno sino para tí mismo”. Moisés responde: “Este pueblo fue elegido para una libertad, la libertad de servir a la idea divina”. Así el hombre es libre en cuanto acata la ley que permite a su vez la libertad del otro. Y, si falta una palabra, también en este diálogo me falta Miriam. Miriam castigada por sus palabras, y no Aron, pero se me escapan las claves, aunque creo que allí está también el secreto, al fin y al cabo, recordad, que fue Miriam quien siguió a Moisés por la orilla del río.

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