Moduladores digitales de la vida: la velocidad

velocidad
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A la memoria de Víctor Julio Apóstol, apasionado por el Magis, amigo y compañero que la semana pasada dejó de estar con nosotros.

La revolución tecnológica de la que hemos sido testigos durante las últimas décadas ha impregnado todas las esferas de la vida. Si bien la tecnología no determina nuestras vidas, sí que es cierto que detenta una relación dialéctica con nuestro quehacer cotidiano y con la sociedad en que vivimos.

De estas tecnologías se desprenden ciertos atributos que intervienen en nuestras vidas como moduladores: imprimen variaciones en nuestra relación con el tiempo y el espacio, en particular la velocidad, la ubicuidad y la sincronía.

En esta entrada abordamos el tema de la velocidad y en las próximas entregas nos ocuparemos de los otros dos moduladores.

Podemos decir que desde que el hombre corrió por primera vez quedó cautivado por la velocidad. Salvar distancias en menos tiempo, para huir o apresar, añadieron satisfacción y seguridad. Luego vino la técnica, aportando más velocidad: la rueda, el motor, el reactor, el microprocesador y las redes –entendiendo la velocidad como un concepto amplio que no solo implica recorrer distancias en un tiempo determinado-.

El primer vuelo trasatlántico sin escalas tardó más de 33 horas, 90 años después podemos hacer el mismo recorrido cinco veces más rápido. Pero, cuando hablamos de procesamiento de datos, las reducciones de tiempo son exponenciales; en 40 años hemos conseguido que los microprocesadores sean 900 veces más rápidos. Las redes cableadas o inalámbricas también han experimentado incrementos vertiginosos en la velocidad con que transmiten los datos.

Si bien es verdad que a lo largo de la historia cada vez, nos hemos movido más rápido, esta última revolución tecnológica ha supuesto un hito, un cambio de ciclo; que toma color con la forma que medimos el tiempo – de segundos a nanosegundos-.

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La velocidad en el trabajo

La economía en general vive la intensidad de la velocidad, donde podemos verlo de manera inequívoca es en la celeridad con que responden las bolsas de valores a cualquier evento que afecte una empresa participada o a su ecosistema.

Nuestra forma de trabajar está marcada por la velocidad, confundimos los más rápidos con los más productivos. El correo electrónico, en muchos casos ha pasado de ser una herramienta de correspondencia para convertirse en una aplicación de mensajería instantánea. A su vez, la mensajería instantánea nos mete al trabajo en casa. La sensación de no llegar a tiempo a nada impregna todos los ciclos productivos creando una sensación de urgencia.

Cuando se nos encarga un trabajo la única pregunta que se nos hace es ¿cuándo? Todo es urgente y, cuando todo es urgente, nada es importante

La velocidad en lo más profundo

Esta sobrevaloración del tiempo también invade nuestras casas.  Tenemos tanta prisa que confundimos el ocio con la pérdida de tiempo. La alternancia con que atendemos deberes domésticos, seres queridos, algún fleco suelto del trabajo, el cultivo personal y el ocio, acaban demandando velocidad. Rapidez que se congela una vez que nuestra atención es interrumpida, colapsada, por la máquina de deseo mimético más poderosa de la historia, Facebook.

Según un estudio reciente, en España dedicamos más de cuatro horas semanales a Facebook. Entonces, da la impresión de que no tenemos tanta prisa: ¿tenemos prisa para poder estar en Facebook? o ¿solo el secuestro de nuestras facultades nos permite bajar el ritmo?

La velocidad también nos lleva a la necesidad de gratificación inmediata. Tiendas como Amazon, más que calidad o garantía, lo que resaltan es tiempo de entrega. Lapsos que han experimentado un descenso sustancial. Pero además de  gratificación inmediata, es breve.

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Lo que caracteriza nuestro actual consumismo no es la acumulación creciente de bienes innecesarios sino el brevísimo tiempo que lo disfrutamos y su veloz tiempo de reposición. Es francamente posible que una camiseta permanezca más tiempo en el barco que la trae de China que lo va a durar en propiedad de su comprador.

Esta prisa también incide en nuestra capacidad de reflexión y de análisis. Milan Kundera define  la velocidad como “la forma de éxtasis que la revolución técnica ha brindado al hombre”. En su libro “La Lentitud” nos invita a que pensemos en algo de lo que  no nos sentimos particularmente orgullosos o en un episodio de nuestra vida que no nos gusta recordar mientras damos un paseo; una vez que lo tengamos en nuestra mente podremos apreciar como nuestros pasos se aceleran. Pero, si por el contrario queremos recordar algo, inmediatamente veremos bajar el ritmo de nuestro caminar.

Apostilla Kundera con la siguiente proposición: “el grado de lentitud es directamente proporcional a la intensidad de la memoria; el grado de velocidad es directamente proporcional a la intensidad del olvido”.

Corremos, corremos… aun sabiendo que un día el motor puede parar; y se detiene por la ansiedad que nos genera la velocidad en concurrencia con otros factores. A uno de cada cinco, le sucede; inesperadamente su velocímetro se detiene y se hunde en la tristeza. La depresión es, entre muchas cosas, lentitud (además de depresión podemos ser víctimas de diversos trastornos de ansiedad).

Hay un tiempo para todo

También nuestro modulador tiene sus resistencias. La gestación de un niño sigue necesitando 40 semanas, y su tutela, aproximadamente unos 18 años. Un título universitario demora 4 años o más en obtenerse y una hipoteca se libera después de varios lustros.

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Experimentamos un desfase, ciclos que no admiten aceleradores y colisionan con la rapidez que se vive y se deja de vivir, se compra o se deja de tener, se gana o se pierde en la videovida.

Si algo tienen en común lo que las nuevas generaciones rechazan o ven con recelo es que son situaciones de la vida que requieren tiempos que no se pueden acortar. No se trata de que sean breves o largas sino que no admiten catalizadores.

Tampoco, el bien colectivo es objeto de nuestras prisas. La paciencia que tenemos con nuestros políticos baila al mismo ritmo con el que ejercemos nuestro compromiso con el bien común. Nuestro locus de control externo pervive con la lentitud.

La enorme posibilidad que nos ofrece la red de acceder a una ingente cantidad de información permite que constantemente humedezcamos nuestros pies en la playa sin que experimentemos la profundidad del mar.

El hipertexto es maravilloso para la lectura en diagonal, para saltar de un sitio a otro sin perder ritmo.  La web es surfear no es navegar (como bien lo llaman los anglosajones). El surf es vértigo y éxtasis en la cresta de la ola, navegar es desplazarse desafiando todas las olas, las buenas y las malas.

Vivimos en una sociedad que experimenta tal velocidad que, no sabemos si un escándalo o crisis es velada por la que viene, o si definitivamente corremos con los brazos abiertos hacia el olvido.

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