Modernidad y tradición ignaciana (II)

Si la modernidad hegemónica globalizada está en crisis en aspectos sustanciales (antropológicos, sociales y ecológicos), debemos reconocer y rescatar otras tradiciones que nos ayuden a enfrentar esta crisis. En este contexto, planteamos la existencia de una “modernidad ignaciana” en un preciso sentido. Y es para indicar que esta tradición es una respuesta que surge en el contexto de problemas y desafíos culturales, sociales y religiosos que a partir del siglo XVI tienen planteadas las sociedades europeas y las iglesias frente a sí mismos, y frente a los nuevos contextos geográficos-culturales con los que se relacionan. Al usar el sustantivo “modernidad” de modo particular, presuponemos un cierto horizonte común ante las posibles modernidades. Entendemos que lo común a las modernidades es el intento de avanzar una nueva síntesis cultural o una nueva respuesta a los desafíos epocales que no fuera mera repetición de formas anteriores en crisis, es decir, la producción de una cierta “novedad” cultural.

Modernidad ignaciana

Al adjetivar la modernidad con lo “ignaciano” estamos apuntando dos cosas. Primero, que la modernidad no tiene una versión única, aunque sí una versión hegemónica en los últimos cinco siglos; y que hubo también relaciones complejas de mutua fecundación, como la contribución de los jesuitas al desarrollo de la ciencia moderna y a la educación, y a su vez, antagonismos entre ellas en los últimos siglos, como se puede ver en los conflictos con la política y la filosofía ilustrada que se resolvió finalmente con la expulsión de la Compañía de tierras y colonias europeas en el siglo XVIII.

Segundo, que entendemos lo ignaciano como proceso y proyecto civilizatorio, y en este sentido como una matriz cultural, no meramente espiritual y religiosa, aunque justamente ese sea el núcleo de experiencia y de sentido desde donde surgen sus respuestas culturales. Esta matriz cultural tiene un contexto de surgimiento, que es el de la modernidad temprana en términos historiográficos, aunque su vitalidad y evolución histórica muestra que no se trata de un asunto meramente europeo ni eurocéntrico, sino que quiere tener como destino e interlocutores a todas las gentes que habitan la Tierra. En este sentido, la geopolítica que surge de esta tradición ignaciana no reproduce la geopolítica imperial de la modernidad eurocentrada.

La otra modernidad del “Principio y Fundamento” en los Ejercicios espirituales

Podemos tratar de avanzar una visión sintética de esta matriz cultural ignaciana considerando cuál es la propuesta que surge de ese núcleo generador de experiencias y acrecentamiento en la libertad de los sujetos que son los Ejercicios espirituales de san Ignacio de Loyola. Si la modernidad hegemónica puede caracterizarse como antes hicimos como una ruptura de las relaciones humanizadoras y fundantes de los individuos-grupos-instituciones frente a los otros, la naturaleza y Dios para polarizarse en un sujeto del conocimiento abstraído y políticamente colonizador; la modernidad ignaciana propone otra respuesta a esta triada de relaciones que se mueve desde un centro descentrado que gira sobre el sujeto y la búsqueda de su realización libre y acertada en virtud de una adecuada relación con las otras instancias en circularidad benefactora.

La propuesta del “Principio y fundamento” nos ofrece una síntesis del marco intelectivo y de realidad de los Ejercicios espirituales que podemos considerar, en este momento, como una propuesta crítica en el contexto de la modernidad naciente frente a otros caminos.

El problema de fondo es la realidad y la realización del sujeto, y la imposibilidad o dificultad de mantenerse en su ser y de alcanzar la plenitud. Sabe que no puede conservarse ni conseguir una feliz realización. Necesita y quiere salvar su vida, llevarla a plenitud, y con ello salvar su contingencia. En esto, el contexto de partida es el propio sujeto, es antropocéntrico, ya que aunque no quede clausurado en su propio ser, sí es el lugar desde donde emerge el problema que está movilizando el camino. No viene dado desde fuera, de la naturaleza, ni desde arriba, de Dios. Aquí la propuesta de Ignacio se mueve como toda la modernidad, en el horizonte del sujeto, en la línea del antropocentrismo que desde el renacimiento se afirma en Occidente. En este sentido, toda otra realidad es vista desde un centro humanizado, desde un marco humano que experimenta su realidad como algo contradistinto de Dios y del mundo.

Sin embargo, este lugar evidente de partida, fruto de la evidencia de su contexto cultural, le presenta un desafío que Ignacio, a diferencia del camino principal que seguirá la modernidad occidental, considera que no puede ser intentado ni resuelto satisfactoriamente por las solas fuerzas humanas en sus diversas proyecciones. En este sentido, su antropocentrismo de partida, no le lleva a la ilusión antropológica que desarrollarán sus colegas de civilización. Este desafío sentido desde un marco antropocéntrico, no puede ser resuelto sino poniendo en cuestión la reducción que se operó en el mismo. La indigencia de partida, de un ser desvinculado de las otras realidades o de toda posible alteridad fundante, no es olvidada ilusamente. Antes bien, hay una sospecha de que esa indigencia no puede ser salvada como pretendía el Barón Münchhausen. Por ello, desde ese mismo contexto antropocéntrico, hay un marco cuyos límites generan una incapacidad cultural y por tanto no puede quedar encerrado en él cómoda e indolentemente.

Hoy podemos reconocer que en los comienzos de la modernidad, ya se anticipaba una crítica de fondo a la misma desde la tradición ignaciana mediante una reformulación de su marco cultural para enfrentar de otro modo la acción y la realización humana. Sin embargo, en esta reformulación no hay una vuelta al horizonte premoderno, en cuanto a que el centro de la construcción de la acción humana es el sujeto, aunque éste no se vivirá como autosuficiente ni como desvinculado, tanto de los otros, de las cosas y de lo Otro. Es un centro descentrado y atravesado por la búsqueda de realización a través de las otras instancias, a las que no está enfrentado ni opuesto, ni sencillamente puede abandonar, ni situarse por encima.  Este centro humano redescubre el lugar y función, así como otro modo de relación con las otras instancias y desde ahí procura una mejor realización de sí mismo. Estas instancias no son vaciadas de su propia condición y por tanto no pueden ser reducidas a ser simplemente ideados o pensados, o utilizados como simples medios de sus acciones.

 

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