Modernidad y tradición ignaciana (I)

UN Peace window by Chagall

Augusto Hortal recordaba cómo el fundamentalismo comenzó siendo una respuesta de algunas tradiciones religiosas occidentales ante la erosión de su mundo por el avance de cierta modernidad. Sin embargo, caben otras posibilidades de reacción que no sean acríticas, dogmáticas o que conduzcan incluso a la violencia. De hecho, los sujetos que se sitúan en las tradiciones religiosas pueden compartir un diagnóstico con otros sobre los desafíos o las carencias antropológicas de cierto desarrollo cultural moderno. Y a su vez, tratar de contribuir al enfrentar esas carencias desde sus propias tradiciones de modo razonable, pacífico y convivencial.

Situación y problema de partida

El diagnóstico del que partimos, y al que otros antes han llegado, es que esta­mos en una crisis civilizatoria que convoca nuestra responsabilidad para tratar recrear otras matrices culturales que enfren­ten o traten de en­frentar los déficits actuales de la civilización hegemónica globa­li­zada.

Así, entre estas notas, que constatan la in­digencia que acarrea la misma testificando la radical soledad del ser humano, su despliegue histórico desde la voluntad de poder y la “superación” de la soli­da­ri­dad (Nietzsche), su dislocación en el seno de la realidad cosmológica o natural (Des­car­tes), la ausencia de fundamento de la existencia humana (Heidegger), el des­en­­can­ta­miento ante lo real (Weber) o la falta de sentido de las orientaciones y de­ter­minaciones éticas o axiológicas (Kelsen).

El mundo moderno, considerado en cuanto a la dirección principal del proceso sociohistórico de los últimos cinco siglos que emerge desde Eu­ro­pa y se va proyectando por el globo, genera unas debilidades o incluso cierres que cons­ti­­tu­yen las fronteras en las que trabajar.

Fronteras de la modernidad

Visto este proceso desde nuestra altura his­tórica podemos avanzar una síntesis.

En primer lugar, alza la frontera de la trascendencia. Se termina absoluti­zan­­do el horizonte humano. El ser humano no puede sino afirmar su sole­dad y su des­arraigo. La dimensión de la religación a lo real es opacada. Las formas de inter­conexión son marginadas. Los caminos de la trascendencia o religiosos no son transitables.

En segundo lugar, alza la frontera de los otros. La modernidad afirma un úni­co modo de humanización, no ya para su sociedad matriz, sino como destino universal. La diferencia cultural no es sino algo a superar. Los individuos, blo­ques, se justifican en función de unos criterios normativos que tienen una vali­dez sólo ante su propio cuerpo social, aunque se enuncien bajo una forma universal. Los que se sitúan fuera de los círculos de inclusión y per­tinencia no impugnan la universalidad de su justificación. En la exterioridad de sus fronteras sociales y políticas se reconoce el reverso colonial, o de negación de la humanidad de los otros, de la modernidad hegemónica.

En tercer lugar, alza la frontera de lo otro del sujeto. El cuerpo, la naturaleza, es una frontera para el ser humano que tiene superar por el conocimiento y la do­­minación. Así, la dirección del estar humano en lo real, potencia la actividad sobre la pasividad. La proyección sobre la interdependencia. La manipulación o ex­plotación sobre el respeto y la escucha de lo otro. La naturaleza es recurso, no aquello que también nos constituye y somos.

Desde la formulación a par­tir de los análisis de Ignacio Ellacuría (1930-1989) en el seno del Equipo Je­sui­ta Latinoamericano de Reflexión Filosófica, podemos decir que:

La línea hegemónica que la Modernidad globalizada ha producido implica una ruptura de las relaciones humanizadoras y fundantes de los individuos-grupos-instituciones frente a los otros, la naturaleza y Dios.

En palabras de Ellacuría, “[e]ste horizonte cultural dominante, cuya matriz ex­plicativa se encuentra en la Ilustración, debe ser juzgado desde sus efectos ne­ga­­­tivos: Masa de personas excedentes, naturaleza saqueada y destruida, Dios fun­­cionalizado… Y de un modo global, ruptura de relaciones humanizadoras y fundantes”.

Reconstruyendo puentes

Esta situación tanto de indigencia como de necesidad de reconstrucción de la marcha de la humanidad en sus relaciones constitutivas y, consiguientemente, en la reducción de su identidad y riqueza antropológica, es aquello que constituye nuestro problema civilizatorio. Aquello a lo que las tradiciones están con­voca­das y que pueden y deben responder comunalmente.

El conocimiento de las opciones fundamentales que provocan esas carencias, invita a la recuperación y re­crea­ción de las me­jores posibilidades disponibles en función del discerni­miento sociohistórico pre­vio. Por ello, este conocimiento tiene que avanzar realizando una evaluación y relanza­mien­to de las tra­di­ciones culturales que pretenden reconstruir los ele­mentos dis­fun­cio­nales del vi­­­vir y del hacer humano. La búsqueda de alternativas tiene un carácter dialogal. Esta situación permite y exige también un diálogo entre los sa­beres culturales, religiosos y es­pi­rituales de la humanidad.

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