Mitos 2 #SeAprovechanDeLasAyudas

Hace algunas semanas asistimos al escándalo que se produjo por las declaraciones del presidente del Eurogrupo, Jeroen Dijsselbloem, en las que acusaba a los países del Sur de derrochar el dinero en “alcohol y mujeres” para después pedir ayuda. La defensa airada de los medios de comunicación, políticos y tertulianos pidiendo la dimisión de Dijsselbloem me causó especial extrañeza. Este tipo de declaraciones son frecuentes en nuestro país, aunque dirigidas a las personas, que no a los países, que reciben prestaciones económicas (aquí y aquí) ¿Hay alguna diferencia entre calificar de gorrones vividores a un grupo de países o a un grupo de personas?

Se trata del mismo estereotipo. El que los pobres se aprovechan de las ayudas es un prejuicio profundamente arraigado.  Dijsselbloem señalaba: “Este principio se aplica a nivel personal, local, nacional e incluso a nivel europeo”. Y es importante recalcar que se trata de un estereotipo, tanto cuándo se habla de España como país como cuando hablo del vecino del segundo.

Todos tenemos prejuicios, ideas estereotipadas respecto a grupos de personas.  El peligro radica cuando somos incapaces de ver cómo operan estos prejuicios, cómo afectan nuestra visión de otros, los deshumaniza, generan un relato en donde es lícito discriminar a esas personas, negar el acceso a derechos o recursos porque no se lo merecen.

En el caso de la pobreza, el uso de este estereotipo es una práctica recurrente. Se acusa a las personas de recibir prestaciones económicas a las cuales tienen derecho… pero que se sospecha que no merecen: y a partir de ahí, se abre la caja de Pandora de los prejuicios: malgastan el dinero, se dan la gran vida con el esfuerzo de otros, no contribuyen pero reciben. Si no lo merecen, no deberían recibir esa “ayuda”. Se olvida que los derechos se tienen y se ejercen, no se merecen. Se tiene derecho a la salud aunque se zampe un donuts todos los días, se fume medio paquete de tabaco o no haga nunca ejercicio.  Se tiene ese derecho, y nadie se atrevería a negarlo, aunque no se lo merezca.

Los estereotipos merman nuestra capacidad de dejarnos afectar por la realidad, de reconocer que las ideas que tenemos pueden no ser ciertas, buscar, o esperar a tener información veraz que puede poner en cuestión algo que dábamos por sentado. En el caso de las rentas garantizadas en el País Vasco, por ejemplo, cada año aparecen noticias que acusan de un fraude indiscriminado, acusando a extranjeros la mayor parte de las veces, sin ofrecer datos que respalden estas afirmaciones. El 2016, sin embargo, según publicó Lanbide, se detectó «voluntad de engaño» en un 0,3%, un uso inadecuado de la prestación un 0,6%, con lo cual no llega a un 1%. No parece que sea un problema central. Sin embargo ha ocupado muchas portadas. Hay una visión distorsionada del fraude en este tipo de prestaciones económicas, porque lo que está en la base es la sospecha hacia el pobre que se aprovecha de las ayudas.

¿Qué hacer entonces? No asumir como verdaderas afirmaciones que minusvaloran a determinados grupos de personas. Preguntar, pedir evidencia (y no, no es evidencia “una vez conocí a alguien que…”). Aplicar un sano criterio de realidad. No permitir que el odio irracional gane la partida a la justicia,  la racionalidad y la solidaridad.

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1 Comentario

  1. Totalmente de acuerdo Gaby!!! Se me había pasado esta magnífica entrada cuya reflexión comparto totalmente. Cada vez me indigna más la desigualdad en el trato y en las creencias!!! Vivimos en una sociedad donde el fraude con mayúsculas y las actuaciones corruptas están a la orden del día y existe una gran tolerancia sobre ello, frente a una insistencia en la creencia del fraude y la criminalizacion del pobre.

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