Como indica el papa Francisco en la Bula que escribió para convocar el Año Jubilar de la Misericordia, necesitamos “recordar la relación existente entre justicia y misericordia. No son dos momentos contrastantes entre sí, sino dos dimensiones de una única realidad que se desarrolla progresivamente hasta alcanzar su ápice en la plenitud del amor” (Misericordiae Vultus, núm. 20). Con esto, el Papa apunta a un enfoque entrelazado y dinámico entre ambas nociones.

Es cierto que la misericordia pone, en primer lugar, la dimensión emotiva, afectiva y personal, mientras que la justicia sitúa en primer plano las relaciones estructurales, el discurso de los derechos, los aspectos racionales y la dimensión efectiva. Hay diferencias entre ambos conceptos, eso es evidente. Pero no hay, necesariamente, oposición entre ambas realidades. Creo que debemos superar un planteamiento dual (o incluso dualista) entre la misericordia y la justicia, que puede llevar a resultados estrechos y  limitantes.

descargaQuizá sea mejor un esquema ternario, que se apoya en la reflexión del sacerdote Joaquín García Roca, teólogo y sociólogo, hace ya casi veinte años. “La solidaridad es una construcción moral edificada sobre tres dinamismos: el sentimiento compasivo que nos lleva a ser unos para los otros; la actitud de reconocimiento que nos convoca a vivir unos con otros, dando y recibiendo unos de otros; el valor de la universalización que nos impele a hacer unos por otros” (Exclusión social y contracultura de la solidaridad, Madrid 1998, p. 27). Esta triple articulación es la que quiero desarrollar ahora para iluminar las relaciones entre misericordia y justicia.

[1] En primer lugar, pues, la compasión. Es el sentimiento básico que nos provoca una situación de pobreza, de injusticia, de exclusión social o de sufrimiento. Es una reacción básicamente emotiva. En términos del Nuevo Testamento, es lo que le ocurre a Jesús cuando se le remueven las entrañas (splagchnizomai) ante la enfermedad y la exclusión social de los leprosos (Mc 1, 41) o ante el pueblo que anda como ovejas sin pastor (Mc 6, 34). En el Antiguo Testamento, esto mismo se expresa recordando las entrañas maternas del Dios compasivo que escucha los gritos del pueblo oprimido (Ex 3, 7). En latín, la palabra misericordia significa literalmente poner el corazón en la miseria y junto a los miserables (miser/cordia).

Este sentimiento es muy básico, humano y necesario. Ahora bien, como todo en esta vida, tiene también sus riesgos y ambigüedades potenciales. La compasión y la misericordia tienden a situarnos en una asimetría: “yo estoy sano y tú estás enferma; y yo tengo casa y tú vives en la calle; yo tengo empleo y tú estás desempleado; yo soy ciudadana de pleno derecho y tú eres perseguido como inmigrante en situación irregular”. Esto, en sí, no es malo sino que sencillamente forma parte de la realidad. Pero ciertamente corre el riesgo distanciar a las personas, etiquetarlas y victimizarlas, viéndolas como “sacos de problemas”.

[2] Y ahí entra el segundo paso de nuestro proceso, la segunda dimensión de la propuesta. Se trata de reconocer a la otra persona como tal persona; no como un aglomerado de problemas y sufrimientos, sino como una persona con problemas, una persona que sufre, una persona en situación de vulnerabilidad, una persona pisoteada. Sobre todo, una persona con rostro, con historia, con deseos, con capacidades. La clave aquí ya no está en sentir compasión, sino en reconocer la común humanidad.

Al mirar y descubrir el rostro de la otra persona, descubrimos que es un ser humano como yo. En lo esencial y en lo sustantivo, somos iguales; hay diferencias de situación, de trayectoria, de ubicación o de momento vital: pero son diferencias en lo pasajero y en lo adjetivo. El rostro del otro visibiliza su dignidad. Y me hace descubrir mi propia fragilidad. Así, ambos nos humanizamos.

[3] El tercer paso consiste en descubrir que no somos dos personas aisladas. Es, pues, un proceso de universalización. Pasamos de lo concreto a lo general, a lo universal. Lo que le ocurre a la otra persona lo sufren también otras muchas. Su dignidad como persona apunta a determinados derechos universales (derechos humanos, decimos). No afectan a individuos solos, sino a todo un entramado de relaciones sociales y de estructuras políticas, económicas, sociales y culturales.

Las cosas no ocurren por casualidad. No es, sencillamente, que una persona esté enferma, desempleada o en la calle. Es que hay problemas estructurales de sanidad, empleo y vivienda. Hay, de hecho, violación de los derechos a la salud, al empleo, a la vivienda. Se trata de una situación injusta.

tres-en-rayaEs posible referirse a estos tres pasos con otros nombres. Por ejemplo, misericordia, solidaridad y justicia. Lo importante no es, en mi opinión, discutir sobre los nombres sino entender la realidad y comprometernos con ella para transformarla. Por lo tanto, la clave está en el entrecruzamiento de los tres niveles, que introduce al menos dos matices muy relevantes.

Primero, una clave dinámica. Como decía el papa Francisco, hablamos de dimensiones parciales, que se desarrollan progresivamente y se orientan hasta alcanzar su plenitud en el amor. Junto a ello, una clave integral, de complementariedad y no de oposición: cuando luchamos por la justicia y nos implicamos en las causas estructurales a favor de los derechos humanos, estamos practicando la misericordia. Y, al mismo tiempo, compadecerse del dolor de las personas es también una dimensión de la justicia.

Podemos sintetizar lo dicho recurriendo a los cuatro grandes Papas del post Concilio Vaticano II, porque cada uno de ellos nos puede ayudar a poner el énfasis en un aspecto concreto y, todos juntos, a captar la vinculación entre los cuatro: Pablo VI y la justicia, Juan Pablo II y la solidaridad, Benedicto XVI y la caridad, Francisco y la misericordia. Acabamos, pues, con estas cuatro sabrosas citas:

  • “Si quieres la paz, trabaja por la justicia”. Pablo VI, Jornada Mundial de la Paz 1972
  • “La solidaridad es la determinación firme y perseverante de empeñarse por el bien común; es decir, por el bien de todos y cada uno, para que todos seamos verdaderamente responsables de todos”. Juan Pablo II, Sollicitudo Rei Socialis, 38.
  • “El amor —caritas— siempre será necesario, incluso en la sociedad más justa”. Benedicto XVI, Deus Caritas Est, n. 28.
  • “La misericordia es la viga maestra que sostiene la vida de la Iglesia”. Francisco, Misericordiae Vultus, n. 10.

Reflexión tomada de la revista “El Colibrí”, número 23 (2016), páginas 24-25; de las Apostólicas del Corazón de Jesús.