Por Virginia Artacho. Religiosa filipense y educadora social

¿Cómo decir algo de nuestro santo que no esté ya dicho y que además no resulte ñoño? Porque si algo tuvo Felipe Neri, el Santo de la Alegría, fue precisamente eso, el ser audaz en sus planteamientos y novedoso en su acción, a la par que uno de los santos más cuestionados de su época.

Fue gran amigo de Ignacio de Loyola; de hecho, quería ser jesuita pero los contextos con los que se encontró le hicieron dejar sus sueños de ir a la India, para rezar en lo más profundo de su corazón, en la intimidad de su Dios: “tus Indias están en Roma”. Para todos aquellos que somos de espiritualidad filipense, hablar de Felipe Neri y la misericordia nos remite a los contextos inexorablemente. La misericordia filipense se hace presente en y desde los contextos periféricos que somos llamados a habitar. No son contextos periféricos intelectuales ni espirituales, que también, sino que realmente son contextos socialmente periféricos.

Felipe dio respuesta en la Roma de su época a una chavalería pícara que andaba malviviendo y robando lo que podía, hijos de maleantes, niños abandonados, hijos de mujeres obligadas a ejercer la prostitución… hijos de Dios, preferidos de Dios… pero no de los hombres. Felipe, ante esa situación, tuvo que dar una respuesta inmediata, ágil, fuera de la organización y contraria a los usos, o por lo menos poco acorde a las costumbres…

Su misericordia fue hacerse uno de ellos, su misericordia fue perseverar en esos contextos a pesar incluso de los que los habitaban. Suele pasar, cuando nos acercamos a contextos tan dañados, tan heridos, que la misericordia debe empezar por ejercer misericordia en el propio contexto, cómo se ha llegado a generar, cómo se han conformado esas leyes que los rigen. Y es ahí donde hay que empezar a ser misericordiosos como lo hizo Felipe, hay que intentar vivirlo desde la mayor serenidad que se pueda, misericordia con el tiempo, con el ritmo de las gentes, con el ritmo de la vida, con sus ritmos… que no son los nuestros.

Es intentar hacerse uno de ellos como se será verdaderamente misericordioso; es acercarse a lo sagrado que habita en todo hombre, en toda mujer; es arrebatarse a aquello que no entendemos; es buscar el Dios más profundo que los habita… porque cuando se descubre el verdadero rostro de aquellos, nunca más podrás salir de ahí, su alegría será la nuestra, sus contextos serán los nuestros, sus miserias serán las nuestras. Esa es la acogida de la que tanto hablaba San Felipe, esa es la sencillez filipense, esa alegría desprendida del que todo lo tiene que esperar de otros, del Otro, porque sin saberlo, sin nombrarlo, experimenta la Misericordia en mayúsculas.

Es curioso como Felipe siempre hablaba de que “todo es vanidad, todo”, porque cuando se descubre el verdadero rostro de la misericordia alegre de Dios, todo lo demás se hace superfluo, el dinero, el poder, el prestigio… En el fondo es, expresado de otro modo, las mismas palabras de Teresa de Jesús, “dadme muerte, dadme vida, salud…” o las de Ignacio planteadas en la contemplación para alcanzar amor. Los grandes personajes de la Misericordia descubren algo tan grande y tan sobrecogedor que está en lo pequeño, en lo absurdo, es la perla escondida…

Seguir los pasos en el camino de la misericordia que mostró Felipe es seguir los pasos en la incertidumbre del acierto o no, es seguir los pasos en el descontar. Es curiosa la pregunta que siempre nos hacen: “de todos esos con los que vivís, ¿cuántos realmente salen?” Y yo, como una hermana me enseñó bien a contestar, respondo: “esto no va de números”. En nuestra vida hay que estar muy dispuesta a la provisionalidad, al apostar a pesar de tener la certeza de que hay muchas posibilidades de perder, a poner el bolso con algún dinerillo a la mano a sabiendas de que hay muchas posibilidades de que te vayan a robar…

Pero esta misericordia es de esas de esperar cada día a la puerta por si viene el hijo; porque, tarde y roto, pero vino. Es misericordia de no tirar piedras sino dar abrazos; es misericordia de acogida, de sencillez, de humildad. Es misericordia, como dice algún proyecto comunitario nuestro, “de hacer casas donde podamos ir todos en zapatillas y en pijama”. Misericordia de acompañar muchas vidas rotas y dolidas. Misericordia de abrazos sin juicio. Misericordia alegre de acogida.