Otra mirada es posible

Por Anna Santiago – Educadora de la Fundació Salut Alta

En mi día a día con los chicos del Centre Obert de la Salut Alta me sitúo a menudo delante de cada uno de ellos, les miro y sin decir nada transmito todo, y ellos lo captan. Y cuando digo algo buscan la coherencia entre lo que digo, lo que hago, lo que pienso y cómo les miro.

En nuestra tarea como educadoras, nuestra mirada debe ser limpia, para que se pueda dar un buen reflejo del otro, una mirada compasiva, que englobe todo, una mirada capaz de crear un vínculo que será totalmente necesario para la aventura de educar.

Miramos para acoger, no para juzgar, dejando de lado el hecho de que las cosas estén bien o mal. Todo puede estar bien o mal en función de mi versión de la realidad, el juicio es una reacción personal a todo lo que experimentamos. A base de repetir todo lo que no está bien o de valorar en qué uno es bueno o no, se van quedando ideas incrustadas que se acaban convirtiendo en creencias. Esas frases que un día, después de tanto oírlas, uno acabó creyendo, esas que quedan en el propio subconsciente y van saliendo, van limitando y van traicionando; hasta que uno se acaba convirtiendo en lo que piensa de sí mismo como fruto de todo lo que le han dicho a lo largo de los años.

En el cotidiano con los niños y niñas les vamos transmitiendo muchas ideas que se van creyendo porque confían en nosotros y porque buscan la aprobación del adulto. Es bueno tomar consciencia de esto y ponernos en su lugar. Podemos salir a pasear un día por la calle y oír todas las frases que los adultos decimos a los niños: ‘claro que no te ha salido el dibujo, si tú eres un desastre con las manualidades’; ‘tú sacarás un 10, eres muy buena en matemáticas’; ‘cállate ya, eres más pesado…’; ‘¿has jugado a fútbol? si tú eres malo y no te gusta’; ‘saluda a esta señora… es que esta niña es muy tímida, no seas tonta y saluda’. Todo va quedando en uno, y todo acaba volviendo, de forma inconsciente: ‘yo no hago el cartel que no sé dibujar’, ‘yo puedo hacerlo que se me da bien’, ‘yo no bailo que soy un pato’, ‘yo no digo nada que soy tonta’, etc.

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No emitir juicios no significa ignorar los errores: debemos ser conscientes de cómo son las cosas pero sin agregar nada, ofreciendo una simple descripción de los hechos. Que una suma no sea correcta, se debe decir de esta forma; no es necesario agregar que no se ha esforzado, que ya debería saber sumar o que no tiene capacidad para hacerla.

Me fascina cuando un niño empieza a trepar o a dar saltos dominando su cuerpo, sin pensar en cómo hacer eso, sino sabiendo que lo sabe y lo puede hacer sin más. Su mente está concentrada en ello, en dejarse llevar confiando en sí mismo. De repente esa armonía se rompe cuando un adulto le dice: ‘mira por dónde vas, que te vas a caer’. En ese momento, ese niño sale de su concentración tan confiada y pierde toda noción, empieza a plantearse cómo hacer para que eso no ocurra y opta por tomar de su mano confiando en el adulto de referencia que ha predicho lo que iba a ocurrir. Con eso aprende dos cosas: que él no domina su cuerpo y que para realizar alguna actividad debe ver qué pasos dar y no dejarse llevar. Debemos estar cerca, pero no impedir que se desenvuelva con naturalidad.

Mirar a los niños y a las niñas desde una escucha activa, desde la comprensión y compasión, entendiendo que la tristeza, la rabia, la alegría, el miedo o la vergüenza son universales. Saber lo que eso significa porque también hemos pasado por ello. Sostenerle y tratar de ver dónde radica el enfado, sin juzgar si es para tanto o no, porque no sabemos qué emociones, filtros y creencias están en juego en ese llanto. Acompañarles en ese ser y sentir, en pronunciar las palabras que ayudan y no hieren, con un tono agradable, sabiendo que cada uno mira desde su punto de vista y debemos aprender a ponernos en los zapatos del otro. Entonces estaremos colaborando en un maravilloso mundo donde uno puede crecer de forma sana y se puede relacionar con los demás desde ahí.

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