Miedo a Facebook y silencio digital

Aproximadamente una vez al mes aparece una noticia fuerte contra las redes sociales, muy especialmente, y curiosamente, contra Facebook. Lo cual motiva aparentemente una discusión (superficial) sobre el papel social y político (raras veces un análisis cultural y económico) de las redes sociales en general, sin entrar en los usos y costumbres actuales. Suele centrarse la queja en los datos que poseen las redes sociales y en sus implicaciones macro-políticas. Y deriva finalmente en la propuesta de silencio digital, en la llamada a apagar las redes y no tanto en su uso responsable y coherente.

Siempre que tengo ocasión, frente a ese silencio digital, opongo la consideración de las redes sociales como espacio público en el que es necesario (como en todo espacio público) y compromiso coherente y responsable con la verdad y el bien. Desestimar y ningunear (de modo infantil o adolescente) las redes sociales es lo que deriva realmente en la problemática a la que nos enfrentamos sucesivamente: tienen mucho poder social (impacto en la opinión pública) por la carencia de pensamiento crítico en general.

Todo silencio, también el silencio digital, puede entenderse esencialmente mejor si descubrimos sus dos formas: como silenciamiento de otros, evitando que hablen y expresen su opinión; como silenciamiento de uno mismo, relegándose a la escucha y al consumo frente a la creación y uso de la propia palabra. Un tercer silencio digital aparece de forma clara en las redes sociales, muy especialmente después de la aparición de los algoritmos aunque de manera natural antes: hablar y escuchar (unidas ambas) en una única dirección; produce la sensación de hablar y escuchar, pero ambas cosas son lo mismo, carente de la novedad de la escucha de la palabra del otro y de la responsabilidad con lo que uno dice, vendiéndose al otro.

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Silencio digital como “silenciar al otro”

Detrás de ciertas formas de silencio digital lo que percibo es el intento de acallar al otro, de negar las voces discrepantes y diversas que constituyen nuestras sociedades modernas. Las redes sociales serían entonces nichos de formación del pensamiento social en el que una única opinión (habitualmente considerada como moralmente superior) se hace con todo y entonces difunde su mensaje y propuesta sin oposición. Las voces divergentes se usan incluso para potenciar su mensaje unidireccional. Crean una opinión muy fuerte y cerrada, sobre todo en los más jóvenes y en los carentes de herramientas de pensamiento personal (que incluye necesariamente el pensamiento crítico).

Silencio digital como “silenciarse a uno mismo”

A mi modo de ver, sinceramente, el más peligroso. Es la incitación recurrente a los mejores en prudencia y sensibilidad a no participar de las redes sociales. Serán inevitablemente los más conscientes de la implicación pública de sus palabras y las implicaciones que esta tiene, de modo que, por proteger lo suyo y por miedo a evitar conflictos, no se inmiscuirán excesivamente en el ámbito digital dejándolo irresponsablemente en manos de otros que pueden hablar de cualquier cosa sin competencia alguna.

Callarse a uno mismo en la era digital es sinónimo de escasa participación democrática y bajo compromiso político (en el mejor sentido; es lamentable tener que recordarlo). O, lo que es lo mismo, en abandono de la esfera pública confesando así el triunfo social del individualismo y la indiferencia hacia el otro. Todo compromiso social (me guste o no me guste) tiene hoy un fuerte componente digital y de pedagogía del medio digital.

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Silencio digital como “comunidad cerrada”

Lo dicho, hay una forma silenciosa no vista aparentemente a  primera vista, que consiste en hablar para los mismos y es decir aquello que quieren escuchar. Es evidente que su dinamismo propio se aleja de toda verdad y bien, se cierra sobre sí y evita la alteridad.

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