Mi (nuestro) compromiso político (IV y fin)

Acabo esta serie de posts sobre el compromiso, intentando abordar cómo orientarse para dar respuesta al compromiso creyente hoy.

Lo primero a tener en cuenta, son los elementos a los que me referí en el post anterior, elementos imprescindibles para poder orientarse sin perder el norte, desde una vivencia de la fe plena y coherente con la vida.

Pero hoy hay que dar un paso más, sobre todo en lo que se refiere al compromiso. Creo que hoy toca implicarse en política de manera concreta desde nuestra fe, o al menos en la participación social, que construye la auténtica democracia. Y hay que proponer esta implicación desde los propios jóvenes, pese a que “los propios jóvenes manifiestan una variada fragilidad aunque permanezcan abiertos, disponibles y generosos. Ya no pesan sobre ellos ideologías como en las generaciones precedentes. Aspiran a relaciones auténticas y están en búsqueda de la verdad, pero al no encontrarlas en la realidad, esperan encontrarlas en su propio interior. Tal actitud los predispone a replegarse dentro de sus propias sensaciones y del individualismo, poniendo a su disposición el vínculo social y el sentido del interés general. Aunque el contexto social no les ayuda a desarrollar una verdadera y propia dimensión espiritual, están dispuestos a comprometerse con algunas causas más grandes que las suyas.” (P. Tony Anatrella “El mundo de los jóvenes: ¿quiénes son? ¿Qué buscan?”)

Precisamente por esa disposición al compromiso, pese a la incertidumbre en estos tiempos de cambios profundos, en un contexto inédito en lo que se refiere a la situación política en España, toca implicarse en serio y hacerlo también en política, siendo partidiarios, pero no partidistas. Esta idea la explica más detenidamente Fernando Vidal en el artículo “Necesitamos un 10% de ciudadanos partidarios”, en esta misma web: “La transformación social hace una llamada inexcusable al compromiso partidario. Pero no debe sólo aumentar la afiliación sino sobre todo el modo de ser partidario. El gran cambio político que estamos viviendo en España es una oportunidad histórica para modificar la cultura de apoyo a los partidos: los partidarios no deben ser partidistas y la sociedad debe apreciar más su compromiso.”

Hemos de crecer en en este sentido en la Iglesia. Hay todavía pocos jóvenes creyentes que se impliquen en política partidista. Bien es cierto también, que la cultura política de nuestro país es especialmente anticlerical y todo lo que “huela a Iglesia o Evangelio” pretende recluirse al ámbito de la interioridad y a que no ocupe espacio público alguno.

Ante esta nueva realidad social es necesaria otra manera de concebir, vivir y desarrollar la acción política. Es fundamental que personas y grupos con distintas visiones y concepciones ideológicas, filosóficas y/o religiosas, pero que compartimos un profundo humanismo, podamos dialogar y buscar juntos caminos para desarrollar otra vida social que reconozca la dignidad humana, especialmente de los más empobrecidos. La Iglesia debemos también, humildemente, contribuir a esa reflexión-acción transformadora que construya fraternidad y comunión en la vida social. Y hemos de hacerlo desde nuestra vida comprometida y ofreciendo, desde el Evangelio y desde nuestra Doctrina Social, principios de reflexión, criterios de juicio y líneas de acción que contribuya a avanzar hacia una verdadera familia humana. Benedicto XVI lo expresó de manera magistral en Deus Caritas Est, 28: “La Iglesia tiene el deber de ofrecer su contribución específica, para que las exigencias de la justicia sean comprensibles y políticamente realizables.” 

La fe cristiana aporta una manera de entender la vida social como lugar de encuentro y experiencia con Dios. Los empobrecidos, las víctimas, son el auténtico rostro de Jesucristo. “Os lo aseguro: Cada vez que lo hicisteis con un hermano mío de esos más humildes, lo hicisteis conmigo” (Mt 25, 40). Pero también son presencia de Él todas las iniciativas de cooperación, solidaridad, compromiso por el bien común, lucha por la justicia, indignación… Son semillas de su Reino presentes en nuestra historia. Algo que ha mostrado, en toda su profundidad, el Papa Francisco en sus encuentros con los movimientos populares.

Y, además, la fe nos ofrece un sentido para orientar la necesaria acción política, una manera natural y normal de vivirla y unos principios y criterios desde los que construir, junto a otros, una nueva vida social edificada desde la comunión y la centralidad de los crucificados.

Conclusión

Pedro Pastor, un joven cantautor amigo, que lleva en la sangre canciones en vena, por parte de madre (Lourdes Guerra) y de padre (Luis Pastor) afirmaba hace poco: “El cambio, la liberación, el trabajo digno, la libertad, la transformación real de la sociedad no la van a traer los ayuntamientos, las instituciones, ni los gobiernos. No puedo ocultar la desilusión, perdemos siempre los de siempre: los honrados, coherentes, las obreras, soñadoras, los desahuciados, las enfermas, las abuelas, los parados y la lista es infinita.” Yo también pienso que la revolución verdadera, la del Evangelio, no vendrá desde ningún gobierno pero también pienso que la participación en política, desde hondas convicciones creyentes, puede acercarla o alejarla.

Os dejo con una canción de tono veraniego “Ríe Chinito” de un grupo que me encanta, Perota Chingo:

 

 

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