De metáforas digitales y voyeurs virtuales

De metáforas digitales y voyeurs virtuales

¿Es Internet algo real o no es más que una simple metáfora digital donde nosotros, los usuarios, nos convertimos en meros voyeurs virtuales?

Hay dos películas que considero auténticas joyas del cine no solo por su calidad, sino por el guiño que hacen a quienes las ven: La ventana indiscreta, de Alfred Hitchcock, y El Golpe, de George Roy Hill.

Las resumo un poco por si hay alguien que no haya disfrutado aún de estas dos maravillas cinematográficas.

La ventana indiscreta
La ventana indiscreta

En La ventana indiscreta (Rear Window, 1954), un magnífico James Stewart interpreta a un fotógrafo profesional condenado a tener que guardar reposo en su casa debido a un accidente que lo ha postrado en un silla de ruedas. Su forma de entretenerse durante esa convalecencia consiste en observar el exterior a través de la ventana de su piso, especialmente a uno de sus vecinos del cual comienza a sospechar tras comportamientos algo extraños. Y el resto hay que verlo.

El Golpe
El Golpe

En el caso de El Golpe (The Sting, 1973), dos estafadores, Robert Redford y Paul Newman, diseñan un plan para vengar la muerte de un amigo de ambos a manos de un peligroso mafioso. Y el resto hay que verlo.

Con su película, además de por lo inquietante de la trama y de las magníficas interpretaciones de sus actores, Hitchcock convierte al espectador en un protagonista más. Si conseguimos apartarnos del suspense, podríamos llegar a acusar a L. B. Jefferies (el personaje interpretado por Stewart) en un simple voyeur. Y aquí es donde reside el guiño de Hitchcock: al poder ver exactamente lo mismo que observa el fotógrafo desde su silla de ruedas, nos damos cuenta que también nosotros somos voyeurs, tanto o más, pues no solo podemos ver lo que hace su vecino, sino también el propio Stewart.

En el caso de El Golpe, se trata de una película que es una auténtica metáfora del cine: el plan que diseñan Redford y Newman es una gran mentira, la cual crea una falsa sensación de realidad que tiene sus propias consecuencias. Exactamente lo mismo que está contemplando el espectador.

¿Y qué tiene que ver todo esto con el mundo digital?

El fondo de estas dos obras maestras del cine consiguen retratar, al menos en parte, tanto Internet cómo el modo en que nos comportamos en la red.

El falso mundo de Internet

Creo sinceramente que, a pesar de toda la revolución que han supuesto y los beneficios que han aportado a nuestras vidas, Internet y el mundo digital también tienen su parte de mentira.

¿Cómo puede ser una mentira Internet si nosotros mismos ‘lo vivimos’? Pues precisamente porque muchas vidas y relaciones que tienen lugar en Internet no son más que falsas apariencias (ya hablamos en un anterior artículo sobre la cuestión de quiénes somos en Internet).

La facilidad para conectar con otros puede crear una falsa sensación de capacidades comunicativas y relacionales. Pero, si tuviésemos la oportunidad de conocer en persona a todos y cada uno con quienes conectamos en redes sociales, ¿mantendríamos con ellos el mismo tipo de relaciones que en el mundo virtual? Lo dudo.

La inmediatez de Internet favorece este tipo de relaciones digitales. Esta inmediatez implica facilidad, la cual junto con cierto anonimato (a veces parcial -no dejamos de ser personas atrincheradas tras avatares públicos-, a veces total) genera una capacidad de atrevimiento que un contexto físico dificultaría desarrollar.

De ahí la gran mentira. Y aprovechando que hablamos de cine, tenemos montada nuestra propia película en Internet, la cual alimentamos con nuestras actitudes y en la que llegamos a creer con fervor, tal vez porque en el espacio digital podemos llegar a encontrar todo lo que en el mundo real se hace más resistible.

Voyeurs virtuales

Internet, y las redes sociales más concretamente, son ventanas a las que asomarnos para contemplar la vida de los otros. No tenemos más que ‘fichar’ un perfil cualquiera y en poco tiempo podremos saber infinidad de cosas sobre sus costumbres, gustos e incluso próximos acontecimientos como fiestas, cumpleaños o todo tipo de celebraciones familiares. Y esta posibilidad de conocer con exactitud todo lo que acontece a nuestro prójimo nos hace desear saber más y más. Es como la típica frase ‘cuánto más se tiene, más se quiere’, pero cambiada a ‘cuanto más se sabe, más se quiere saber’.

Se trata de una suerte de cotilleo que nos impele abrir nuestras redes sociales y husmear a ver qué encontramos por ahí.

¿Y si le diésemos la vuelta a todo esto?

Aunque todo lo anterior tiene sin duda una serie de connotaciones negativas o, al menos, de las que podríamos avergonzarnos, también debe suponer un impulso a aprovechar la situación y utilizarla para mejor.

Si Internet permite crear mundos alternativos donde la creación de lazos es realmente poderosa, ¿por qué no usar esa potencialidad para que ese mundo alternativo sea un lugar mejor?

Si Internet es, en parte, una representación de relaciones e interacciones cuyo fondo peca de cierta falsedad y cuyo mantenimiento requiere un forzado esfuerzo, ¿por qué no convertimos esas débiles conexiones en estrechos lazos de convivencia y cooperación?

Y si no somos más que meros voyeurs digitales que nos limitamos a observar lo que pasa ante nosotros, ¿por qué no nos implicamos con las injusticias que a diario ocurren o son visibles en la red, las denunciamos, actuamos y nos convertimos en actores proactivos de esa realidad transmitida, en muchas ocasiones con sesgo informativo, al igual que hace el impedido Jefferies desde su silla de ruedas?

Coda final

Esa parte de Internet que peca de superficialidad, mera curiosidad y mínima implicación, puede convertirse en una auténtica oportunidad para dar un giro radical a nuestra forma voyeur de estar en la red.

Preocupémonos por conocer y entablar lazos estrechos con aquellos perfiles que identifiquemos interesantes o llamen nuestra atención, y pongamos de nuestra parte para convertir Internet en una verdadera herramienta de cambio social.

No seamos meros voyeurs virtuales que observan con frialdad una simple metáfora digital y cambiemos esa situación a otra más vital de colaboración-cooperación.

 

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