Algunas organizaciones producen “códigos éticos” para ganar legitimidad pública. Ocurre con las grandes empresas y también, en el caso de que vamos a hablar aquí, con los partidos políticos.

Cuando llega la hora de la verdad, los códigos éticos se respetan o no. Al fin, no son obligatorios sino compromisos adoptados por las mismas organizaciones. Operaciones de imagen, para ser sinceros.

Si conviene que Rita condenada siga de concejal-portavoz de Madrid, o la otra Rita, jefa de la partida municipal de Valencia, quede de senadora, pues se quedan. Besteiro dimite del PSOE gallego pero Chaves no dimitía del Senado ni a tiros. Griñán, por el contrario, sí lo hizo cuando Ciudadanos lo puso como condición para apoyar a Susana. Eva Borox dejó su escaño en la Asamblea de Madrid por unas fotos con el constructor Marjaliza, que demuestran mayor amistad cuando era concejal del PSOE que la reconocida por ella ahora que se ha mudado a C’s. El caso extremo se encuentra tal vez en Cataluña, donde debemos a la CUP que la ansiada independencia no la traiga Mas el Molt Honorable, de historial amplio y florido.

Está bien. Unos dimiten y otros no lo hacen. A unos los dejan correr más y a otros menos. Al final, los códigos éticos de los partidos carecen de valor, no otorgan legitimidad ninguna, son flor de un día en la que nadie cree. Operaciones fallidas, ni ellos se los toman suficientemente en serio como para producir efectos apreciables de imagen. La sanción política a la corrupción no ocurrirá a través de códigos éticos sino de los votos. Conforme robar o insultar hace perder votos, los partidos van enderezándose. Vean si no la pelotera entre la dirigencia más clásica y la más nueva del PP nacional.

Ventajas de la democracia: la competencia política ha puesto de manifiesto que: (1) ladrones y autoritarios los hay en todas partes, como también en todas partes hay quienes no lo son; (2) si en los partidos más nuevos se ha robado o se ha insultado menos, es básicamente porque han manejado menos poder y menos presupuesto. Dándoles tiempo, veremos que no se diferencian mucho de los antiguos. El problema seguramente no es moral sino estructural.

Y yendo a lo estructural, dice Eva Borox que “el tiempo le dará la razón”. Igual ni siquiera le da la razón en los tribunales según espera, porque el caso se pasma hasta el punto de prescribir, como ya está ocurriendo con los ERE en Andalucía. Aquí sí hay que pensar un poco más: Rita Maestre hizo su curiosa demostración en la capilla del campus de Somosaguas el 10 de marzo de 2011. Nada especialmente secreto ni clandestino que requiriera una investigación policial compleja. Pues bien, Rita fue juzgada y condenada por ofensa a los sentimientos religiosos el 19 de marzo de 2016. Cinco años después.

Si la sentencia es adecuada o no, no sé porque no soy jurista. Si la recurre, será revisada en segunda instancia y otro juez se pronunciará sobre ella. Lo cierto es que la sentencia no incluye inhabilitación para oficio público, y por tanto puede seguir siendo concejal. Si el código ético de Podemos dice otra cosa, papel mojado como todos estos códigos éticos. Si mintió al negar su participación a la prensa, tampoco extraña mucho: ¿no es portavoz del ayuntamiento? ¿Es que alguien piensa que el portavoz de un gobierno dice regularmente la verdad? La presunción del público es la contraria: si lo dice el portavoz, en algo pretenderá engañarnos. Asunto de géneros literarios en la comunicación política, descifrados por el común hace ya mucho tiempo.

Lo peor son los cinco años para que funcione la Ley en un caso que se instruye en dos mañanas. Cinco años, cuando todo debería haberse resuelto en cinco semanas y sobran. Justice delayed is justice denied. Si vamos a confiar la salud de nuestro sistema político a la Ley, entonces necesitamos más jueces, más tribunales, producir sentencias más deprisa, y atenernos todos a lo que digan esas sentencias. Menos códigos éticos, engañosos sustitutos de la verdadera cosa, y más código penal.


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