Menores no acompañados: reto de la sociedad

Mª Luisa Amorós

Educadora de medidas judiciales en medio abierto de la ciudad de Alicante

Solo este verano en Alicante, se han registrado más de 55 casos de menores extranjeros no acompañados (MENA) que llegaron en patera. La mayoría proceden del norte de Africa.

Con frecuencia, estos menores han sido «empujados» por sus familias a migrar a otro país para buscarse la vida y obtener dinero que puedan remitir a sus padres, viajando hasta países europeos como España, donde la legislación y el sistema de protección a la infancia ofrecen una notable red de atención e intervención. Esta es una variable importante a la hora de entender la complejidad de las problemáticas que plantean los MENA junto a la situación de riesgo que presentan, en la medida que muchos de estos chavales son conscientes de que sus propios progenitores les han forzado a viajar a otro país, arriesgando a veces su vida, sin que tengan posibilidad de regresar a su hogar.

Desde el momento en que se tiene conocimiento de la existencia de algún menor extranjero no acompañado, el servicio de protección de menores de la comunidad autónoma pone en marcha sus dispositivos de intervención y acogida. Y así es como ingresan en los centros de recepción de menores.

Como educadora, para los diferentes profesionales que, por una u otra razón, de repente nos vemos al frente de uno de estos menores, he podido ver el problema que representan. Como profesionales, hay que dar respuesta, pero lo cierto es que no tenemos ni idea que hacer con un grupo de adolescentes, que no habla nuestro idioma, y que se relacionan solo entre ellos, que culturalmente nos queda lejos y que parecen recelar de cualquiera de nuestras normas educativas hacia ellos.

Nos resultan, molestos, indisciplinados, pero sobre todo nos representan una gran dosis de ansiedad, la ansiedad que genera tener que dar respuesta a esta situación, la necesidad de tener que hacer algo educativo, y la ansiedad que da el buscar entre todos los recursos técnico-educativos que tenemos, que en muchas ocasiones acaba con un exceso de disciplina y aunque suene poco ortodoxo, también añadiendo cierta dosis de discriminación, que enmascara el miedo. El miedo a lo diferente, el miedo a no saber qué hacer, que todos nuestros cursos y formación como educadores se quedan cortos, y sazonando esto con cierta dosis de orgullo profesional que nos impide reconocer que estamos asustados, y que no sabemos que hacer, y que nos hace a arremeter contra otros profesionales, el sistema legislativo, y contra los menores en cuestión.

Hoy tenía que entrevistar a uno de estos chicos. En una salida del centro, se ha metido en una pelea con otros menores. De camino a la entrevista pensaba en lo anterior, y observaba como desde antes de conocer al chico, ya estaba tensa.

Pero tras un rato de conversación con el menor en cuestión, no sin dificultad, a pesar del intérprete, y tras pasar la barrera de la tensión inicial, solo he visto a un niño. A un niño asustado y solo.

No a un inmigrante indocumentado, no a un chico problemático, agresivo, con dificultades en el control de impulsos. No, solo a un niño asustado. Y  en ese momento todas mis defensas, se han caído. En el momento que los estereotipos caen, solo queda lo humano, solo queda el niño.

Un niño que se ha tenido que hacer adulto a la fuerza. Que ha reunido una gran dosis de valentía y de fortaleza interna para dejar toda su vida atrás.

Un niño que se ha jugado la vida por cambiar su futuro. Y me pregunto, que vida tienen estas personas, que consideran mejor opción poder morir en el intento de cambiar de vida, que quedarse donde están.

No fue el querer ayudar lo que me llevo a trabajar con la infancia y la adolescencia en exclusión, fue más bien una cuestión de justicia social, de creer que hay un espacio digno para cada persona, y que desde mi posición de primer mundista, puedo tender un puente para que aquellos que su llegada al mundo fue menos afortunada, puedan recuperar la dignidad y el respeto que les corresponden como seres humanos.

Este chico me ha hecho recordar, que, como profesional, todos los conocimientos, carreras y cursos, solo sirven cuando puedes ver a la persona y por un minuto hacer el esfuerzo de intentar sentir lo que es caminar con sus zapatos. Entonces la ansiedad y el miedo desaparecen, y se puede establecer un vínculo que hace posible el trabajo.

La visión negativa inicial, da paso a ver las fortalezas de un chaval, que puede utilizar todo ese coraje personal en hacer algo distinto con su vida. Como educadora me brinda la posibilidad de embarcarme en la aventura de poder ayudarle a trazar un mapa de ruta distinto, donde sus fortalezas se conviertan en las aliadas que le brinden oportunidades de crecer.

Como decía El principito: Solo se ve bien con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos.

 

1 Comentario

  1. Totalmente cierto, en lo poco que conozco. Loables los profesionales que intentan, como pueden, proporcionar un medio lo más adecuado y completo posible. Pero, como sociedad civil, y más aún, como quienes nos decimos creyentes en una buena nueva, ¿podemos quedar tranquilos por el mero hecho de haber dejado en manos “profesionales” una cuestión que tiene también una dimensión fundamental de afectividad y de arraigo?, ¿acaso no somos conscientes de la insuficiencia de la institución, cualquier institución, para estas tareas?

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