En memoria de Lucrecia Pérez: Dios es Negra

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Hace unos días, con motivo de las fiestas populares de Aravaca el Ayuntamiento nos invitó al colectivo Territorio Doméstico a hacer un pequeño homenaje a Lucrecia Pérez y hacer el pregón de las fiestas en su nombre. Nuestro pregón no fue un pregón al uso, sino que lo iniciamos con un performance en el que un grupo de mujeres vestidas de negra y con una máscara blanca, a modo de coro griego repetíamos como un eco: La memoria es un grito, la memoria está viva, Recuerda…Recuerda…Recuerda… para que no se repita y poco a poco   íbamos despojándonos de las máscara y moviendo nuestros cuerpos pausadamente, al ritmo de la proclamación de un poema de la escritora y activista afro-americana Audre Lorde:

Fuerza. Poder de Mujer es

Fuerza. Poder del Ser migrante es.

Late mi corazón

mientras se abren mis ojos

mientras narra mi boca.

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Quizás las nuevas generaciones no recuerden quien fue Lucrecia Pérez, pero quienes tenemos de cuarenta años para arriba no podremos nunca olvidar su muerte en aquel oscuro noviembre de hace 24 años. Lucrecia Pérez Matos, nació en Vicente Noble (República Dominicana) y fue asesinada a los 33 años en Aravaca el 13 de noviembre de 1992. Sola y desempleada, vivía como okupa en la hoy desaparecida discoteca Four Roses de Aravaca. Allí encontró la muerte a manos de varios miembros de la extrema derecha, convirtiéndose en la primera víctima de un crimen de odio racial en la España democrática. Desde entonces Lucrecia Pérez es un símbolo de la lucha contra el racismo y la xenofobia y las luchas de las mujeres contra las fronteras. Junto a Samba Martine, congoleña, que en el año 2011  murió víctima del  racismo institucional en el CIE de Aluche por falta de tratamiento médico. 

Ambas fueron mujeres que buscando vida para ellas y sus familias encontraron la muerte. Lucrecia fue asesinada por ser mujer, por ser negra y por ser migrante, por la ignorancia y el odio de quienes estigmatizan y criminalizan las diferencias. Ambas eran  mujeres valientes y empoderadas, porque sólo así es posible cruzar fronteras. Las fronteras son cicatrices de la tierra inventadas por el poder y los cuerpos de las mujeres que las desafían quedan marcados para siempre.1390893210_410761_1390893508_noticia_normal

Fuerza poder de mujer es

Fuerza poder de negra es 

Fuerza poder del ser migrante es

Fuerza de mujeres protagonista de las cadenas globales de cuidados. Mujeres que dejan a sus familias para cuidar las de otros  y que ellas mismas dejan a su vez  a los suyos a cargo de otras mujeres para que cuiden de ellos, como hizo Lucrecia con su hija. Mujeres sin la cuales no se mueve el mundo, porque el trabajo de los cuidados es el trabajo que sostiene la vida, como las vida de tantas mujeres migrantes que han contribuido con sus remesas al desarrollo económico de sus países de origen y al país en el que hoy viven, qué es también el suyo. Madres de locutorio en un sistema que permite que  circulen libremente las mercancías, pero no las personas. Personas a las que la leyes hacen invisibles y condenan a la ilegalidad, la precariedad y explotación laboral en el empleo doméstico, o las encierran en los CIE reduciéndolas a un número y dejándolas morir abandonadas a su suerte, como le sucedió a Samba Martine en el CIE de Aluche.

Han pasado muchos años desde el asesinato de Lucrecia Pérez. Hoy tendría 57 años. Sería abuela. Hemos vivido muchos cambios desde entonces y Lucrecia Pérez se ha convertido en un símbolo de la lucha  contra el racismo y la xenofobia… para que nunca más se repita. Pero también en esta última década ha emergido en nuestro país, como consecuencia de la crisis una nueva forma de racismo y xenofobia: la institucional, como el actual Decreto Sanitario 16/12, que ha condenado a la exclusión a miles de personas y que ha tenido entre sus víctimas a otra mujer, Janet Beltrán, nicaragüense, que murió en el hospital de Toledo en mayo del 2014,  por falta de atención médica por no tener papeles

Hoy posiblemente Lucrecia seguiría siendo empleada de hogar, que es la única opción laboral que se ofrece a las mujeres migrantes, pero nos gustaría pensar que estaría formando parte de algunos colectivos de mujeres en lucha  por sus  derechos, quizás, denunciando como Territorio Doméstico, que aún no se ha acabado la  esclavitud en el empleo doméstico, aunque hayamos pasado en estos años del régimen especial al  general, pero seguimos siendo invisibles, sin derechos y excluidas de la prestación de desempleo. Quizás, estaría reivindicando con nosotras el Convenio 189 de la OIT,  por la visibilización y la dignidad del trabajo de cuidados, o saldría a la calle cada vez que asesina a una mujer por  violencia de género o una  empleada de hogar sin papeles muere por accidente laboral al caer el vacío limpiando los cristales, como ha sucedido recientemente.

Han pasado 24 años y hoy la inmigración femenina toma también el rostro de las  refugiadas y sus hijos “aparcadas” en los campos de refugiados en Grecia o Turquía o en la frontera Sur. Por eso, en memoria de Lucrecia Pérez y tantas otras somos muchas las mujeres que nos declaramos en rebeldía, y estamos en pie de  lucha por un mundo donde lo primero sean las persona y no el capital, donde se reconozca el derecho a la libre circulación de personas. Un mundo sin fronteras visibles e invisibles, donde todos los seres humanos podamos ejercer el derecho a tener derechos y en el que la diferencia no justifique la desigualdad.

Hoy todas las mujeres sabemos que sin nosotras no se mueve el mundo, pero no nos resulta suficiente. Nos preocupa una cuestión más radical: ¿Qué mundo movemos? porque somos muchas las que no queremos mover la rueda del capital ni sus intereses, que favorece la libre circulación de mercancías mientras el Mediterráneo se ha convertido en la mayor fosa común del mundo. Somos muchas las que no queremos mover la rueda del patriarcado, que legitima la feminización de la pobreza y la violencia contra las mujeres.

Somos también muchas las que confesamos DIOS ES NEGRA y, al hacerlo, reivindicamos una imagen y un lenguaje sobre la plenitud de lo humano liberados de toda forma de sexismo y racismo, de modo que historias similares a las de Lucrecia Pérez nunca más se repitan.    

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