La memoria se cuelga en los balcones

Ver es fácil; es un fenómeno biológico. Pero es necesario mirar, contemplar sosegadamente, dejar que cale el cruce de miradas. E incorporar entonces un sano ejercicio del raciocinio, y una atención detenida, que hace que lo que se contempla grabado en “la memoria que se cuelga en los balcones”, por ejemplo, se deposite en el alma humana. Y que a través del tiempo, se pueda percibir como un eco de verdades incuestionables.

Mi abuela María se parecía a una encina. Árbol, pequeño pero fuerte. Tez muy blanca y suave, y con un corazón igual que un río que siempre estaba cantando por los pasillos de su casa. Iba siempre de oscuro aunque al verla siempre era un momento de alegría. Con sus historias y gestos nos metía la vida, que iba recordando y así ofrecía valores grabados en la memoria y en el corazón de sus nietos. Caminando casi de puntillas por la vida. Desde el alba, que siempre le sorprendía en la Iglesia de Escolapios/Mercedarios en la primera misa del día. Aunque fuera la única feligresa. Una casa siempre abierta. En una de las llamadas “casas nuevas” en Santa Marina, en Toro (Zamora).

¡¡Aquellas semanas santas desde su casa!! El domingo de Ramos, mi día preferido. Con nuestra ropa a estrenar, aunque fueran unos calcetines. Y las palmas en las manos, aunque solo fuera llevar un trocito (incluso sólo el del tronco). Estrenábamos también las vacaciones aunque no entendíamos aquello de callarnos si empezábamos a cantar. Ese domingo siempre lucía el sol…

Y a partir del miércoles santo recuerdo a la gente menuda de la familia, cruzando Santa Marina, la plaza cantarina de las golondrinas para coger buenos puestos en el balcón de la abuela donde apretujados no cabíamos apenas. Un balcón con nidos de vencejos debajo del balcón superior.

Desde allí la expectante intranquilidad infantil que a veces se convertía en desasosiego al ver, por ejemplo, moverse al ritmo del viento la melena de pelo natural del “Ecce homo”. Incluso, parecían de verdad los sonidos de los latigazos (movidos también por el viento) lanzados al Cuerpo de Jesús atado a la columna de otro paso: El de la Flagelacion de Antonio Tomé.

El crepúsculo acecha, y oscurece. Por las aceras se despierta el ruido;/el día va apagándose, vencido, /y la noche se enciende y reverdece. Escribe bellamente Francisco Álvarez. Versos para introducir el sonido de los Tambores y Cornetas, al comienzo de la noche, temblorosos, secos y destemplados que dentro de poco iban a sonar bajo nuestros pies abriendo la procesión del Via Crucis. Sonidos, miradas, imágenes,… contemplación que empapa y empuja

Puede interesarte:  El coche eléctrico no nos salvará de la crisis ecológica

Y desde el balcón un Cristo: El de la Expiración. Con un detalle ya recordado otras veces y que me ha acercado a la pasión de los hombres de hoy. La marca del peso de la cruz en sus hombros – con un suave tono amoratado con casi imperceptibles gotas de sangre – adheridos cruelmente al madero. Es un sutil detalle que solo se observa mirándole desde lo alto de los balcones.

Sonidos, figuras, colores. ver que no todos los matices del color son iguales y que depende de la hora del día. Esa es la semana Santa Toresana con tantas y tan distintas cofradías y procesiones. No solo por capas pardas y túnicas o sin ellas ( y la austeridad, seriedad y sentimiento de quienes las llevan) sino por la iluminación que las arropa. Luces del alba, de la mañana, del mediodía, del atardecer, de la noche… Luces, sonidos (La Marcha fúnebre de Thalberg, o el ¡Madre mía!), olores a cera. Los pasos y las procesiones tienen distintos tonos según sea la hora del día o la música que la acompaña, o la soledad o no con la que estés… Y sobre todo el silencio popular, sin que nadie lo ordene. Silencio que es contemplación comprometida.

Si Jesús soñó un mundo, nueva comunidad humana bajo el amor de Dios donde la pobreza que mata al hombre de hambre, de incultura, de abatimiento, etc hubiera sido superada, – y por ese sueño molesto le mataron – Jesús no seguiría cargando tantas cruces de hoy que amoratan sus hombros, y le derriban como a tantos cristos vivientes de hoy: Miles de personas mueren cada día de hambre o por causas relacionadas con ella. Y muchos más que mueren de miseria y de incultura. Millones de parados con su secuela de deterioro humano, de estrecheces, o de necesidad, en las divisiones fratricidas, Miles de refugiados ya enterrados o a punto de serlo en el cementerio llamado Mediterráneo, en… etc.

Jesús soñó un mundo donde “los perseguidos por causas de la justicia” dejaran de serlo Pero sigue muriendo hoy en afectados por la hambruna, en los niños de la calle, en los miles de desaparecidos de América Latina, en la última mujer que murió sola en mi barrio ( y así enterrada) o en cualquier persona del norte o del sur abatida por balas, extorsiones o secuestros; en la violencia de género, en el machismo, o en el destrozo de la intimidad que se reviste de dinero, en el insulto de pensiones indignas, o en cualquier atropello en la corrupción de hoy, ya en red tupida de telarañas… etc.

Puede interesarte:  El Movimiento Cosmopolita es el gran movimiento del siglo XXI

No está de más que cuando contemplemos lo morado de los hombros de este Crucificado nos provoque y nos acerque a los que tienen no solo los hombros sino el rostro morado por tantas bofetadas que la injusticia produce. Porque sin una identificación real – afectiva y efectiva – con los crucificados de la historia, la semana santa no será santa.

Cuando regreso a veces, a mi balcón toresano mi memoria se sigue colgando en los balcones lo mismo que mis piernecitas. Aguantando “muertos de frio” hasta el final la procesión ya muy de noche.

En la mañana del viernes, al alba, el “sermón del mandato del amor” que alguien me trae al presente con otro detalle como “un recuerdo muy vivo e íntimo,( quien me lo cuenta, ya jubilándose, parece que lo está contemplado hoy mismo).

Y era cómo me llevaba un nazareno, muy cercano a la familia, nazareno de los morados – me dice-, al sermón de las seis de la mañana y al empezar la procesión se echaba la caperuza y a escondidas sin que nadie le viera me daba sus zapatos para ir descalzo. Quería así asociarse voluntariamente al sufrimiento humano.Los sacrificios no son para que la gente se entere”, me decía. Y yo fiel lazarillo los llevaba todo el recorrido en secreto y le esperaba al final para que se los pusiera. Hacía de cómplice a escondidas porque su familia me advertía que no lo hiciera. Pero yo seguí siendo su cómplice porque, aunque pensaba que tenían razón, él lo tenía tan claro … que yo no podía fallarle en su reto de cercanía al sufrimiento humano.

Todos veíamos también los “pasos solitarios” recogiéndose en la Iglesia del Sepulcro en plena Plaza Mayor : San Juan ( de quien “dependían la producción de las cerezas o guindas del año” según lo introdujeran derecho o torcido ), La Magdalena, con su tarrito fino de cristal para las lágrimas ( ¿ o era cristal “de” lágrimas?), La cruz desnuda (“los brazos en abrazo hacia la tierra,/el ástil disparándose a los cielos. ) Que diría el poeta zamorano Leon Felipe

Puede interesarte:  10 preguntas sobre fútbol y refugiados

Todas despertaban nuestra imaginación y nuestra imitación. Un sobrino convierte los pasos de la semana santa en figuras de plastilina. No me extraña: se quedaba siempre hasta el final de los finales con los ojos abiertos como platos y su cabeza encerrada entre los barrotes, ( a su lado el resto de sobrinos en la misma postura) y sus piernecitas colgadas desde el balcón: No olvidéis el título de este relato. Contemplar para asociarse y comprometerse. Acercarse. Con la mirada vital…y tocar. Imprescindibles esas acciones si quieres servir a los pobres.

Desde ese balcón, el rotundo final de la procesión de la noche del viernes: el Jesus Yacente (cuyos pies miles de toresanos han besado mil veces). Es el cuerpo de nuestros asesinados de hoy ante quien nos lamentamos desde la compasión que debe conducirnos a la rebeldía y de esta, al compromiso. Cadáveres de los que huyen de las guerras, o de los salarios exterminados y de los suelos arrasados. Peregrinos inventando caminos, queriendo techo, pan y libertad, golpeando puertas donde algunos consiguen colarse. Mientras otros son cadáveres que la mar entrega a las orillas prohibidas, (Yo los he visto mientras bañistas de la playas seguían, indiferentes, consumiendo su cerveza como si nada hubiera pasado). O cuerpos sin nombre que yacen bajo tierra en las otras playas adonde querían llegar.

¡Ay de vosotros, poderes económicos del “eje norte” que apoyáis vuestra abundancia en la miseria del “eje sur”! Potencias económicas que decidís la suerte y el futuro de los pueblos levantando muros y muros “tramposos”( o “Trumposos”, me da igual). Mercaderes de tantos países que cerráis fronteras a pateras de inmigrantes en los mares porque sus ocupantes han visto proyectos de vitales que no pueden cumplir en sus países ( esquilmados y rotos) y lo buscan en los mares que no tienen riberas para ellos ¡Ay de mí, si me apunto a ese sistema generador de tantas muertes, de tantos crucificados!. No sólo porque humana y sociológicamente es un desastre sino porque teológicamente es una crucifixión de hijos de Dios.

Estaba tentado de bajarme del balcón para ir a abrazarle… Pero ya se me había adelantado la Piedad. Es el abrazo, compasivo y humano, que tanto se repite en madres con niños refugiados huyendo de la barbarie del “norte”:

“La Piedad, como madre y como hija, (me lo dijo mi prima ) me invita a abrazar al mundo… Compasión… Con /pasión…

Es el primer aliento de la liberación, de la resurrección.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.