Medios perfectos, fines confusos

Einstein afirmó que el siglo XX se caracterizaba por la “perfección en los medios y la confusión en los fines”. Cuando utilizamos los medios sin saber que fines perseguimos, o sin cuestionarnos esos fines, perdemos el sentido de lo que hacemos y de nuestra propia vida. Heisenberg, premio Nobel de Física, transcribe una antigua historia de un sabio chino que concluye así: “He oído decir a mi maestro que cuando uno usa una máquina, hace todo su trabajo maquinalmente, y al fin su corazón se convierte en máquina. Y quien tiene en el pecho una máquina por corazón, pierde la pureza de su simplicidad. Quien ha perdido la pureza de su simplicidad está aquejado de incertidumbre en el mando de sus actos. La incertidumbre en el mando de los actos no es compatible con la verdadera cordura.” (W. Heisenberg, La imagen de la naturaleza en la física actual, Ed. Orbis, Barcelona, 1988, p. 19)

Vivimos deslumbrados por el progreso tecnológico y la concepción de la ciencia como verdad. Ese deslumbramiento nos ciega. Nos impide ver lo que la técnica y la ciencia representan. Utilizamos con facilidad instrumentos tras los cuales existe un conocimiento científico de gran complejidad. Montamos en un avión o en un automóvil, y utilizamos los ordenadores, televisores y teléfonos como si su realidad fuese tan natural como la existencia del agua o las estrellas. No valoramos que son el resultado de un largo y lento proceso de acumulación de conocimientos y esfuerzos. Al no valorarlo solemos hacer un uso desmedido de dichos instrumentos sin plantearnos por qué y para qué los empleamos.

Los procedimientos y técnicas se convierten en fines en sí mismos. No hay objetivos humanos sino puramente económicos. La racionalidad de la eficacia expulsa valores y opciones. No hay valores compartidos que conforman una colectividad. La estabilidad social se apoya en el beneficio que cada uno extrae. La empatía se sutituye por la apatía. Del amor al prójimo como a uno mismo se pasa a que la búsqueda del bien propio es el mejor modo de conseguir el bienestar de todos. Como dice la fábula de las abejas, “los vicios privados producen virtudes públicas”.

A veces se intenta rescatar el sentido de la vida y el amor al prójimo desde un moralismo que permite que cada uno interprete la moral conforme a lo que a cada uno le interesa para su propia justificación y beneficio. En vez de compromisos “radicales”, a causas que valgan la pena y poniendo los medios necesarios, proliferan toda clase de “espiritualismos” o “radicalismos” dogmáticos. Como señaló Michel de Certau, el propio lenguaje cristiano “puede ser utilizado para cualquier discurso (pensamiento superficial) y acción (proyección de un deseo individual), alejados o excluidos de una práctica social que realmente tenga incidencia”.

La búsqueda de sentido de la vida se reduce a una cuestión íntima, que busca servir de paliativo del malestar individual y de ayuda para olvidar los verdaderos problemas. La espiritualidad se utiliza como factor de legitimación (prestigio, poder, seguridad) en vez de como escándalo y crítica (humildad, desvalimiento, pobreza). Se reafirma así una sociedad de carácter tecnocrático, dirigida a ser eficaz, a dar seguridad, poder y prestigio, en vez de a ser solidaria, basada en el amor que se comparte, se humilla frente al otro –se pone a su altura-, y no se impone a los demás sino que respeta su libertad. Se requiere verdadero compromiso, encarnación y testimonio, abajarse. De lo contrario nada es creíble. Hay quien mantiene valores en su ámbito pero, fuera de lo que él considera propio, actúa como si no existiesen.

Imagen tomada de El País, 20 de enero de 2016: http://elpais.com/elpais/2016/01/20/vinetas/1453306084_527486.html

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2 Comentarios

  1. Sencíllamente extraordinario Juan Ignacio¡¡ Gracias por compartirlo¡
    Lo difundo¡¡

    Un abrazo¡

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