Las causas medioambientales y sociales no están suficientemente conectadas en las ciudades desarrolladas. No sólo por las escasas alianzas entre ONG sino porque falta un marco explicativo que las vincule. Las ONG de inclusión social y las medioambientales están llamadas a colaborar en una causa que ya es común. En un encuentro convocado por la prestigiosa Fundación Ecología y Desarrollo ECODES (@ecodes), tuvimos la oportunidad de reflexionar sobre ello.

Las personas sin hogar, una causa de insostenibilidad medioambiental 

La conexión ecosocial se manifiesta especialmente patente cuando consideramos el problema que sufren las personas sin hogar. En RAIS Fundación (@RAISFundacion) es una perspectiva que llevamos ya tiempo pensando y seguimos profundizando. Esta línea está prácticamente ausente de los análisis salvo en unos pocos artículos académicos (Toro, Trickett, Wall & Salem, 1991; Coolen, 2006; Nooe & Patterson 2010). Roger M. Nooe y David A. Patterson, investigadores de Trabajo Social de la Universidad de Tennessee, afirman que “desde la perspectiva ecológica, el sinhogarismo puede ser comprendido como el resultado de interacciones entre factores de riesgo que involucran condiciones individuales, estructura socioeconómica y circunstancias medioambientales” (p.105). Como dice Ángel Cano, director de la Asociación cultural Despierta (cuyo lema es Por la Cultura de la Vida), necesitamos ser más disruptivos en nuestros enfoques porque sólo será la consciencia y la creatividad lo que hagan nuestras ciudades más sostenibles y resilientes.

El sinhogarismo es una cuestión de sostenibilidad y también de medioambiente. Las personas sin hogar son víctimas y testigos de la insostenibilidad de las ciudades en diversos aspectos como los siguientes:

-El sinhogarismo es el efecto de un tipo de urbanismo y es el mejor indicador de la hostilidad u hospitalidad de una ciudad. Está directamente conectado con los pisos vacíos, el escaso y costoso parque de vivienda de alquiler, la baja proporción de vivienda pública, el modo de desarrollo de alta concentración metropolitana y la inadecuación de viviendas no rehabilitadas. El sinhogarismo es principalmente un problema de urbanismo.

-En un modelo de ciudad en el que desaparezcan los peatones porque las urbanizaciones se cierran sobre sí mismas, las personas sin hogar son a veces los únicos peatones cuando una parte de la ciudad es urbanísticamente hostil.

-La soledad es también endémica del sinhogarismo y ellos son las principales víctimas de la desaparición y privatización de los espacios públicos y el empobrecimiento convivencial de los barrios, cada vez más ghetificados por clase social o etnia. Además, son desplazados por la gentrificación y la turistización de los centros urbanos. Al traspasarse a los malls o centros comerciales la función que antes tenían tradicionalmente las plazas, las personas sin hogar han quedado doblemente excluidas: ya lo estaban en las plazas y los guardias de seguridad privada les impiden el acceso a los malls. A esto habría que añadir las llamadas “medidas antimendigo” que ponen obstáculos físicos para que no puedan pernoctar: quitan mobiliario urbano, la policía o servicios municipales les hostigan o directamente les multan, les quitan sus pertenencias (sin que pueda ser siquiera considerado embargo) o aplican una política de desalojar y alejar.

-Los cambios en el tejido comercial también les perjudican. Las personas sin hogar son ayudadas mucho por la solidaridad de los pequeños comerciantes. Al desaparecer el pequeño negocio singular del emprendedor y expandirse las grandes superficies, las franquicias o los comercios de Low Cost desarraigados de la comunidad, las personas sin hogar pierden apoyos que eran cruciales para su alimentación, aseo, sociabilidad y protección.

Las personas sin hogar padecen más que nadie el cambio climático con sus extremos de frío y calor. La pobreza energética para las personas que pernoctan o pasan la jornada en la calle, es extrema a menos que se refugien en una biblioteca pública o en uno de los muy escasos centros de día del país. No tienen donde cargar sus dispositivos electrónicos (por ejemplo, un teléfono móvil), carecen de energía para cocinar y tienen que comer frío a menos que vayan a un comedor social: la calle es la pobreza energética absoluta.

-Sufren más que ningún otro ciudadano la contaminación del aire por su muchas veces absoluta exposición a la vida en la calle y el tráfico de gasolina rodea la mayor parte de su vida. Son quienes más ruido soportan y cuando en la ciudad hay basura, son los que están en mayor contacto con ella.

-El acceso al agua para beber o asearse les es difícil en ciudades que carecen de fuentes públicas y no logran el acceso a aseos públicos. En España, el 55% de las personas sin hogar usan bares para asearse.

-Las personas sin hogar carecen de soberanía alimentaria, contemplan especialmente el escándalo del desperdicio de comida y se les relaciona con la “rebusca” y el ciclo de vida de la comida y otros productos. En general, a las personas sin hogar se les relaciona más que a ningún otro sector con los más bajos estadios del reciclaje de productos de segunda mano o materiales residuales. Al estar tan estigmatizados todavía el reciclaje y la economía circular, sufren por carecer y son sancionados por abastecerse.

-La relación de dependencia respecto a drogas o alcohol que sufre un porcentaje de las personas sin hogar –menor del que se suele suponer- también tiene complejas implicaciones medioambientales.

-Su inseguridad vital es la más alta, como muestra el hecho de que en España muera cada 6 días una persona sin hogar en la calle. Cada 12 días una persona sin hogar muere en la calle víctima de la violencia (y sólo se cuentan las que salen reseñadas en la prensa). El impacto sobre la salud lleva a que envejezcan prematuramente, su mortalidad sea entre 3-4 veces superior y vivan una media de 30 años menos.

Faltaría un análisis más exhaustivo, pero ya sólo con estos elementos, vemos claramente cómo las personas sin hogar son víctimas y también testigos de la insostenibilidad medioambiental. Ése ser testigos les convierte en personas que tienen la experiencia directa de los problemas medioambientales y nos pueden ayudar mejor que la mayoría de la población a identificarlos y medir su impacto. Pero, además, ¿son también parte de la solución? ¿Pueden las personas sin hogar ser agentes de mejora de la sostenibilidad de las ciudades? Desde @RAISFundación pensamos que así es y creemos que son necesarias alianzas ecosociales para poder dar un impulso cualitativo al caso y causa de las persona sin hogar.

El problema del sinhogarismo no es sólo propio de las ciudades “desarrolladas” sino que es una epidemia social global, especialmente grave entre los refugiados medioambientales. Si en vez de una perspectiva desde las sociedades urbanas de bienestar, tenemos una visión global de carencia de hogar o amenaza sobre las viviendas, veremos que la conexión entre deterioro medioambiental y sinhogarismo es un fenómeno global donde la relación causal ya es obvia para la mayoría de la ciudadanía.

Esta breve aplicación de la perspectiva medioambiental a la causa de las personas sin hogar, de una ilustración de cómo la pobreza necesita un enfoque progresivamente ecosocial en el que comprendamos mejor los problemas y soluciones desde el principio de sostenibilidad. Es una llamada también a que entre sectores –el medioambiental, el ecológico y el social- se abriguen las causas de una forma más integral y solidaria.

La brecha explicativa entre lo Eco y lo Social

Detectamos que, aunque nuestro mundo tiende a la universalidad e integración, aún persisten dinámicas muy sectorializadas. Especialmente significativa es la desconexión que existe entre el sector que lucha por la inclusión y la Justicia social por una parte, y lo ecológico y medioambiental por otra. Los puentes entre una y otra se visibilizan conforme nuestra visión es más global. El impacto, por ejemplo, del ciclón Pam (de nivel 5) contra la República de Vanuatu (archipiélago melanesio formado por 83 islas) ha dañado el 80% de las viviendas, destruido medios de vida e infraestructuras y causado muertos y heridos. El presidente del archipiélago ha declarado que “todo signo de desarrollo ha sido borrado y todo debe de ser reconstruido” (El Mundo, 16 de marzo de 2015). La conexión entre medioambiente y desarrollo social global está hecho. Las dificultades residen en la conexión con los excluidos urbanos en las sociedades de bienestar, la desigualdad y, en general, con las políticas sociales clásicas del Estado de bienestar.

Un sector muy amplio de la sociedad tiene su “campo simbólico” de referencia en la Solidaridad, la Justicia e Igualdad Social. En cuestiones internacionales funcionan ya con un marco causal que vincula desarrollo social y sostenibilidad. Sin embargo, en el desarrollo e inclusión social “nacional” no existe un marco explicativo que lo vincule con la sostenibilidad como principio y el medioambiente como tema. Para la opinión pública, no es tan evidente conectar la sostenibilidad con cuestiones como sinhogarismo, prostitución, fracaso escolar, desigualdad sanitaria, aislamiento social, familias en riesgo, violencia, pobreza o barrios excluidos. Y, sin embargo, la igualdad e inclusión son parte constitutiva de la sostenibilidad.

La Modernidad es una época a la que guía un proceso de progresiva universalización –aunque a veces ha sido perversa porque se ha intentado hacer desde el imperialismo, el colonialismo o la exclusión-. El ecologismo ha sido un punto de culminación hermenéutica sobre la universalidad al hacerse responsable ya no sólo de una visión cosmopolita sino responsabilizarse de todo el conjunto del Planeta y de las generaciones futuras. Por eso, la Sostenibilidad se ha convertido en un horizonte de enorme capacidad integradora. La expansión de la Sostenibilidad como un principio de vida personal, comunitario y del conjunto social, ha creado un gran sector social orientado al futuro, a la innovación que supere los viejos desarrollismos y también a una vida personal y relacional pacífica, feliz y armoniosa.

Hay un factor institucional que contribuye a no conectar causalmente el mundo social y el mundo medioambiental. Cada uno de los “temas” del Tercer Sector tiene sus propias ONG, circuitos y departamentos en la Administración. Se tiende a establecer espacios estancos. Hay muy poca transversalidad intersectorial y cuando la hay, no es claro el marco explicativo. Por supuesto que quien se preocupa por la desertización o por la extinción del lince, también es una persona suficientemente sensible como para que se indigne porque sólo un 18% de las personas sin hogar en España (solamente sabemos el dato de los que usan algún recurso social, no del conjunto de personas sin hogar) cuente con una renta mínima o una pensión. Pero no ha realizado la conexión explicativa entre ambas cuestiones. Forman parte de un mismo problema y el principio de sostenibilidad es parte estructural de la solución. Hay, además, cuestiones transversales –como la creatividad, la Solidaridad Digital, la familia, los espacios públicos o los valores- que quedan esquinadas o no tienen un cuerpo social relevante que lo impulse desde la sociedad civil.

Pobreza y desigualdad son asuntos medioambientales

Sin embargo, la exclusión social forma parte del deterioro medioambiental y es un factor de primera magnitud en la amenaza contra la sostenibilidad. La exclusión social es la mayor pérdida a escala urbana, nacional y planetaria de energía, trabajo y recursos: las personas. La exclusión social no solamente amenaza la vida de las personas –una persona sin hogar vive de media 30 años menos que una persona con vivienda- sino que con frecuencia inyecta una gran violencia. Se comprueba en muchos slums, zonas de vivienda inadecuada (chabolas o parques de caravanas, por ejemplo) o barrios degradados, que la destrucción del entorno se multiplica por la acción de los propios habitantes. Cuando la sociedad inyecta violencia en la vida de las personas –que sufren por el desempleo, la falta de expectativas, la explotación o condiciones indignas de vivienda-, esa violencia con frecuencia se difracta en una batería de violencias contra uno mismo (por ejemplo, toxicomanías o autolesiones), los suyos (por ejemplo, violencia doméstica), los demás (mafia, bandas, maras, etc.), su hábitat (por ejemplo, la dispersión de basura o la destrucción del entorno natural como los parques, e infraestructuras como farolas, autobuses, buzones de correo, contenedores de basura o centros enteros) o el conjunto de la sociedad. Esa violencia ha sido desencadenada por una presión inicial de fuerza desproporcionada donde las estructuras sociales aprietan a las personas, familias y comunidades. La basura en barrios degradados es un modo de autoviolencia comunitaria, tiene carácter autolesivo.

Por otra parte, además de destruir o degradar la vida humana, la exclusión social sustrae recursos cruciales para el desarrollo general de la sociedad. Las sociedades del siglo XXI tienen sus dos factores críticos de desarrollo en la cualificación de los recursos humanos y en las disposiciones personales involucradas en el triángulo que forman emprendimiento, creatividad e innovación. ¿Puede ser sostenible un país que mantiene en el fracaso escolar, el desempleo, la no participación cívica o la pobreza a un alto porcentaje de un quinto o cuarto de su población? La economía creativa y el informacionalismo no son una característica de quienes desempeñan profesionales de alta cualificación sino que una sociedad prospera cuando esas disposiciones y lógicas calan en todo el sistema laboral y social. La exclusión social amenaza la sostenibilidad porque rompe la sociedad e imposibilita proyectos colectivos; porque no moviliza todos los recursos humanos de la sociedad; porque genera necesidades especiales y problemas que absorben grandes recursos; y porque provoca zonas de violencia y destrucción.

La exclusión debe ser superada porque carece de sentido, es violencia institucionalizada y porque hace a una sociedad y un hábitat insostenible. Podríamos sostener esta ley: a mayor desigualdad, mayor deterioro medioambiental y menor sostenibilidad. Pensemos en la calidad de los productos, servicios y dotaciones de los barrios más populares y, con mayor incidencia todavía, en los barrios pobres. Cuanta mayor pobreza hay, más difusión de productos de bajo precio absoluto, baja calidad y alta huella medioambiental. Simplemente, si tenemos en cuenta fenómenos como el Low Cost, Fast Food, la contaminación visual o la pobreza energética, ya nos hacemos idea del alcance. La resiliencia popular que caracterizaba a la pobreza clásica generaba respuestas de resistencia comunitaria, fortalecimiento de los vínculos familiares y vecinales o solidaridad obrera. De hecho, aún podemos experimentar que en sociedades tradicionales, en las comunidades pobres se vive una experiencia de solidaridad mucho más intensa. Sin embargo, el nuevo fenómeno de la exclusión social –que va más allá de la pobreza: hace desaparecer a la gente, los invisibiliza por insignificancia o los estigmatiza hasta que “desaparecen” simbólicamente- no sólo empobrece sino que destruye el capital social y cultural de las familias y sus hábitats. Eso desencadena un deshilachamiento o desmoronamiento que afecta a todo el ecosistema. La sostenibilidad es un enfoque imprescindible para poder superar la exclusión social. Una ciudad con exclusión social es insostenible y, por tanto, la inclusión social es una de las dimensiones de la sostenibilidad, como ha puesto de manifiesto un excelente e integrador manifiesto de ECODES titulado “Ciudades con MAS VALORES” (http://www.ecodes.org/notas-de-prensa/2015-03-25-12-35-03#.VRPNNfmG-VM).

Los tres grandes conceptos que marcan el horizonte del progreso conjunto de la Humanidad son Sabiduría, Sostenibilidad y Reconciliación. Son los tres ejes del Desarrollo Humano Integral que no sólo tiene en cuenta la salud y recursos materiales sino los aspectos relacionales y culturales que son imprescindibles en la condición y dignidad humana. De ellos, la sostenibilidad es un principio insoslayable en la lucha contra la exclusión social, especialmente cuando es extrema como es entre las personas sin hogar.

Nota: Quisiera agradecer a Víctor Viñuales (director de ECODES, @vinuales81), Cristina Monge (profesora de la Universidad de Zaragoza y directiva de ECODES, @tinamonge),   la reflexión que Ecología y Desarrollo ECODES @Ecodes convocó entre diversas entidades y profesionales ecosociales. Especialmente, gratitud a las ideas de Ángel Cano (director de la Asociación Despierta, Por la Cultura de Vida), Emilia Sánchez de MAsdemocracia (@Labruixa, @mas_demo), el periodista Luis Guijarro (@LuisGuijarro), Sergio de Otto (director de SdeO Comunicación, @SdeOcom, @sergiodeotto), Fernando Ferrando (Vicepresidente de Fundacion renovables, @FRenovables) y Carlos Martí (director de la revista Ciudad Sostenible, @ciudadS, @MartiRamos65). @RAISFundación.

Imagen: logo de la Carta Mundial de Derecho a la Ciudad, de 2004.

Referencias:

Coolen, H. (2006). The meaning of dwellings: An ecological perspective. Housing, Theory and Society, 23(4), 185-201.

Nooe, R.M. & Patterson, D.A. (2010). The Ecology of Homelessness. Journal of Human behavior in the Social Environment, 20, 105-152.

Toro, P., Trickett, E., Wall, D., & Salem, D. (1991) Homelessness in the United States: An ecological perspective. American Psychologist, 46(11), 1208–1218.