Me veo capaz de cualquier cosa

Siento que lo mejor de mí mismo me lleva a analizar la realidad a fondo. Me lleva a identificar las dinámicas de exclusión que se dan en nuestro mundo y a juntarme con otros muchos para conseguir la fuerza necesaria para denunciarlas y cambiarlas. En definitiva, me lleva a trabajar para conseguir esa revolución de la fraternidad que permita que nadie se quede fuera.

Pero en ese análisis de la realidad algo nuevo ha aparecido que antes no identificaba con tanta claridad. Ya no solo analizo las dinámicas sociales, las estructuras legales y económicas, los hábitos y valores culturales, las leyes y las decisiones políticas… ahora también analizo las dinámicas de sentimientos, deseos y aspiraciones que se dan en mi interior. En esto segundo es donde he observado una lucha feroz y constante.

Como decía en un POST anterior titulado “El Santo, el dragón y el idiota”:

No podemos olvidar nunca nuestra lucha interior, no vaya a ser que perdamos la interior y ganemos la exterior, que sería el peor de los resultados posibles, ya que habremos puesto a nuestro dragón al mando de la sociedad, y digo “al mando” porque el dragón no querrá servir, sino que querrá “mandar”.

Y es que, tras mirar en mi interior, he descubierto que me veo capaz de cualquier cosa. He encontrado una profunda corriente interna de amor que, bien seguida y bien alimentada, podría llegar a transformarme por completo.

Pero también he encontrado en mi interior al violador que hay en mí, al terrorista, al fanático, al ladrón, al dictador, al violento y al corrupto. Todos ellos están luchando por salir a la superficie.

Volviendo ahora al análisis de la realidad exterior, veo que el mundo se puede resumir en tres dinámicas, dos destructivas y una constructiva. Expongo primero las destructivas:

Por un lado, encontramos ricos y poderosos absolutamente enganchados al placer que les dan las riquezas y el poder, y absolutamente incapaces de renunciar a ellas en favor de sus hermanos. Personas que viven una vida sin sentido, incapaces de mirar el mundo desde abajo. Viven en la constante ilusión de pensar que lo que tienen se lo merecen y que la única dinámica social que debe darse es la competencia egoísta que conduzca a una supuesta eficiencia económica.

Por otro lado, encontramos con cierta frecuencia a grandes grupos excluidos, con la fuerza suficiente como para movilizarse y desbancar a los poderosos. Ha ocurrido en numerosas ocasiones en la historia y, sin duda, seguirá ocurriendo. La historia de la humanidad parece ser una sucesión de revoluciones contra los excesos de poder de cada momento. Lo que asusta es ver que lo que muchas veces alimenta esa revolución es el odio, el rencor y las ganas de revancha. Si el odio gana, ganará la destrucción. Si la revancha gana, ganará el desastre. El odio destruye primero toda humanidad de la persona en la que habita y cuando ya se ha hecho con el control de esa persona, la utiliza para seguir su dinámica de destrucción más allá de ella.

Vemos por tanto dos dinámicas destructivas luchando una contra la otra. Si se sigue imponiendo la primera, seguiremos teniendo exclusión y sufrimiento. Si se impone la segunda, encontraremos toda suerte de destrucciones.

¿Quién es capaz de juzgar el odio de los excluidos? ¿Acaso conocemos lo que han sufrido? No digo que sea justificable, de hecho, ese odio seguirá generando muerte y destrucción, pero ese odio es humanamente comprensible.

¿Quién es capaz de juzgar el vicio de los poderosos? ¿Conocemos el ambiente en el que han vivido? ¿Conocemos los valores que han recibido? ¿Acaso sabemos si se les ha presentado alguna vez delante algo más valioso por lo que optar, que no sean los terribles vicios de placer y poder en los que han caído? No digo que sea justificable, de hecho nada bueno podrá salir del obsceno culto al dinero y al poder. Sin duda, todo lo que hagan mientras estén sometidos a esos vicios, seguirá dando frutos malos, aunque lo disfracen de eficiencia. Pero esos vicios también son humanamente comprensibles.

Ante esta situación, se hace urgente seguir luchando nuestra batalla interior y animar a cada persona que nos encontremos a luchar contra las poderosísimas dinámicas del odio, del poder, del placer y del dinero que tenemos en el interior de nosotros mismos y que constantemente nos amenazan con el desastre y la destrucción. No hay persona más peligrosa que aquella que no reconoce en su interior estas dinámicas.

Cuando estamos en esa pelea interior, comprendemos mejor las luchas interiores de nuestros hermanos. Comprendemos sus derrotas. Comprendemos su odio. Comprendemos sus vicios.

Solo ganando esa pelea interior podemos participar de la tercera dinámica social. La única constructiva. La que trabaja para conseguir la revolución de la fraternidad, pero guiada por el amor y no por el odio.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here