Recomiendo el primer capítulo de la segunda parte de la serie Black Mirror, una dispropia en un mundo de los likes, donde uno al mirar al otro mediante un dispositivo en los ojos, puede saber su popularidad. Pero, ¿qué es hoy la popularidad?

Hace un tiempo en un centro comercial nuevo, donde fui a devolver la reserva de un televisor, me detuvo una de las chicas de un puesto ambulante, de esos que se ponen en los pasillos de los centros comerciales. Me vino a la memoria Albert Cohen y su fascinación, a los diez años, por un vendedor ambulante de varitas limpiadora, su fascinación por el lenguaje desplegado, por el acento, por su francés. Cuando fue expulsado de esa cola de admiradores, de potenciales compradores, cuando le dijeron judío como insulto, él se convirtió en escritor.

La vendedora nos pidió las manos a mi hijo -que me acompañaba- y a mí. Obedecimos, no sé porqué. Y sin darnos cuenta empezó a colocarnos unas sales del mar Muerto, luego sugirió que nos frotáramos las manos, ya con esa sal no podíamos hacer otra cosa, además teníamos prisa, debíamos deshacernos del mejunje… Ella hablaba de las virtudes del mar Muerto, no podía saber que viajamos a menudo a Israel y que estamos ya adheridos al apoyo a cualquier cosa que venga de allí, bueno a casi cualquier cosa… Después de frotarnos las manos nos puso una crema, nos enjuagó con agua y nos enseñó la mugre que salía, no me extrañó, venía de pasar horas en la oficina, pero ella nos miraba culpabilizadora. Mi hijo se ruborizó. Ella aprovechó para pedir que compráramos dos cremas por la mitad de su coste que durarían todo el año, se quedaba en unos 120 euros, nada si se pensaba en todo un año…

No las compramos. Pero me di cuenta de cómo nos rodean estos y otros vendedores ambulantes, ahora vendedores digitales, desde cualquier nuevo sistema digital o medio  audiovisual; ya no es un hombre, un artista del hambre, un hombre solo, sino que quien se enfrenta a la multitud es un complejo sistema de análisis de pulsiones, de conocimiento del ser humano, de las percepciones, ay, los clics; marcas que quieren nuestro dinero, ya no importa siquiera que seas un judío, vaya, en el fondo el poder económico es muy democrático, venden a cualquiera, se podría decir que un avance; pero me pregunto por otro lado cómo saber de verdad qué queremos y qué no, cómo formar un gusto si nos rodean sabios empeñados en analizar hasta el fondo nuestro alma para vendernos algo, gustarnos.

Ahora el lovemark, nueva técnica de venta, nos quiere asociar a una marca mediante sentimientos, forma un nosotros exclusivo. Pareciera que hoy vamos concibiéndonos a nosotros mismos como productos, en el mismo sentido del mercado, nos exponemos, nos sometemos a un público al que gustamos o no, que nos sigue o nos deja de seguir, que comenta nuestras acciones más insustanciales, si salimos a comprar a un centro comercial (yo no me libro, escribo sobre mi visita fugaz) o comemos una hamburguesa. Ya lo hacían los personajes públicos que de alguna manera han medido su popularidad, los programas de televisión, la venta de libros… y, si bien es importante el estudio del resultado, el problema es que la repercusión afecta al producto, al arte, a la creación. Una masa extraña, sin rostro decide qué se hace o no, pero al final no es ese espectador quien decide, a la vez hay estudiosos que determinan lo que esa masa va a querer.

Así, la idea del ser como producto, se ha extendido a los humanos: para ser aceptados, queridos, apreciados, sin otro objeto, nos exponemos e iremos también variando según el gusto de otros, en busca de ese like. Quienes nacimos en el siglo XX podemos ser más atentos, ver lo nuevo, más allá que quienes ya han nacido enseñando sus fotos en un mar web que lo traga todo. Propongo a la sociedad civil contraatacar mediante el estudio de una resistencia motivacional, de fortalecer el gusto propio y singular para volver la pulsión consciente, para ser dueños de nuestro deseo.

Atención, hoy sólo tienen 16 años los de este siglo caracterizado por el egoísmo y la exhibición.