Sócrates fue llevado a juicio por no honrar a los dioses atenienses y por corromper a la juventud, según acusaron sus detractores. Los motivos para meterlo a la cárcel no tenían que ver con las intenciones que realmente había detrás. Algo generaba el más clásico de los filósofos entre sus contemporáneos y coetáneos más poderosos que decidieron eliminarlo.

Es una ironía que la justicia haya matado al hombre más justo de Atenas. Irónico resulta que haya sido en la democracia y con sus leyes. Y es que no son las abstracciones o los conceptos, sino las personas quienes encarnan –o no- las ideas. Sócrates es la viva representación de la sabiduría. Así lo confirmó el Oráculo de Delfos, aunque dicen que Sócrates decía: “yo sólo sé que no sé nada”.

Parece que no era guapo, mejor dicho, era feo. Caminaba entre plazas y mercados como alguien que no se da mucha importancia. Le encantaba conversar de todo y con todos. Quienes lo increpaban con sobrada seguridad en lo que afirmaban, terminaban desarmados de argumentos y acompañados de dudas. Ese era el gran talento que tenía nuestro filósofo, hacía que sus escuchas salieran con más preguntas que respuestas. La gente aprendía a cuestionarse con Sócrates. Otra ironía, no cobraba por sus lecciones, como sí lo hacían los sofistas que se jactaban de bellos y grandes oradores.

Alguna vez le preguntaron a Sócrates si recomendaba casarse y respondió: “Si te casas, te arrepentirás. Si no te casas, también te arrepentirás”. Søren Kierkegaard, 20 siglos después, diría que en este dicho está la esencia de la sabiduría de la vida.

En estos días se presenta en Madrid (en Matadero) la obra de teatro: Sócrates, juicio y muerte de un ciudadano. Cabe destacar la extraordinaria interpretación que hace Josep Maria Pou del filósofo ateniense. En esta recomendable puesta en escena, uno se siente transportado a aquellos tiempos en que, entre hombres libres y en plazas públicas, se debatía y discutía sobre la verdad de las cosas. Y uno vuelve a preguntarse cómo fue posible que en la cuna de la civilización se cometiera esta injusta condena de muerte.

A Sócrates le propusieron que aceptara callarse. Y no lo hizo. Pudo escapar e irse al exilio, como le sugerían. Y no aceptó. O vivía de acuerdo a lo que esa voz interna le decía o nada. El punto era la coherencia. Vivir y pensar de otra forma no valía la pena. Acusadores y jueces llevaron el partido a tiempos extras y, en el veredicto, el filósofo perdió. Y sin embargo ganó. Ganó que lo sigamos recordando por ser justo y sabio. Ganó que todos los filósofos posteriores lo tengan como referencia por su manera y contenido al dialogar. Irónico pensar que no escribió textos, quien lo hizo fue Platón, su discípulo.

Antes de morir tuvo una solicitud: “Si ven que mis hijos, cuando sean mayores, prefieren las riquezas antes que la virtud o si aparentan y se creen mucho cuando no son nada, atorméntelos como yo he atormentado a los atenienses”.

La Apología termina cuando Sócrates bebe la cicuta. Instantes previos a morir le recordó a un compañero que no se le olvidara pagar un gallo que debían a otro amigo. Luego se tapó el rostro, no sabemos si su último gesto fue de espanto o de confianza. Sí sabemos que en vida se preocupó y procuró evitar cometer el mal.

Es irónico que se haya acusado de ateo a quien estimuló ese gran regalo que nos han dado las Alturas y que es la inteligencia. Sócrates ayudó –y ayuda- a razonar de manera aguda para distinguir lo verdadero de lo falso. Pocos siglos después Jesús diría que la verdad nos hace libres (Juan 8, 32). Curiosas semejanzas entre Sócrates y Jesús: Ambos incomodaron por lo que decían y pensaban. Ambos eran coherentes en su manera de hablar y actuar. Ambos fueron calumniados y asesinados de manera injusta. Ambos no escribieron libros y, sin embargo, miles de libros hablan sobre ellos. Y aquí estamos, miles de años después, sorprendiéndonos por la novedad y vigencia de sus planteamientos. Sus palabras siguen cuestionando nuestras creencias: ¿podríamos refrendarlas con nuestra manera de vivir?