¿Más Gobierno, Menos Gobierno o Mejor Gobierno?

Ilustración: “Sombra de la Democracia” Jorge Alvaro González @jorgerejalon48

El sistema democrático e institucional en crisis.

Llevamos ya unos años asistiendo a una disminución progresiva de la confianza en los políticos y en los partidos en todo el mundo occidental. Solo entre 2009-14 se desarrollaron movimientos de protesta significativos en más de 90 países, es decir, en el 56,4% de todos los países (Economist Intelligence Unit, 2015). Lo que parece ser decisivo y común en todas estas protestas es la erosión de la confianza en los gobiernos, la desaprobación de la política y la ideología y un rechazo consciente a las instituciones y al liderazgo actual.

En nuestro contexto cercano, basta con ver el gran número de visualizaciones de documentales conspiranoicos, abrir la prensa o encender la radio para concluir que la desconfianza actual es una crisis de legitimidad en toda regla. En mayo de 2013, en plena crisis, más del 91% de los españoles, no confiaban en el gobierno (euro barómetro).

Desde los complejos años de la transición española, nuestra sociedad ha experimentado un increíble progreso social y económico, mejorando nuestros niveles de vida, nuestros derechos sociales y reduciendo la brecha con nuestros socios europeos. Pero la crisis económica llegó con extrema virulencia golpeando a la sociedad, gobiernos e instituciones. Esto provocó recortes en todos los servicios públicos, lo que aumentó la presión social sobre todas las administraciones para hacer más con menos. Desafortunadamente, nuestra maquinaria burocrática no funciona bien bajo enormes restricciones presupuestarias y recortes. Gran parte de las instituciones se diseñaron para soportar golpes bruscos y ahora, seguramente, son demasiado resistentes a los cambios necesarios. Nuestra burocracia, al igual que muchas otras, es muy reacia al cambio, al pensamiento innovador y creativo.

Además, según los partidos tradicionales han ido convergiendo hacia el centro abanderando políticas similares, los partidos populistas de izquierda y derecha se han vuelto más atractivos al diferenciarse de forma extrema de los consensos políticos. Esto ha fomentado la polarización de las emociones políticas entre los ciudadanos y la volatilidad en nuestro sistema democrático, que unos defienden y otros quieren “dinamitar”.

Nos adentramos ahora en épocas donde, seguramente, los progresos sociales y económicos serán mas difícilmente perceptibles por nuestra sociedad en un mundo cada día más global y un continente cada día más envejecido. Esto, probablemente, supondrá una mayor demanda a nuestro sistema democrático e institucional que alimentará la crisis actual.

¿Qué hacer? Mejor Gobierno

No hay una única causa, ni soluciones únicas. Pero en esta ocasión me centraré en nuestra administración pública.

Según el profesor Robert Behn, durante el siglo XX el paradigma de la administración pública evolucionó en respuesta a la corrupción y el amiguismo que prevalecía en algunos gobiernos occidentales. Los gobiernos desarrollaron un proceso normativo muy rígido centrado más en prevenir la apropiación indebida de fondos públicos, que en promocionar la innovación y la eficiencia de nuestras administraciones.

Basándose en el marco de la “no corrupción”, no siempre exitoso, la responsabilidad gubernamental se ha centrado principalmente en la imparcialidad y el cumplimiento de la normativa. El sistema se diseñó para proporcionar servicios basados en procesos, no en resultados e impactos sostenibles de redistribución y equidad social.

Ante este esquema de administración pública, las discusiones se han centrado más en la recaudación de impuestos y en el gasto de estos por parte de las administraciones. Pero la crisis económica y la desconfianza hacia los gobiernos han vuelto más exigentes a los ciudadanos de los países occidentales que ya no creen obtener suficiente valor por sus impuestos. Esto ha provocado que en bastantes países empecemos a encontrar datos sobre el gasto público, en algunos sobre los resultados de estos, pero en casi ninguno sobre la eficacia de las políticas públicas.

Las respuestas ideológicas son, por un lado, más gobierno, y por el otro, menos. Pero algunos comienzan a abogar ahora por mejor gobierno. Esta reivindicación se ha extendido a través de los países, desde los EE.UU. a Nueva Zelanda, de Corea a Brasil, donde la palabra reforma es el nuevo paradigma para responder a la crisis económica y política. Entre las diversas y distintas reformas, podemos encontrar algunas características comunes: alianzas público privadas, gestión privada de servicios públicos, gobierno participativo, gobierno flexible y gobierno desregulado.

Esta crisis institucional y democrática, como todas las crisis, son momentos de oportunidad y necesidad para innovar, desde la experimentación y las evidencias, con el objetivo reconstruir los lazos de confianza entre los ciudadanos y el sistema político. Reformar, recortar, aumentar no son sinónimos. Innovar requiere cambiar nuestra forma de “hacer” para mejorar los resultados esperados. Resumiendo, según el profesor Stephen Goldsmith:

  • Nuestra burocracia ya no puede resolver problemas sociales complejos con soluciones verticales basadas en procesos, aunque se intenten mejorar las actividades de esta.
  • La Administración Pública debe transformarse para pasar de proveedora de servicios a generadora de valor público.
  • Por último, será difícil obtener los resultados que los contribuyentes merecemos y los ciudadanos requerimos hasta que no mejoremos la administración de nuestro gobierno que ya no puede hacerlo todo y cada día depende más de terceros.

Ante esta crisis, que seguro no desaparecerá pronto, ¿qué respuesta queremos? ¿Queremos tener más gobierno, menos gobierno o mejor gobierno?

 

Ilustración: “Sombra de la Democracia” Jorge Alvaro González @jorgerejalon48

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