“Si usted me pide un consejo para los españoles, dialoguen. Si hay problemas, dialoguen primero”, dijo el Papa Francisco a El País. La sociedad española necesita profundizar en el diálogo. ¿Por dónde comenzar? El Arte tiende puentes donde las palabras están quemadas y la Iglesia ayudaría mucho reemprendiendo su labor en ese ámbito cultural. ¡Más arte por Dios! Necesitamos lo que Julián Carrón llama “la belleza desarmada”.

Tarde para la ira

En estos casi 10 años de crisis sin duda hemos aprendido cómo expresar actitudes públicas de indignación, crítica, exigencia, suspicacia o escepticismo. Pero, sinceramente, ¿hemos aprendido a dialogar? Cuando una comunidad tiene problemas, debe reforzar sus competencias de diálogo, cooperación y deliberación pública. La ira y la desconfianza son reacciones punitivas para depurar responsabilidades.

Pero de la crisis sólo saldremos si además mejoramos cualitativamente lo que el Papa Francisco llama la cultura del encuentro. Sin embargo, España tiene un importante déficit de cultura del diálogo. Nos cuesta deliberar juntos buscando el bien mayor en lo público. Ya es tarde para la ira, ahora urge la creatividad.

Una interioridad cultural herida

Esa carencia en el diálogo se deja sentir también en las interioridades más hondas de la cultura, aquellas propias del espíritu, la sensibilidad o las experiencias vitales de nuestra sociedad. La interioridad de nuestras instituciones y la interioridad de nuestro país han acabado dañados tras los años de sobreexplotación, mercantilización, corrupción y posterior gran crisis del 2008.

No sólo las ideas y valores se han visto muy perjudicados sino la forma de sentir que tenemos en los distintos ámbitos de nuestra sociedad. Ciertamente ha habido hechos positivos que han generado consenso y consuelo: la solidaridad ante las pobrezas y desahucios, la movilización ciudadana, la nueva recreación de la política o el redescubrimiento de valores. Pero en general echamos de menos espacios públicos y procesos de diálogo. Así nos lo aconseja el papa: “Dialoguen primero”.

Una Iglesia que necesita reencontrar

De esa carencia de diálogo no escapa la Iglesia en España. Se ha acentuado durante años el énfasis en las diferencias y oposiciones de la Iglesia con quienes disentían de los pareceres oficiales, quienes no practicaban, se sentían alejados, no eran creyentes o iban demasiado por libre. Las barreras al diálogo interior de la Iglesia han multiplicado la división que buena parte del país ha sentido con la Iglesia católica.

En cambio, pastores como Cardenal Carlos Osoro, vicepresidente de la Conferencia Episcopal Española, han puesto en el centro de su mensaje pastoral  la llamada a la cultura del encuentro y lo que Benedicto XVI llamó “el diálogo de vida corazón a corazón”.

En estos tiempos de desorientación, ira y desamparo, quizás la Iglesia necesita ejercer como nunca antes un papel maternal, sentarnos a la fraternidad. La Iglesia puede ayudar muy positivamente a recrear el diálogo e inspirar a todos los mejores valores que necesitamos con urgencia.

La Iglesia debe reencontrarse y ser camino de encuentros. Configurarse como el mismo camino de Santiago -el Camino de los Encuentros- y dar lugar a que podamos peregrinar y acompañarnos desde las distintas motivaciones, historias y modos de vivir un mismo camino.

El diálogo espiritual público

¿Cómo regeneramos, recreamos, cambiamos y hacemos crecer la interioridad cultural de nuestra sociedad? El lugar más profundo donde resuena esta pregunta es en la espiritualidad que vivimos en nuestra sociedad. Hay un diálogo espiritual que no podemos abandonar. Necesitamos reencontrarnos y comunicarnos en la espiritualidad del espacio público.

Esa espiritualidad sucede en el corazón de los dramas, de las vidas heridas, de los dones que tenemos, de los significados mudos, del itinerario de cada persona, de los iconos que compartimos, de las personas sin hogar o del patrimonio cultural que debemos cuidar.

El diálogo se cultiva desde distintas fuentes. Encontrarnos espiritualmente significa relacionarnos desde los interrogantes, bendiciones y experiencias fundamentales. Pero, ¿cómo hacerlo cuando las palabras están quemadas y los puentes rotos? El Arte puede cumplir una misión crucial.

¡Más arte x Dios!

Desde la contribución histórica de la generación de Arquitectos del Concilio –entre los cuales la principal figura probablemente es Fisac-, el ámbito  artístico en los últimos años ha vivido un tiempo de sequía. Salvo excepciones, el espíritu de Pablo VI que avivó las relaciones con los artistas, no ha tenido continuación. Las Edades del Hombre, el legado de Gaudí o intervenciones como la de Barceló en la catedral de Mallorca han sido fieles a esa misión en el interior de la cultura.

Pero cuando uno ve el panorama artístico, musical, arquitectónico de la Iglesia en España, hay un vacío. Y sin embargo es fundamental pues es un espacio crucial para la recreación espiritual de nuestra sociedad.

El arte ha sufrido presiones intensas en las últimas décadas. Por un lado, ha vivido fuertes procesos de mercantilización. Por otro lado, se ha sentido que en ocasiones se ha querido usar el arte doctrinariamente y no dejar que el arte hable por sí mismo.  Necesitamos recuperar la pastoral del arte de Pablo VI.

Configurada como camino de los encuentros, la Iglesia se aviva cuando se relaciona con los artistas compartiendo espacios de diálogo y creatividad, generando oportunidades de creación, celebrando la libertad, aprendiendo de sus visiones y nuevos lenguajes, cuidando con respeto los comunes.

No se trata de que la Iglesia contrate artistas sino que hay que repensar el modo de esa relación. Se necesitarían grupos de artistas que vuelvan a encontrarse en espacios de espiritualidad y establezcan con la Iglesia una comunicación de doble dirección.

Esa renovación cultural y artística entre Iglesia y comunidad artística ya se da en distintos países, ¿por qué no en España? Hay que repensar la misión cultural: no sólo desde la tarea de conservación del patrimonio sino de una honda renovación de los modos e iniciativas de creación artística. En este país hay un enorme talento creativo, ¿dejamos que fluya?

La profundidad de la espiritualidad de la Iglesia se percibe en la calidad de la belleza que acoge. Cuando no hay buen arte, es signo de superficialidad. Los excesos doctrinalistas, moralistas o corporativistas que denuncia el papa Francisco, hacen huir el arte y no aprecian la belleza por sí misma. La Belleza habla del Espíritu por sus propios medios, no siendo una mera ilustradora. La estética es el ámbito del sentir y necesitamos esa dimensión de la Belleza. Quizás es el lugar más importante desde el que reconstruir la capacidad para dialogar.