Más allá de Cataluña

La proximidad de las elecciones catalanas pone fecha al reto lanzado desde las instituciones políticas de Cataluña. Ciertamente lo que más preocupa son las consecuencias políticas y económicas no ya sólo de una hipotética independencia sino de la posible legitimación de las fuerzas que defienden el independentismo a través de los resultados electorales. Sin embargo, lo que está en juego va mucho más allá del ámbito político y económico y de la propia Cataluña.

El intento de separación de territorios que forman parte de los Estados-nación que configuraron la Europa moderna, finalmente unidos en una estructura supranacional como es la Unión Europea, afecta al conjunto de Europa. Además de los casos de Escocia en Gran Bretaña y de Cataluña en España, hay otros muchos conflictos y fuerzas disgregadoras en esos y en otros países. La mejor forma de resolver esos conflictos nacionales no es sino avanzar en la unión política de Europa, afrontando los problemas de emigración fronterizos y de relación con Rusia y el área euroasiática, Ucrania y Turquía incluidas.

Desde el punto de vista económico la hipotética independencia presupone un replanteamiento del modelo fiscal y de financiación no sólo de España sino del conjunto de la Unión Europea. Ciertamente existen fuertes contradicciones e incongruencias. En lo que se supone que es un modelo de solidaridad interterritorial y descentralización político-administrativa se mantienen privilegios (caso, por ejemplo, del País Vasco y Navarra), así como un reparto de competencias mal definido que implica numerosas disfunciones. Es necesario reformular el sentido y alcance de la progresividad impositiva y de la distribución de lo recaudado. Igualmente, hay que reconsiderar si las competencias asignadas a cada nivel son las más adecuadas y cómo ajustar mejor ingresos y gastos. Todo ello requiere que se haga de forma más transparente y teniendo como horizonte el avance hacia un modelo fiscal europeo.

En cualquier caso, el principal reto no está sólo en el plano político y económico sino en el de la cultura y la sociedad civil. La convivencia se apoya más aún que en las formas de subsistencia y en las normas que se establecen desde los mercados y los Estados, en valores compartidos. Estos son los que permiten a las sociedades permanecer abiertas y en comunicación con los que son diferentes (“otros”). Cuando del intercambio de experiencias y formas de vida distintas se produce un enriquecimiento personal mutuo es cuando se asegura la convivencia. Yo recuerdo la sensación de gozo que tenía cuando de pequeño iba desde Madrid a otras regiones españolas, y más tarde a otros países, y sentía que algo diferente se apoderaba de algún modo de mi y se producía una sintonía y una especie de complicidad con gentes y costumbres muy distintas de las mías.

Cataluña tiene una sociedad civil que ha tendido a debilitarse pero que creo sigue siendo más dinámica que en otros muchos lugares de España. Muchos de los que viven en Cataluña tienen esa vaga sensación, que en algunos parece adoptar un complejo de superioridad, pero en la mayoría se plasma en un legítimo orgullo por un patrimonio común que quieren compartir y que se conozca por los demás. Es llamativo y desolador que incluso en tiempos dictatoriales y de prohibición del uso de las lenguas autóctonas se publicasen en España ediciones bilingües de poesía catalana y gallega, y en menor medida vasca, y que fuese usual, aunque estuviese restringido a ciertos ámbitos sociales, la presencia de cantantes y artistas de distintas regiones. Tanto el sonado concierto de Raimon en Madrid (“Al vent”), como los repetidos recitales de Lluis Llach, María del Mar Bonet y muchos otros, eran verdaderos acontecimientos que despertaban la conciencia y el sentimiento solidario de los asistentes, se celebrasen en Madrid, en Cataluña o en cualquier otro rincón de España. Buena parte de ello ha ido desapareciendo cuando parecería que debía haberse intensificado.

La indudable y fundamental mejora del nivel de vida y de las libertades políticas y sociales en España que trajo consigo la recuperación democrática, reforzada posteriormente por la integración en las instituciones europeas, no ha tenido su correlato en el ámbito de la sociedad civil y la cultura. El economicismo propiciador de un egoísmo individualista y la politización del conjunto de la vida social, amparados en unos medios de comunicación tutelados por los poderes económicos y políticos, ha llevado a un repliegue sobre nosotros mismos que se manifiesta en todos los terrenos y nos ha empobrecido como personas y como sociedades. La “longa noite de pedra” (Larga noche de piedra) de Emilio Ferreiro (edición bilingüe de El Bardo, Barcelona, 1972) parece prolongarse en vez de ver brotar la luz que nace de los versos de Salvador Espriú: “Diversos són els homes i diverses les parles, i han convigut molt noms a un sol amor”  (“Diversos son los hombres y diversas las hablas, y hay muchos nombres para un solo amor”, edición bilingüe de Cuadernos para el Diálogo, Madrid, 1968).

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