Mary y David, compañeros de estudios

Mary y David  son compañeros en la Facultad. Mary es una buena estudiante. En la mayoría de las materias obtiene notables, junto a algunos sobresalientes y aprobados. Le gusta lo que estudia. Es servicial y disfruta de sus amistades. Colabora en las tareas que considera importantes y se compromete en ellas. No descuida tampoco ayudar en las faenas familiares. Sobre todo trata de animar a su hermano mayor, al que ve más triste que de costumbre, aunque ni él mismo sabe bien el motivo. Ha empezado a salir con un chico y se siente feliz, a pesar de que aún tiene muchas dudas de hasta dónde llegará esa relación.

David es muy brillante. Tiene matrícula de honor en casi todas las asignaturas. Alguna vez saca un sobresaliente. Parece conseguir todo sin gran esfuerzo. Se le ve sonriente e indolente, como distraído. Va alcanzando fácilmente sus metas. Su ambición va cada vez más lejos.  Se siente respaldado por su familia. Disfruta mucho con su hermana, algo menor que él. Los compañeros le respetan porque es listo y simpático, pero le sienten distante.

Viñeta De El Roto del 7 de febrero de 2015, diario El País

La madre de Mary me contaba la pasada semana que su hija estaba angustiada. Sentía que no iba a poder conseguir dedicarse a lo que le gusta porque nunca iba a lograr sacar tan buenas notas como David.  Afortunadamente, su madre en vez de alentar que trate de de ser como David, le dice que siga esforzándose y dé de sí todo lo que pueda, pero que si lo hace se sienta tranquila y segura. Le anima a que siga cultivando valores que probablemente David no tiene y que incluso en el plano laboral le serán muy útiles.

Vivimos en una cultura que ensalza la competencia. No hay duda que ser competente es algo deseable. Sin embargo, somos esclavos de una concepción errónea de la competencia. El concepto dominante identifica la competencia con la posibilidad de que haya ajuste de precios a corto plazo. Sólo los que adoptan el mejor sistema de producción pueden obtener costes más reducidos. Eso les permite llegar al precio de mercado, que es el menor posible. Ese precio es, por tanto, el que asegura poder permanecer en el mercado y que la demanda sea satisfecha en la mayor cantidad y calidad posible.

Viñeta de El Roto del 8 de abril de 2014, diario El País

Desde esa perspectiva, la competencia es una rivalidad sin límites. Sólo los que alcanzan el nivel definido teóricamente como óptimo pueden sobrevivir en el mercado. En realidad ese nivel óptimo no existe. No hay un nivel único ni deja de haber un cambio continuo que modifica las escalas. Por eso se vive en una permanente angustia por alcanzar una meta que no se sabe muy bien cuál es y que siempre se mueve un poco más lejos cuando se puede tener la impresión de estar llegando a ella. Esto se interpreta con frecuencia como un ejemplo deseable de constante superación. Sin embargo,  en vez de una superación personal supone una incesante y agotadora carrera por emular un patrón ideal que no existe como tal.  Tal ideal es en realidad algo definido por los que con su poder imponen una determinada imagen social.

Esa idea de competencia equivale a suponer que todos los alumnos pueden alcanzar la nota máxima, siempre que el profesor o un grupo de alumnos no se ponga de acuerdo para dificultarlo y establecer así una discriminación injustificada. Estamos teóricamente ante una situación inmejorable. Todos alcanzan la excelencia (un 10 suponiendo la escala decimal tradicional) y hay igualdad absoluta. La nota inferior al diez, los notables y aprobados, son signo de que no hay competencia y en consecuencia se ha impedido que alcancen el diez.

El diez representa, por tanto, la nota máxima pero también la mínima, del mismo modo que en un mercado competitivo existe un precio único. En la práctica esa teórica situación ideal conduce a no aprovechar al máximo todas las capacidades disponibles. Se excluye o minusvalora a los alumnos que pueden alcanzar un aprobado o notable. En nombre de la excelencia, en vez de elevar los conocimientos de todos y derivadamente el umbral del aprobado, el sobresaliente se convierte en la nota de los privilegiados que limitan la competencia. Eso acaba por rebajar el nivel global tendiendo a que el sobresaliente se degrade y se aproxime al aprobado, en vez del aprobado al sobresaliente.

En los mercados las empresas que no alcanzan un mínimo salen de los mismos. Eso equivale al suspenso. No obstante, incluso en ese caso, no quiere decir que en el futuro no se pueda aprobar. Se aprende, a veces más que con el éxito, con el fracaso. Además, si los mercados, y en su caso el sistema educativo, van mejorando e introduciendo más competencia, es posible que lo que en un momento dado parecía no tener valor se valore y aproveche. Competir no es eliminar al rival, es buscar juntos (cooperar) para lograr ser más competentes. La verdadera competencia no hace a todos iguales y perfectos, sino que ayuda a aprovechar mejor todos los recursos. Por eso no está reñida con la regulación ni con la ética y los valores que cada sociedad comparta.

La competencia implica innovación. Más que empeñarse en llegar a una pretendida meta ideal es nacer de nuevo. Feliz Navidad (nacimiento).

 

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