María de Nazaret, madre y mujer. Una visión personal

Peña de Francia (Salamanca, España). Sobre ella se encuentra el santuario mariano a mayor altitud del mundo, a 1727 metros. Foto de Pablo Manzano Serrano.

De nuevo coincide la fecha señalada para mi post con una celebración familiar: el santo de mi madrina María, mujer fuerte y amorosa donde las haya, guía y argamasa fundamental de mi familia, llena de energía y determinación a sus 82 primaveras. Una de sus hijas y mi propia hija también llevan su nombre, pero ella es la que convoca y nos reúne todos los años para seguir celebrando la vida, también con todos los que se fueron.

Hoy, además, es día festivo en toda España, por Santa María de Agosto, la Asunción de la Virgen y muchas otras advocaciones. Así que el tema del artículo se ha impuesto solo, abriéndose paso entre otras ideas que me traía la agitada actualidad de este agosto.

Tengo que reconocer que María de Nazaret me parece un tema apasionante, por ella misma y también por la forma que tenemos de celebrarla. Esto último porque intuyo que en el imaginario popular y personal, proyectamos en María y en todas y cada una de sus advocaciones nuestros propios anhelos y fantasías, nuestras propias ideas preconcebidas e incluso nuestros objetivos inmediatos o estratégicos. También intuyo que en esta proyección dejamos fuera a la propia María y obedecemos a una necesidad antropológica de proyectar deseos y experiencias en alguien o algo mágico y/o trascendente. Me explicaré un poco más.

Admito desde ya, que todo esto que expongo no está basado en investigación científica alguna, solo en mis observaciones, algunas lecturas, conferencias, bastantes conversaciones y mi propia reflexión. Aunque sí es cierto que llevo largo tiempo reflexionando …

Ya de niña me preguntaba, con esta mente inquieta que Dios me ha dado para torturar a los míos y a mí misma (léase en tono de humor #dichoseadepaso), cosas como por qué los equipos de fútbol iban a ofrecer a la Virgen tal o cual, la copa de esto o de lo otro (en mi casa somos de seguir mucho las competiciones deportivas). Para mí era un misterio el interés que podía tener María en un trofeo futbolístico, o por qué, dependiendo de la advocación empleada prefería a los de un equipo u otro. Tampoco entendía lo de poner velas, para que un mocito que te gustaba fuera tu novio (esto me lo contaba mi abuela, que las generaciones posteriores creo que no lo practican), para aprobar un examen (esto si lo he visto en mis contemporáneos), o para cualquier otra cosa. A mis ojos infantiles, la razón por la que María te premiaba por encender velas era una incógnita total … O esos ropajes aparatosos de las procesiones. Al verlas en Semana Santa, me preguntaba yo, primero por qué las niñas no podíamos vestirnos de nazarenos, ni siquiera yo que había nacido en viernes santo (esto ha cambiado ya, aunque no sé si en todas partes), y segundo, qué diría María al verse representada con ese estilismo recargado e incómodo. No tenía yo muy claro que fuera de su agrado.

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Todas estas circunstancias y muchas otras me hacían pensar que la María real estaba oculta a nuestros ojos por capas y capas y capas de una cultura popular que nos robaba un poco a la de verdad, la que vivió en Nazaret, de la que es cierto que no tenemos muchos datos.

Otra cuestión paralela era la imagen de María que nos transmitían en mi colegio de las Madres Escolapias, en las que los curas párrocos nos daban clase de religión, cada uno con su estilo peculiar. Recuerdo que D. Antonio nos preguntaba de memoria los misterios y las letanías del rosario, un práctico ejercicio de memoria. Luego la cosa se animó con las canciones de misa heavy metal de D. Manuel (en la actualidad misionero en Perú). Pero todos nos transmitían una imagen de María de madre amantísima y perfecta, siempre esperando, confiando, perdonando, siempre bondadosa, solícita y, siento decirlo, un poco ñoña (no perder de vista que hablo de la imagen transmitida y asimilada). Para aquellas jóvenes curiosas, aventureras, deportistas, deseosas de descubrir el mundo y encontrar su camino, las virtudes referidas no llegaban a conformar una referencia sólida y perdurable.

Todo esto, unido a la confusión que me causaba la cultura popular, me hizo olvidar y prescindir de María hasta mucho tiempo después, cuando me encargaron un pregón para el colegio de mi padre. De aquello hace ahora veinte años.

Mi padre era el pregonero elegido, por alumno fundador y por su implicación constante en todo lo relacionado con su querido colegio. Pero él, hombre fundamentalmente de acción y con espectaculares dotes organizativas y de mando, delegó en mí (digámoslo así). De esta forma, y no por méritos propios, me convertí en la primera mujer pregonera de María Auxiliadora en la Mérida de España (otro pequeño hito), y me vi obligada a estudiar y reflexionar sobre la figura de María. Lo que descubrí, me resultó bastante sorprendente.

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Descubrí una mujer valiente y decidida, que en la Anunciación se embarcó en una misión que ponía en riesgo su vida. Una joven alegre que en el Magníficat demostró su compromiso con la justicia social y cantó a un Dios con preferencia clara por los pobres: “Él hace proezas con su brazo: dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos”.

Una mujer fuerte y resiliente, que dio a luz en una cueva y, pocos días después, huyó a otro país para que no mataran a su hijo. Como tantas madres que hoy huyen con sus hijos de conflictos armados, de realidades dominadas por la violencia y la falta de derechos. No olvidemos que María fue una de ellas.

Una mujer influyente y con determinación, que hizo que Jesús adelantara el inicio de su ministerio público, y que cuando nos habló, no dudó en usar el imperativo: “Haced lo que Él os diga” (aunque al principio no entendáis nada, aunque os dé agua y queráis vino).

Ella cumplió su misión hasta el final, acompañando a su hijo mientras lo sentenciaban, lo torturaban y lo crucificaban, apoyada en otras mujeres y en el joven Juan. Todos los hombres habían huido. Me gusta imaginar que fue ella la que los mantuvo unidos después, cuando se escondían atemorizados y confundidos, la que les inspiró fortaleza y confianza en los primeros momentos. Sin duda, tuvo que reconfortarles la presencia y el ejemplo de María, una mujer fuerte, valiente, decidida, resiliente y determinada, además de una madre amante, cariñosa, paciente, acogedora …

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Porque eso fue en definitiva lo que descubrí: María es madre, pero no solo, también es mujer, con identidad propia, con su propio carácter, con sus circunstancias particulares. Y para mí esa es la referencia, la de una mujer real, concreta, que descubrió su misión y se dedicó a ella todos los días de su vida, afrontando el dolor y el miedo, con amor infinito, con confianza absoluta, con la mejor compañía para el camino.

Por eso mi peque lleva su nombre, para que nunca se rinda y sepa mantener la alegría, la bondad y la esperanza … y lo va consiguiendo. No podemos estar más orgullosos de sus 18 añazos. ¡¡Muchas felicidades Mery!!. Para ti y para todas las Marías del planeta.

 

 

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