El mar, la muerte y el realismo

Paseo por la orilla de la playa. El sonido del mar llena el ambiente, aunque las olas no sean formidables. Los rumores humanos se acallan o, al menos, se mitigan. Todos los que me rodean están desbordados por la impresión majestuosa del mar y su fragor, aunque no lo sepan o no lo crean. Es una lección poderosa de realismo y de transcendencia, imposible de desoír, inolvidable -en el fondo del alma-. El idealismo, el solipsismo, el escepticismo se pierden aun sin querer en la cercanía del mar, y si esta es constante, entonces el régimen de la vida humana se atempera a otro ritmo que en el campo o en la ciudad, y las relaciones entre unos y otros están dominadas por lo grandioso de una naturaleza inabarcable, insondable e infinita -como decían Homero y Anaximandro-.

Nada más moderado que el mar. Esta cantidad inmensa de agua jamás se sale de su frontera, como no sea en el suave movimiento de la marea o en el breve arrebato de una tormenta. Parece que la Tierra podría cabecear un poco, desnivelarse, y que el mar se abalanzaría sobre el pueblo y sobre los bancales y subiría en un momento hasta la cima del monte; pero jamás ocurrió. Y eso que la tierra es mucho más insegura que las aguas: se derrumba, tiembla, lanza sus avenidas de aguas torrenciales. Elie Wiesel recogió por ello -él, que lo había visto todo en este mundo- el versículo maravilloso de la Escritura para título del relato de su vida: Todos los ríos van a dar en el mar, pero el mar no se llena.

Los pueblos indoeuropeos eran más sensibles a la teofanía celeste que a la marina. Se sentían asustados y empequeñecidos -en su soberbia de vencedores y nobles- por el misterio del agua que creían, en su terror, infecunda. Cosa análoga sucedía en las grandes culturas del Mediterráneo oriental: nada más horrendamente sin forma que las aguas, que en principio podían ser imaginadas como espantosa mezcla de agua salada y agua dulce; no hay dioses ni hombres más que si el agua se seca y deja un promontorio habitable para que Ptah baje, se pose y piense las palabras que diseñan toda vida. Es muy interesante que más bien haya sido la filosofía la primera que bendijo las aguas marinas suponiendo que solo de ellas, de sus barros calientes, podía haber nacido una criatura como el ser humano. Todo alimento tiene algo de húmedo; toda simiente es húmeda de alguna manera; todo calor se engendra de lo húmedo -hasta el Sol vive de las emanaciones que absorbe del mar-. Así justificaba Aristóteles las oscuras noticias sobre el sabio Tales. El agua como símbolo fundamental de la naturaleza; y como ella no lo es Todo, deja aún lugar para un Divino Principio, todavía más insondable, coincidentia oppositorum.

Me atrae cada vez más la experiencia metafísica del mar en este mismo sentido. Cuando nado, me lamento de que todos queden en las arenas de la playa al sol o en lo más somero de las aguas, donde no se hace esa experiencia.

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Yo tenía un amigo de cerca de cien años, que fue labrador en el campo de mi pueblo y luego salinero en las costas de Almería y Murcia, y finalmente jardinero entendido en jazmines, palmeras, higueras, olivos, acacias de mar, baladres y geranios. Se sentaba cada tarde en este mismo banco de piedra, ante la playa casi vacía, a mirar siempre el mar -mientras hablaba con algún amigo y jugaba con una perrica, fea como un dolor-. Tenía bisnietos y una historia que dominaba ya como con ojo de águila. No había sido pescador, pero creo que ese mar de cada tarde le moldeó el alma. No reconocía tener mayores esperanzas, pero era porque estaba en paz con las vueltas de la pequeña vida humana. Era feliz sin notarlo y sin expresarlo.

Siempre me ha horrorizado cómo mueren los seres humanos y, mientras que el tiempo de su vida desaparece en el misterio, el espacio –este otro misterio– queda igual, perfectamente indiferente. No hay profundidad auténtica en este espacio que no reacciona, mientras que el tiempo es todo él memoria y hondura. Pero a medida que la espiritualidad del mar gana en alguien terreno, la conformidad con las cosas, incluso con la muerte, parece más sencilla -ya hecha, ya dada, en el desbordamiento de realidad de la naturaleza insondable, que combina el tiempo con el espacio, el espíritu con la finitud-.

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