Manuela y la Paloma

La alcaldesa de Madrid, Manuela Carmena, no estará mañana en las celebraciones de la Virgen de la Paloma, la patrona popular de la ciudad, de sus gentes. La decisión ha generado cierta polémica en las últimas semanas, con opiniones en un sentido u otro. Como no es el único caso, sino que situaciones semejantes se han vivido, por ejemplo, en Oviedo o en Barcelona, conviene detenerse a reflexionar un poco, como ya han hecho otros. De entrada, quiero decir que la ausencia de Manuela Carmena no me parece ni mal, ni bien, sino todo lo contrario. Y a continuación explico por qué.

En primer lugar, digo que no me parece mal. Se trata de la celebración de la Asunción de Nuestra Señora la Virgen María, una festividad católica. Como cristiano, me parece muy bien esta fiesta; pero la presencia de las autoridades políticas no suma nada a la misma, como tampoco su ausencia resta nada. Las celebraciones católicas son, eso, católicas, abiertas; si alguien quiere venir, asistir y participar, será bienvenido; y si es la alcaldesa, bienvenida. Pero lo razonable es que sean las personas creyentes quienes participen en las celebraciones religiosas. Como ciudadano, creo en la libertad de conciencia y en el derecho constitucional de no tener que declarar sobre las propias creencias. Así que, si la alcaldesa decide no acudir a una celebración religiosa, pues no me parece mal. Nadie le tiene que preguntar por sus creencias personales, ni forzarle a participar en el culto de una confesión particular.

Ahora bien, dicho esto quiero añadir que no me parece bien. Porque estamos hablando de una fiesta municipal, civilmente reconocida. Y si es una fiesta tan significada en Madrid, hasta el punto de casi ser confundida con la patrona, lo razonable es que sea la alcaldesa quien acuda, como máxima representante de la ciudad. Que esté de vacaciones suena a excusa: podría haberse ido el día 16 o haber regresado el día 14. No se trata la fiesta de los bomberos, a la que acude el concejal de Salud, Seguridad y Emergencias. ¿O es que acaso acude el concejal Javier Barbero porque es católico? ¿Es representación institucional o presencia según creencias particulares? Claro, alguien podrá decir que se trata de una fiesta religiosa y que no hay que mezclar religión y política; pero de hecho está en el calendario civil, lo cual no puede extrañar a ningún laicista que conozca algo de nuestra historia y cultura. ¿O es que vamos a suprimir la Navidad o la Semana Santa? ¿O quizá alguien propone fiestas “de primera” (las civiles, como la Constitución o el 2 de mayo) y fiestas “de segunda” categoría, que serían las de matriz religiosa? La experiencia más conocida para imponer un calendario festivo totalmente aséptico y racionalista, sin presencia de la huella religiosa (en los tiempos de la revolución francesa) fue un rotundo fracaso.

Como digo, la decisión no me parece ni bien, ni mal, sino todo lo contrario. Porque, en el fondo, estamos hablando de cómo entendemos y gestionamos la pluralidad en nuestra compleja sociedad. Ya sé que hay diversas confesiones religiosas y no pretendo que lo católico monopolice la realidad. Los laicistas piensan que es mejor crear un espacio público aséptico y despojado de toda referencia religiosa, porque dicen que así se garantiza el respeto y se posibilita la tolerancia. Pero eso es un error que empobrece la convivencia, difumina las diferencias, recorta los derechos y refuerza el pensamiento único. Yo pensaba que una candidatura plural de confluencia como Ahora Madrid era sensible a la diversidad de nuestra ciudad y buscaría modos de reforzarla. Es bueno que el ayuntamiento apoye el desfile del Orgullo Gay, la fiesta de la comunidad boliviana, el movimiento a favor de la bicicleta y las festividades católicas… aunque no todos los madrileños seamos homosexuales, de origen boliviano, montemos en bici o practiquemos la religión católica. Nuestra convivencia será más rica si todas esas expresiones encuentran cauce en el espacio público y el apoyo institucional conveniente. Y, la verdad, creo que una fuerza política como la que está en el actual gobierno municipal tiene capacidad para entender esto sobradamente.

Para terminar, conviene recordar que estamos hablando de un derecho fundamental, la libertad de conciencia y libertad religiosa. Es algo más básico y serio que respetar que a alguien le guste coleccionar sellos o practicar patinaje. Y no sirve decir que es un asunto privado (eso es lo que decía el dictador Franco, que los no católicos podían practicar su religión… pero en privado). A este respecto, la Constitución española afirma cuatro principios básicos, en su artículo 16.3: los dos primeros, no confesionalidad del Estado y libertad religiosa, me hacen ver que no me parece mal que la alcaldesa no acuda; el principio de cooperación entre el Estado y las confesiones religiosas me lleva a pensar que la alcaldesa hace mal en no acudir mañana a la fiesta de la Paloma; finamente, el principio de igualdad religiosa ante la ley introduce lo complejo de una sociedad cada vez más plural, pero esto no tiene porqué llevar a una reducción minimalista de “todos a la baja”; estoy convencido de que es posible y fecunda una gestión compleja de una realidad compleja. Porque esto nos fortalece como sociedad. Así que no me parece ni bien ni mal, sino todo lo contrario. ¿Seremos capaces de convivir juntos valorando las diferencias y potenciándolas sin que nos separen? ¿Tendremos un gobierno municipal a la altura de las circunstancias? ¿Y una ciudadanía lo suficientemente madura para ello? Ojalá. Yo, por mi parte, le pediré a la Virgen de la Paloma que interceda ante el Señor Jesús para que nos ayude y nos lo conceda.

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