Maneras de viajar

La primera vez que estuve en Estados Unidos –yo era un adolescente y estoy hablando aún de finales del siglo XX– me llamaron mucho la atención las estaciones de autobuses Greyhound. Casi se puede decir, sin exagerar, que los únicos viajeros éramos inmigrantes, latinos, afroamericanos y algunos estudiantes. Además, las estaciones estaban habitadas por un buen número de personas sin hogar, homeless. En un país tan diseñado para el automóvil privado y los aviones, aquello fue mi primera experiencia consciente de la estratificación social en el espacio urbano. Todavía no había leído a Pierre Bordieu en La distinción, con su análisis de clase social en la vida cotidiana. Luego lo entendí.

Tren 'Jacobite' en Escocia: http://guerreropost.com/jacobite-un-maravilloso-viaje-en-tren-por-escocia/
Tren ‘Jacobite’ en Escocia: http://guerreropost.com/jacobite-un-maravilloso-viaje-en-tren-por-escocia/

Décadas después, me sorprende observar un fenómeno semejante en nuestra igualitaria Europa. No hay más que comparar el tipo de personas que viajan en el AVE (por cuestiones de trabajo, me toca usarlo con cierta frecuencia) con las que lo hacen en Cercanías, ambos de Renfe. Es cierto que las aerolíneas lowcost han democratizado en parte el viaje en avión, pero solo hasta cierto punto e introduciendo otros sesgos de clase en terminales, horarios y demás condiciones de viaje (el último grito parece ser el viaje last class). Como en Estados Unidos, también entre nosotros el coche privado marca un estatus inalcanzable para los usuarios del autobús de línea regular. Y todo ello, sin hablar de la huella de carbono asociada al avión o al coche particular.

Recuerdo todo esto mientras hago el viaje entre Murcia y Madrid, en un tren Altaria que emplea las vías tradicionales. Acostumbrado como empiezo a estar a las líneas de alta velocidad,  no puedo evitar algunas consideraciones en clave de la aplicación de sentidos ignaciana. Y, como esta época de verano suele ser propicia en viajes, he pensado que puede interesar a los lectores, ya a las puertas de la Operación Salida.

  • Ver.  “En bus ves por dónde vas”, decía la publicidad de la EMT hace años. Y es cierto. Mientras que el AVE une puntos en línea recta y a gran velocidad, el ferrocarril clásico te pasea por itinerarios menos frecuentados, a un ritmo que te permite leer carteles, reconocer edificios, contemplar sembrados, intuir ríos, saborear la historia y la cultura de la España rural.
  • Oír. En el AVE te mueves entre el ruido del teclado de los ordenadores, las conversaciones de negocio por móvil y el vagón silencio. Pero en el tren normal –oh, sorpresa— la gente habla, interactúa, pregunta, sonríe y comenta las incidencias del viaje.
  • Tocar. Sin duda, para mí, es la experiencia que envuelve a todas las demás: el traqueteo del tren. No es solo un runruneo que acompaña que trayecto como susurro cómplice o como nana que acuna; sino que es, sobre todo, una caricia que conforta o un masaje que repara. Es, también, una invitación a rumiar los encuentros vividos en la visita anterior.
  • Oler. En este caso es más imaginativo, porque lo cierto es que no llegan físicamente a la pituitaria los aromas del campo o de los pueblos; pero sí se acerca uno a intuirlos. Y el contraste con el olor a gasóleo de los aviones sí resulta llamativo.
  • Gustar. En el ferrocarril tradicional es muy frecuente que los viajeros saquen su bocadillo (no un sándwich, sino el bocata de siempre) y apenar hagan uso del bar móvil o de la cafetería del tren. Son otros gustos, sin duda.
Tren en la India: http://paukrus.blogspot.com.es/2013_06_01_archive.html
Tren en la India: http://paukrus.blogspot.com.es/2013_06_01_archive.html

Recuerdo que el Mahatma Gandhi tenía una costumbre, elevada casi a norma ética, de viajar en los vagones de tercera clase, sobre todo al regresar a la India desde Suráfrica. Era para él un modo concreto de expresar su rechazo al sistema de castas y de crecer en una solidaridad sensible con las clases populares. Siglos antes, San Ignacio de Loyola había recomendado a los jesuitas que estuvieran siempre dispuestos a ir de un lugar a otro, “con el pie en el estribo”, pero que no tuvieran cabalgadura propia.

Felices viajes. Os dejo con dos regalos, un poema y una canción. El poema es el fragmento inicial del muy conocido Viaje a Ítaca, de Constantino Kavafis,

Cuando emprendas tu viaje a Itaca 
pide que el camino sea largo, 
lleno de aventuras, lleno de experiencias.

La canción es “Maneras de vivir”, de los también míticos Leño, aquí interpretada por Rosendo, en un concierto en Barcelona.

1 Comentario

  1. Con razón dijo Rousseau (creo que es una frese de él)): “Una vez que me subí a un coche perdí el placer de viajar por la sola obsesión por llegar”. Y eso que era un coche de caballos. Por eso en otro lugar añadió: “Para mí sólo existe una manera más agradable de viajar que a caballo: a pie. Se emprende la marcha cuando se place; se detiene según su voluntad, se esfuerza poco o mucho, según se desee. Se observa todo el país… No preciso tomar senderos desbrozados ni carreteras cómodas. Paso por todas partes por las que pasa una persona, veo todo lo que puede ver una persona y, puesto que dependo únicamente de mí disfruto de toda la libertad de la que puede gozar una persona.”

Escribir un comentario

Please enter your comment!
Please enter your name here