Madres e hijos

En mi post anterior (Inhumanidad) destacaba como imagen principal la del rostro de una madre rebelde ante la inhumanidad y la injusticia sentida al llevar en sus brazos a su hijo muerto victima de los disparos zaristas.

Sigo el mismo hilo conductor de la  película “El acorazado Potemkin” con otro fotograma impactante de portada. Una película de la que el genial Charles Chaplin dijo que era “la mejor película que se había hecho”. Esta vez la foto fija (imaginemos su fuerza en la pantalla ,en  blanco y negro, por supuesto) es en el 4º episodio, el llamado  “La escalera de Odessa”, cuya más famosa escena es la masacre de civiles en la Odessa: los cosacos Zaristas en sus blancas guerreras de verano marchan bajando los aparentemente interminables escalones de una manera rítmica casi maquinal disparándole a la multitud. Las victimas incluyen un joven niño y una madre que empuja un bebe en un carrito. Mientras ella cae al suelo, muriendo, se apoya contra el carrito, empujándolo; rueda escaleras abajo en medio de la multitud que huye.

Sin embargo la que he escogido para presentar mi post es  la de una mujer que camina de espaldas, escaleras arriba hacia las tropas zaristas. Me impresiona por su simbolismo potente: es una sensación materno-filial – que representa a la humanidad en la escena – frente a la disciplina militar masculinizada y avasalladora desde la prepotencia que representa la inhumanidad.

Muy lejos en el tiempo y el espacio de esta mujer luchadora, con el cadáver de su hijo en brazos,  hay hoy día,  otras mujeres en el norte de Marruecos. Las Porteadoras, que son como la  otra cara del machismo que diría Violeta Assiego. 

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Mujeres  entre 35 y 60 años de media caminando apretujadas y en masa, sin respiro, frente al poder – el que sea- simplemente para poder vivir. Van no de una en una sino desorganizadas y en tumulto. Vienen del norte,  de nuestro amado vecino Marruecos (según  rezan los discursos oficiales). De la zona de  Tetuán o Nador. De hecho pueden soportar (“ transportar “) en sus espaldas fardos de tela que rondan los  90 kilos. Van dejando la vida en la frontera y desde el alba- a las 5,30 de la mañana y durante muchas horas, se van reuniendo en los pasos fronterizos esperando su apertura. Tratan de hacer luego el máximo de viajes entre un lado y el otro; para ganarse el pan con el sudor de su espalda. No una sola vez sino varias veces  Por toda la jornada laboral cobran unos 50 euros. Eso, si el agotamiento y las avalanchas les permiten terminar el día. Dos de ellas terminaron de otra manera el viaje. Pagándolo con su vida. Han muerto hace una semana. Y el año pasado en parecidas circunstancias otras cuatro (que se sepa). En el  lado marroquí unas porteadoras se enzarzaron con otras porque intentaban pasar sin pagar el soborno. Pronto se formó el  tumulto que terminó en avalancha. Murieron como víctimas de un sistema patriarcal sin nacionalidad que se aprovecha de esas mujeres sobrecargadas de mercancías.

¿Qué relación tiene esta trágica historia de esclavitud encubierta (comercio atípico es el eufemismo con el que llaman a este trasvase de mercancía) con la foto inicial de la escaleras de Odessa?

Hay una primera y fundamental. Y es que si en Odessa la madre presenta el cadáver de su hijo ante la vergüenza de quienes portan los fúsiles que han causado su muerte, el trabajo esclavo de las mujeres marroquíes es precisamente para que sus hijos no mueran. Son en su mayoría madres cargadas de hijos a los que quieren verlos crecer sacándolos adelante tras divorcios de maltratadores o de quedar viudas o haber sido abandonadas… Antes que llevar el cadáver de sus hijos, prefieren deslomarse porteando mercancía con la que luchar por la vida de  los suyos.

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También las porteadoras marroquíes tienen que subir otro tipo de empinadas escaleras legales y físicas. Por ejemplo presentarse a tiempo porque si las mujeres no logran pasar la mercancía en el momento legal, deben permanecer en las ciudades en lo que se llama situación administrativa irregular, puesto que la exención de visado para las poblaciones de Tetuán y Nador no les otorga el derecho de pernoctar en territorio español. Con el riesgo de detención inmediato, y el aumento de gastos subsiguiente (las mafias están muy al tanto), o deben alquilar pisos para unas horas.

Y si han conseguido pasar a tiempo la carrera agotadora hacia  las explanadas terminan casi por desmayarse. Alli se concentran los vendedores donde  las mujeres descargan su mercancía en las furgonetas y de nuevo… a la carrera  para cargar de nuevo y volver pronto. Al no reconocer Marruecos que Ceuta sea española, no hay aduana comercial y por eso la frontera se puede pasar con maletas o equipajes que dicen “de mano” y que sin embargo doblan el cuerpo (la mayoría de porteadoras solo pueden mirar hacia abajo), y en ocasiones redoblan el peso de sus porteadoras. Doblan el cuerpo y el alma. Y así paso a paso… sin tener que abonar los aranceles ni el IVA que exige Marruecos a las importaciones. Al fin y al cabo es puro equipaje de mano. Un sistema perfecto que goza de la falta de trasparencia y el silencio como  elementos clave. Una actividad que mueve mucho dinero. Según  la APDHA  «en el 2014, este comercio reportó 1.400 millones de euros anuales, un tercio de la economía de las dos ciudades autónomas españolas».

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Quizás algunas de ellas fueran las madres de algunos chavales en la calle sin escolarizar en Melilla, (están dando clase en los parques) permanentemente denunciado por Jose Palazón. Sus madres no han podido acompañarles al colegio ni regularizar su situación de menores sin “papeles”. Han tenido que escoger entre buscarles  pan y comida, dejándolos solos ( así escapan y huyen saltando la frontera y llegar a Ceuta y Melilla) doblando el espinazo por el peso de los fardos . Eso , o cuidarles como lo estarían deseando. Que nadie lo dude . Como cualquier madre. Como la de la foto primera. Que solo puede llevar un cadáver infantil abrazado a ella frente a los que defienden – arriba de la escalera – que “la religión de la propiedad está hoy por encima del valor de la vida” una de las sentencias de José Mujica, el expresidente de Uruguay

Este fue el narrador de “Frágil equilibrio”, la película de Guillermo García que ganó el último Goya al mejor documental uno de cuyos capítulos alude a la soledad y el  miedo  de los inmigrantes que intentan el salto a España.

“Los problemas de África no son de los africanos, sino de la humanidad”. Es decir lo que os decía “ayer” en mi anterior post .

Video de SAIN

 

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