Madeleine Delbrêl: rica en misericordia

Por Mariola López Villanueva, rscj

«Allí donde la misericordia se recibe, hace nuestra vida combustible. Toda nuestra vida está destinada a arder y a dar calor…». Quien pronuncia estas palabras en la madurez de su vida es Madeleine Delbrêl (1904-1964) una mujer deslumbrada por Dios, por el Evangelio y por los pobres. La preocupación por los otros fue una constante en su itinerario vital como mujer y como trabajadora social. Vivió en comunidad con otras mujeres laicas en Ivry, un barrio obrero y pobre del extrarradio de París, teniendo como única regla el Evangelio y con el deseo de encarnar, en el tiempo que les tocó vivir, el amor del corazón de Jesús. Esa perla preciosa, la de más valor, que ella había descubierto a los veinte años. Contemplar a Jesús y seguirle le hace descubrir una «misericordia revolucionaria», en todo su escándalo. Junto a sus compañeros de trabajo comunistas, Madeleine Delbrêl recorre el camino de la compasión y es consciente de sus exigencias porque para reencontrar el rostro de Cristo en los rostros de los sufrientes, en toda su intensidad, es necesaria una misericordia revolucionaria para que esos mismos rostros no se  difuminen en medio de una «misericordia de burocracia y término medio».

madeleine_delbrêl_portraitEs clara, en ella, la conciencia de la propia incapacidad para amar bien, de la «ignorancia congénita» que todos compartimos, por eso dice: «debemos aceptar, para recibir la caridad fraterna, ser un perdonado, no un inocente». Este amor siempre necesitamos recibirlo primero y nos obliga a cambiar sin cesar todo lo que supone un obstáculo entre cada ser humano y nosotros: «nuestras desemejanzas, nuestras antipatías, nuestras separaciones». Madeleine es consciente del precio a pagar, de la humildad y de la libertad necesarias para hacerse canal de esta misericordia, para no discriminar hacia quién va dirigida y darle su verdadera condición de inclusividad. Es fácil pensar que en las grandes ocasiones quizás podamos sentirnos instados a vivirla, pero es más difícil ponerla en juego en el día a día, en las pequeñas circunstancias cotidianas, ante esos rostros concretos que no elegimos…se hace necesario «apresurar nuestro propio despojamiento y dejar brotar en este despojamiento un amor desmedido por el mundo».

La misericordia no se ve reducida a la solidaridad pero puede, y debe, tomar su cuerpo humano, convertirse en bondad, porque la misma justicia se vuelve «pan seco» si la bondad no la precede o la práctica. Dirá a sus compañeras: «haced lo que queráis con tal que la bondad ocupe en vuestra vida un lugar proporcionado al lugar de Dios. Que ella sea la sombra proyectada de vuestro amor a Dios. Esta sombra única es visible a los ojos de los hombres».

El rostro preciso del otro es para ella la puerta estrecha que conduce al Reino, donde cada uno tiene derecho a un amor personal y concreto: «el Reino de Dios no es amar el mundo, sino amar a las personas». Ella subraya la necesidad de precisar el amor, de aproximarlo, de dotarlo de rostros y nombres y volverá, una y otra vez, sobre la misma equivalencia: «si tenemos que salvar a todos los hombres de la tierra, hay que saber que lo tenemos que hacer a través de los rostros que conocemos y que están a nuestro lado».  No sólo quiere amar aquello que le resulta amable, lo que más se asemeja a nuestra propia realidad o a un aspecto de Cristo, sino que busca alcanzar a amar lo que está más privado de bien, lo más invadido por el mal, todo aquello que en un primer momento rechazamos. Sólo cuando nos hemos experimentado amados, en nuestra propia pobreza y desnudez, podemos convertirnos en canales de un amor así, ella lo sabe y por eso dice: «Dios requiere corazones sólidos donde puedan cohabitar cómodamente nuestras siete miserias en pos de curación y la misericordia eterna ansiosa de redención».

Madeleine nos muestra con su propia vida que el signo más evidente de la invasión del Espíritu es el desinterés propio y la capacidad de misericordia: mirar al mundo, a las personas, y a uno mismo, con lucidez y, a la vez, con abrumadora ternura. Ella nos invita a desplegar el dinamismo de esta misericordia entrañable en lo concreto, a estar dispuestos a amar anchamente no sólo a los que ya nos sale hacerlo, sino a todo aquel que «pase a nuestro lado» y, a través de él, a todo lo que en el mundo está perdido o sufriente:

«…Buscamos espontáneamente

todo lo pequeño y débil,

todo lo que gime y padece,

todo lo que peca y se arrastra y cae,

todo lo que necesita ser curado.

Y damos en comunión a ese fuego que arde en nosotros

a todas esas personas doloridas

que atraemos al encontrarlas

para que Él las toque y las sane».

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