El luto que no acaba: 11 de septiembre

Hace muchos años conocí a la hermana de una de las miles de víctimas que el régimen de Pinochet sembró por toda la larga y estrecha tierra que es Chile. Me contó la larga procesión por centros de detención y cárceles, golpeando puertas pétreas, muerta de miedo, de dolor y de rabia, rezando para poder encontrar los huesos de su hermano menor, un estudiante brillante, tímido, y flacucho, al que sacaron de su casa a rastras una noche infame. Durante las largas noches de insomnio se convenció que estaba muerto. Quería que estuviera muerto, y no padeciendo las torturas que los sobrevivientes relataban. No podía imaginárselo así. Sólo quería enterrarlo.

Recibió golpes, llamadas constantes con insultos y amenazas, como todos los familiares de víctimas de las violaciones a los derechos humanos en esos años. Juntas, tejieron un refugio común donde protegerse de la locura de esa espera eterna. Aprendió a usar los conductos de información y de apoyo entre las víctimas, a coser y bordar para componer las maravillosas arpilleras en las que plasmaron su búsqueda de verdad y justicia. No sólo las madres, hermanas, y esposas cosieron estas arpilleras, también las hicieron las propias víctimas. Los sacerdotes a los que permitían entrar en las cárceles, y a los que no solían cachear, entraban con las chaquetas y abrigos rellenos de telas e hilos. Pasaban los controles redondos como hogazas, y salían esmirriados como huérfanos: dejaban a las víctimas las materias primas de esas obras maravillosas que les permitieron sobrevivir al horror.  94f4f5436425850055a452d1c1c0dec2

Esas mismas personas la mantuvieron en pie cuando se enteró que su hermano estaba vivo, encarcelado en unos de los túneles del horror del régimen. Porque le fallaron las piernas y la garganta: se desgarró en silencio, no sabía qué era mejor: que hubiera tenido una muerte rápida o que aún estuviera vivo y volver a verlo. Tiempo después lo liberaron. Con el espanto instalado de manera permanente en el cuerpo y en el alma. Le escribí este 11 de septiembre para saber cómo estaba ella, cómo estaba su hermano. Y están.  Su historia no ha sido la peor: ellos están aquí para contarlo. Sobrevivientes del horror, se sienten solos con sus historias tristes en medio de un país que ya no quiere tristezas.

Es por eso que los 11 de septiembre no dejan de dolerme. Ya han pasado más de 40 años después del golpe de Estado en Chile. Yo no había nacido cuando ocurrió, pero crecí con las funestas consecuencias que eso trajo para mi familia y para mi país. Fui niña en dictadura, y crecí rodeada de víctimas, en distinto grado, de esa etapa de horror en mi país: más de 3 mil personas asesinadas, más de 30 mil víctimas de tortura, más de 150 mil exonerados políticos entre los que estaban mis padres, más de 200 mil personas fueron expulsados del país.

Vivir en otro país da una oportunidad única de ver el propio con la perspectiva que dan los kilómetros. Y porque vivir en otra cultura rompe la transparencia de la cultura en la que se ha crecido. Uno ve desde fuera aquello que era invisible desde dentro. Aquí comprendí hasta qué punto ese capítulo de la historia de mi país había cambiado algo fundamental en nuestra alma. No dejo de sentirme de luto, por todo el dolor, la muerte y la herida inmensa que se generó a partir de ese día. Para mí es algo fundamental de lo que somos como país.

No hay reconciliación posible sin justicia, y eso es un deber inapelable. La verdad y la búsqueda y castigo de los responsables son condiciones sine qua non para la reparación de las víctimas, y para la reparación de un país. Para que el dolor no sea estéril, para que la memoria sea nuestra fuente moral y no nuestra condena, y para construir sobre cimientos firmes una sociedad justa y humana.

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1 Comentario

  1. Emocionante relato y es que sin justicia no hay olvido ni perdón.
    Y como dice la canción de sol y lluvia: para que nunca más en Chile, para que nunca más…

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