Por Michael Rossman, SJ, The Jesuit Post.

(Con motivo del reconocimiento por parte del Tribunal Supremo de los EEUU del derecho civil al matrimonio de las parejas del mismo sexo).

Existe un sencillo consejo para los nuevos sacerdotes en bodas y funerales que dice: “no hagas nada que reste alegría ni nada que añada dolor”. Es un consejo difícil de seguir cuando la alegría de unos es el dolor de otros. Ahora mismo, muchas parejas homosexuales celebran el reconocimiento civil de su derecho a casarse. Al mismo tiempo, comentaristas, políticos e incluso nuestros propios líderes eclesiales se lamentan por la muerte de la democracia, los derechos civiles y la libertad religiosa.

Aquellos de nosotros que somos fieles tanto a la Iglesia como a nuestros familiares y amigos del colectivo LGTB quedamos en una posición difícil. Por un lado, queremos proclamar el camino, la verdad y la vida -queremos ser testigos del poder transformador del amor de Dios en el mundo- y queremos seguir el liderazgo de la Iglesia en ese empeño. Por otro, nos enfrentamos a la dificultad de reconciliar las enseñanzas de la Iglesia con el sufrimiento de aquellos a los que queremos, o el disgusto de la Iglesia con la alegría de nuestros seres queridos.

A medida que Estados Unidos se ha ido abriendo cada vez más a acoger a las personas gays y lesbianas, especialmente en la última década, más hermanos y hermanas, hijos e hijas, amigos y vecinos han salido del armario. Muchos de nosotros conocemos a parejas del mismo sexo viviendo relaciones de verdadero amor. Hemos comprendido que el amor, la fidelidad y el compromiso mutuo son algo por lo que estar agradecido, sin importar el género de quienes lo viven. Conocemos bien las dificultades reales que sufren nuestros seres queridos por no tener los mismos derechos que sus iguales heterosexuales, ya sea por la discriminación real por parte del gobierno, o por la propia percepción interiorizada de inferioridad y falta de valía personal. Podemos -y así lo hacemos- celebrar el sentimiento de liberación y afirmación que están experimentando ahora mismo.

Para quienes lo apoyan, la decisión del Tribunal Supremo ha sido contra la injusticia y por la igualdad. No es, en ningún caso, contra la religión y a favor de la inmoralidad. Y existe un peligro claro si las voces religiosas continúan reaccionando como si la defensa del matrimonio del mismo sexo fuera en sí misma una forma de persecución religiosa. Sencillamente, no lo es. Los motivos no buscan una persecución religiosa, y tampoco lo hace el resultado final. Equiparar lo que muchos perciben como corregir una injusticia con una persecución religiosa es invitar a esa persecución. Es también alentar a la Iglesia a actuar desde el miedo y no desde el amor que nace del impulso sutil del Espíritu, y del miedo sólo surgen cosas malas.

A lo que apunta el uso de palabras como “persecución” es a la marginación de la Iglesia. Si bien durante años ha sido un poder central en la cultura americana, la Iglesia vive ahora la experiencia de ser dejada cada vez más a un lado. Ha perdido muchas de sus batallas sobre políticas públicas. Ha sido desprestigiada por la complicidad de algunos en el abuso infantil. Muchos jóvenes católicos se niegan a llenar los bancos de las iglesias. Incluso más americanos se enorgullecen de ser ateos o agnósticos. Y ahora, perdiendo la batalla contra el matrimonio homosexual, a la Iglesia se la percibe en América todavía más marginalizada.

Un peligro de aquellos que están ganando las batallas culturales es pensar que los perdedores no tienen nada valioso que aportar. Eso sería una verdadera vergüenza. Es un error reducir la postura de la Iglesia respecto al matrimonio entre personas del mismo sexo a un simple apoyo a una injusticia y en contra de la igualdad. Sostenemos que la Iglesia realmente tiene un mensaje crucial para el mundo -la Buena Noticia de la encarnación, muerte y resurrección de Cristo- la alegría del evangelio. Más relevante en relación a la reciente regulación, la Iglesia también tiene bellas verdades para compartir sobre el proyecto de Dios para los seres humanos y su sexualidad. Entre ellas, que existe un orden en el mundo, y es un orden de amor; que deberíamos regocijarnos en el esplendor del amor humano y su capacidad generativa; que la familia es la unidad social más importante, y la Iglesia claramente quiere asegurar por todos los medios lo que es mejor para la familia.

Aquellos de nosotros que nos sentimos desagradablemente atrapados entre nuestros dos amores (el amor a nuestra Iglesia y el amor a nuestros hermanos y hermanas LGTB), tenemos en consecuencia un papel crucial a desenvolver en nuestra interacción con ambos. Deberíamos, cuando menos, ayudar a cada parte a valorar lo bueno de la otra. En un mundo ideal, deberíamos incluso promover el diálogo entre ambas partes. Pero entonces, en un mundo ideal, no nos veríamos atrapados entre dos amores. Este no es un mundo ideal. En nuestro mundo, en este momento, el amor duele (#LoveHurts).

Original en inglés del 27 de junio de 2015: https://thejesuitpost.org/2015/06/lovehurts/

Traducción: Paula Merelo Romojaro