Los que ya se fueron. Apología contra el nacionalismo colonial

Pablo Font Oporto

Universidad Loyola Andalucía

Estos días asistimos a un despliegue de ornamentos nacionales. A través de los mass media y redes sociales veo la proliferación de esteladas en Cataluña. En la ciudad donde vivo, Sevilla, observo una inusitada multiplicación de rojigualdas en lo que al parecer es un fenómeno generalizado en otras partes de España en la que no existen sentimientos separatistas.

No voy a hablar aquí otra vez sobre el conflicto catalán. Pero sí de algo sobre lo que ya he escrito otras veces y sobre lo que este conflicto me ha hecho volver. Es algo que me preocupa y que me deja en el aire la inquietante pregunta de si en realidad toda la situación que estos días nos encrespa, nos entristece o nos cansa, no es sino un problema menor que oculta muchos otros problemas más graves (con los que, no lo niego, existen probablemente vinculaciones, a veces muy complejas).

Todo empezó así. El otro día, tras un atracón de banderas españolas en los barrios por los que suelo transitar más (de clase media o media-alta), pasé por las Tres Mil Viviendas. Y (¡oh, sorpresa!), en las Tres Mil no había banderas. Ni de unos ni de otros.

Este hecho me hizo reflexionar mucho. Lo comenté en redes sociales y alguien orientó su comentario hacia la apropiación de la bandera nacional por parte de la burguesía y las clases vinculadas al régimen.

Pero en mi mente discurría por otros vericuetos y algo resonaba en mi cabeza. Los pobres, los excluidos, los marginados, los que no llegan a fin de mes, los que conviven con la droga, la delincuencia, la economía sumergida, los que sufren estereotipos culpabilizantes… parecen ir por otro lado. ¿No están informados? ¿No saben lo que pasa? ¿No tienen dinero para comprar banderas?

Tal vez, y digo sólo tal vez, las preocupaciones y agobios del día a día ya son suficientes para esta ciudadanía a la que no se le reconoce como tal. Tal vez, y digo sólo tal vez, los que fueron abandonados y excluidos por el sistema ya no creen en este. Tal vez, y digo sólo tal vez, podamos percibir aquí una extraña sabiduría que nos dé una lección en estos momentos.

El enfoque decolonial, surgido en América Latina a finales de los 90, pretende destapar la persistencia de una visión colonial (heredera de la Modernidad) en las relaciones de poder en todos los planos humanos: epistemológico, político, económico… Como ya he defendido en algún trabajo, este enfoque es a mi juicio válido también para entender la exclusión de las periferias urbanas europeas y la violencia que se ha infligido a las mismas. De tal modo es posible afirmar que esos cinturones de miseria apartados del centro económico y político de nuestras sociedades han sido y siguen siendo objeto de colonialidad. Es decir, son sujetos que han sido o bien utilizados, o bien marginados, pero en todo caso siempre negados por los poderes fácticos y oficiales y las clases que sostiene a estos.

Se ha hablado estos días de que una de las muchas insuficiencias del referéndum ilegal auspiciado por la Generalitat era la dificultad de catalogar el encaje histórico del territorio catalán como colonia de España, condición que era un requisito exigido por el Derecho Internacional para el reconocimiento del derecho a la autodeterminación

Tal vez en el caso de las Tres Mil Viviendas, como en de tantos otros barrios de los que las propias ciudades reniegan, el dudoso honor de ser considerado colonia o excolonia ni siquiera sea nunca planteado. Tal vez, aunque quisieran reclamarlo ni siquiera podrían hacerlo. O nadie les escucharía. Pero la realidad es tozuda. En las Tres Mil no hay banderas. No saldrá en los medios. Pero no las hay.

Y entonces me pregunto si no son ellos los que en realidad sí que se fueron ya. Del todo. Mucho antes. Porque ni siquiera estuvieron. Porque tampoco pertenecieron. Porque nunca fueron.


Imagen: rtve.es

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