Los robots nos quitan el trabajo

Es habitual escuchar, cuando se habla de cambio tecnológico, que la robotización nos va a dejar sin empleos. Tenemos miedo del impacto que tendrá la robotización y la tecnología en la débil y poco metálica raza humana. Aunque no puedo evitar pensar cada vez que escucho que los robots nos van a quitar los trabajos, las mismas frases respecto a los extranjeros, que al parecer tienen la misma mala costumbre…

En fin. Es innegable que estamos ante una transformación de la economía y el trabajo por el desarrollo tecnológico, aquello que se ha llamado “La cuarta revolución”, la revolución de la economía y los medios de producción por la convergencia y la combinación de tecnología digital, física y biológica (Klaus Schwab, The Fourth Industrial Revolution, 2016). Ha cambiado, y va a cambiar aún más el efecto que tiene en todos los aspectos de la economía, que explicaba muy bien Juan Fernandez de la Cueva aquí.

Las consecuencias de esta cuarta revolución industrial van más allá de lo económico, pero quizás no sean tan horrorosas como vimos en Matrix. Al menos los estudios muestran que las consecuencias no serán tan dramáticas. Y permitidme que os cuente el que escuché hace algunos meses en la muy interesante presentación de Mary Claire Carrère-Gée, presidenta del Consejo de Orientación para Empleo (COE), de Francia, en la jornada que organizó FUNCAS “Reformas laborales en Europa: ¿Qué ha funcionado, y qué no?” . La COE encargó un estudio específico para medir impactos de la cuarta revolución en el volumen del empleo, su estructura y localización en Francia a 2050. Y os voy a compartir mis notas 🙂

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Decía Mary Claire Carrère-Gée que hasta ahora, la introducción de nuevas tecnologías no ha significado un reemplazo directo de trabajadores por máquinas: con el avance de la tecnología se han creado nuevos nichos de mercado y se han generado nuevos puestos de trabajo. No hay una pura destrucción de empleo, pero la transformación y creación de nuevos puestos de trabajo tiene algunas características particulares: se ha producido un reparto distinto de trabajo entre países (beneficiando algunas regiones y perjudicando a otras), y entre regiones dentro de un país, las nuevas tecnologías han favorecido a las grandes urbes y han perjudicado a los ciudades y pueblos más pequeños, y al mundo rural.

[ctt template=”3″ link=”o7Esd” via=”yes” ]Con el avance de la tecnología se han creado nuevos nichos de mercado y se han generado nuevos puestos de trabajo[/ctt]

El riesgo de destrucción de empleo, es decir, de reemplazo directo de puestos de trabajo por máquinas se relaciona con un tipo especial de trabajo: los empleos más vulnerables son los que ocupan los trabajadores menos cualificados en el sector de la industria.

El debate se suele centrar en el peligro del paro, pero la destrucción de empleos no es la única consecuencia. El mayor efecto está en aquellos puestos de trabajo que si bien no desaparecen, se verán profundamente afectados por los avances tecnológicos. La mayor parte de estos empleos están en el sector servicios, algo que debería despertar especial interés en países como España, que dependen cada vez más del sector servicios. Pensemos, por ejemplo, en los conductores de taxis, que han pasado a usar navegadores para llegar a destino y apps para captar clientes. En Francia, según Mary Claire Carrère-Gée, menos del 10% de los empleos están en riesgo de desaparecer por la digitalización, pero el 50% va a experimentar transformaciones profundas por el uso creciente de tecnología. Ésta es una trinchera profunda en la que gran parte de nuestros trabajadores van a estar. Y debería ser una preocupación importante cómo se van a enfrentar a ese reto, porque nuevamente los grandes perdedores de este cambio serán los más vulnerables, las personas con menos cualificación en trabajos más precarios.

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[ctt template=”3″ link=”2Z479″ via=”yes” ]El 50% de los empleos va a experimentar transformaciones profundas por el uso creciente de tecnología[/ctt]

Tenemos que pensar en cómo enfrentar estos desafíos, porque congelar la escena no es una alternativa. Tal como se nos recordaba en la presentación, el progreso tecnológico no es una opción; es necesario y puede traer beneficios. Pero para ello es necesario adaptarse, y no sólo tecnológicamente. Es necesario abordar la desigualdad que probablemente va a producir este nuevo escenario. Porque eso hemos aprendido de las anteriores transiciones: las revoluciones industriales suelen beneficiar a los trabajadores con altas habilidades y alta cualificación, y suelen perjudicar a quienes tienen menor formación.

Además, con la aparición de nuevos puestos de trabajo que no están adecuados a la legislación actual, pone en los límites algunos aspectos legales. Se van a ver afectados en alguna medida todos los tipos de trabajo, y todos los tipos de contrato. Habrá nuevas responsabilidades para estos nuevos empleadores, nuevas dificultades para esos trabajadores, y tenemos qué pensar cómo van a ser reguladas. Uber ha sido un buen ejemplo de estos límites, pero no el único.

[ctt template=”3″ link=”Ia02d” via=”yes” ]Habrá nuevas responsabilidades para estos nuevos empleadores, nuevas dificultades para esos trabajadores, y tenemos qué pensar cómo van a ser reguladas[/ctt]

Viene un tiempo en el que se deben tomar muchas decisiones de gran calado: éticas, legislativas, económicas, fiscales…. tenemos grandes retos que afrontar: la recolocación de nuevos trabajadores, la adecuación de los sistemas de cualificación para lograrlo, el riesgo de aumento de la desigualdad y la distribución de la renta en la sociedad… Muchos retos de difícil respuesta que no pueden ser abordados sólo desde la economía. O de la ciencia ficción.

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Como decía Robert Castel, si el futuro es incierto, significa que lo peor tampoco es seguro, y que dependerá también, al menos en parte, de lo que hagamos o no hagamos en el presente para orientar su trayectoriaY es que estos grandes retos no son cosas del futuro, sino del presente. La forma en cómo distribuimos las rentas dentro de una sociedad donde el empleo se ha vuelto un bien escaso y crecientemente precario necesita ser abordado hoy, que para 2050 lo mismo ya es demasiado tarde.

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