¿Por qué los proyectos públicos se van a la deriva?

CAPITÁN A LA DERIVA Dibujo: Jorge Álvaro González @ lineograma

Porque las soluciones no encajan con los problemas.

En 1994 el Gobierno de Malawi creó una oficina para luchar contra la corrupción siguiendo el modelo originado en Hong Kong en los años 70. Nos cuenta el profesor Matt Andrews que, 20 años después, la oficina apenas ha tenido éxito. Solo unos pocos enjuiciamientos en un momento en el que la crisis de corrupción parece haberse acelerado. Los líderes políticos no la han apoyado ni le han dado la independencia necesaria para operar con eficacia y enfrentar la arraigada corrupción burocrática de ese país. Esta experiencia contrasta con el “modelo” de Hong Kong, donde la oficina surgió en respuesta a una crisis de corrupción en la policía. Allí los poderes políticos apoyaron a la comisión porque se vieron forzados a enfrentar dicha crisis y, por lo tanto, le dieron a la comisión independencia para investigar y enjuiciar a los criminales.

Malawi, ciertamente, no es España, y aquel Hong Kong colonial tampoco, pero seguro que encontramos cierto parecido cuando pensamos en algunos proyectos nacionales que no han tenido el efecto esperado: aeropuertos vacíos, carreteras sin coches, hospitales sobredimensionados, museos vacíos por doquier, trenes ligeros sin pasajeros, leyes sin recursos para llevarlas a cabo, universidades que producen desempleados, oficinas y ministerios que, además del nombre, tienen pocas competencias en temas tan críticos como la sostenibilidad, y un sinfín de ejemplos más que pueblan las noticias todos los días. Solo nos ha faltado invertir en una oficina contra la corrupción para cerrarla por falta de casos que investigar.

Todas estas iniciativas, legítimamente válidas y necesarias en muchos contextos, son ejemplos de proyectos fallidos.

Pero, ¿tienen algo en común estos proyectos además de haber fracasado?

Todos se han basado en “mejores prácticas” o “soluciones universales”, con buen rédito político, pero que no se han ajustado a los problemas complejos que trataban de resolver. Los problemas en muchos de estos casos se definieron como la ausencia de una solución preferida, y no como la respuesta a un problema debidamente analizado. Un grupo de profesores de la Universidad de Harvard ha investigado que el éxito o fracaso de muchos proyectos públicos depende del análisis previo de los problemas que se pretenden resolver. Parece una reflexión evidente, ¿no?

Lamentablemente son muy frecuentes los ejemplos en los que los gobiernos tiran de recetario electoral sin leer las indicaciones previas ni el tipo de ingredientes necesitados. Ahora que, por obra y arte de los concursos televisivos nuestra sociedad es más gastronómica y menos gástrica, nos resulta fácil entender que no todos los ingredientes con el mismo nombre son iguales. En consecuencia, el resultado de los platos puede diferir sustancialmente, aunque hayamos seguido bien la receta.

Todo esto es más visible con las soluciones físicas, como son las infraestructuras. Pero con soluciones sociales es menos nítido. La nueva receta se llama independencia y es estrella para unos, fracaso para otros. Sin entrar en consideraciones, me ha sorprendido leer en las últimas semanas la diversidad de argumentos relativos a la independencia:

  • Mayor prosperidad económica.
  • Cambio de sistema para acabar con “el régimen del 78”.
  • Represión cultural y consideraciones históricas.
  • Mayor autogobierno.
  • Una oportunidad para salir de la UE.

Estos argumentos están cocinados al fuego lento de la frustración y cabreo generalizado  consecuencia de la crisis económica, de las relaciones o su ausencia entre gobiernos y sus detractores y, sobre todo, de una crisis de valores e identidad, como escribe David Blázquez esta semana en The Objective.

Sin entrar en el análisis de cada una de las razones, me resulta sorprendente, cuanto menos, pensar que este nuevo proyecto social pueda dar solución a tantos y tan diversos problemas.

¿Será, acaso, la nueva fórmula de alquimia para convertir cualquier problema en solución?

El peligro de aplicar soluciones sociales equivocadas, votadas o no, es que es que los individuos terminamos siendo gente a la deriva, residuos en un mar de incertidumbre y frustración lejos de la isla soñada y prometida. Y esto en un momento de crisis social, política y económica, amenaza nuestra sociedad liberal y democrática tal cual la conocemos.

En mi último artículo hablé de los costes de una separación, siempre impredecibles, pero quizás el paso previo y más importante es analizar diagnosticar los problemas para poder acertar en las soluciones.

Es trabajar desde el entendimiento concreto de los problemas, analizando la raíz de cada uno de ellos, para poder llegar a soluciones que realmente nos ayuden a mejorar la situación de los ciudadanos. La definición del «problema» es, por supuesto, variable en función de los diferentes intereses y perspectivas de los actores involucrados, pero el establecimiento de este es en sí mismo un ejercicio fundamental.

El profesor Andrews nos insta a de-construir los problemas haciéndonos una serie de preguntas e incluyendo datos y evidencia que nos ayuden en su definición. Si volvemos a Malawi, o a nuestro propio país, el problema sería que las instituciones no abordan eficazmente la corrupción. Un ejemplo de las preguntas y respuestas podría ser:

  • ¿Por qué el problema importa? Porque todavía tenemos mucha corrupción en el gobierno según muestran los indicadores.
  • Y, esto, ¿por qué importa? Porque perdemos dinero por la corrupción, que podríamos estimar usando datos básicos de informes financieros.
  • Y, esto, ¿por qué importa? Debido a que el dinero perdido conduce a la reducción de servicios públicos.

Ahora ya tenemos una definición del problema como deficiencia del desempeño público, difícil de ignorar y que puede movilizar a un mayor número de agentes de cambio. Podemos seguir utilizando el método de los “5 ¿por qué?”(*). ¿Por qué se pierde el dinero de los servicios? Y continuar hasta llegar a la raíz del problema.

Decía San Ignacio: “En tiempo de desolación nunca hacer mudanza”. Solo cuando seamos capaces de escudriñar con paciencia y consciencia, pero sin pausa, en la raíz de los problemas, podremos empezar a innovar y “prototipar” soluciones adecuadas que puedan contribuir realmente a resolverlos.

En caso contrario, seguiremos pagando proyectos a la deriva para una sociedad a la deriva.

 

(*) Los 5 ¿Por qué? es una técnica de preguntas iterativas para explorar las relaciones de causa y efecto subyacentes a un problema particular. Se desarrolló originalmente en Toyota

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