Los muros de la indiferencia

AFP PHOTO / CSABA SEGESVARI
A migrant's family creeps under a barbed fence near the village of Roszke, at the Hungarian-Serbian border on August 27, 2015. As Hungary scrambles to ramp up defences on its border with Serbia, refugees continued to surge into the country in record numbers, police figures confirmed. AFP PHOTO / CSABA SEGESVARI

Muchos compartimos el sueño de un mundo sin fronteras, donde la paz sea la única bandera y la persona el único aroma de la Historia, imaginando un mundo donde las fuerzas globales estén sorprendentemente renovadas por la justicia y la equidad. Lo humano debe ser el pilar de los parámetros políticos y económicos, desde la dignidad de la persona y su participación activa en el bien común.

El fenómeno de la emigración y de los refugiados, forma parte de la historia de la salvación, que se debe concretar en la historia presente no solo en acciones de solidaridad, también en la lucha a favor de los derechos humanos y en la promoción de la paz y la justicia, para soñar y crear ese otro mundo posible

La Agencia de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) subraya que el número de personas que tienen que abandonar sus hogares por culpa de una guerra, la violencia y la persecución, superan 65 millones de personas, siendo la mitad de ellos niños. Estamos viviendo la mayor crisis humanitaria desde la Segunda Guerra Mundial, siendo Siria, Afganistán y Sudán del sur la procedencia de más de la mitad de las personas refugiadas y desplazadas. La ruta del norte de África es la más utilizada para llegar a Europa de migrantes y refugiados, cruzando el mediterráneo, con una media de 14 personas que cada día perdieron la vida en el intento. Muchos se tienen que marchar de los conflictos y de las guerras con lo puesto, con lo que llegan a Europa sin nada teniendo que recibir ayuda urgente de materiales de emergencia.

Todavía está en nuestras conciencias y en nuestro corazón, el cuerpo del pequeño Aylan Kurdi tendido en una playa de Turquía. También, la indiferencia de la vieja Europa, prometiendo medidas urgentes y acordando  reubicar a un total de 160.000 solicitantes de asilo procedentes de Italia y Grecia, en el marco de programas de reasentamiento. Parece que la muerte de Aylan sirvió para poco, ya que Comisión Europea ha reconocido que solo se acogerá al 25% de las 160.000 personas que se comprometieron a reubicar. Por no hablar del trato en las fronteras, con alambradas, devoluciones en caliente y frío, así como cárceles convertidas en centros de acogida.

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La incertidumbre y el miedo, no solo primerea en gran parte de la ciudadanía, parece también ser el distintivo de nuestros políticos, claudicando ante los sectores más radicales y xenófobos, priorizando las urnas y enarbolando banderas de “identidad nacional” contra la inmigración y los refugiados. Esas posturas más radicales no tiene su raíz en el odio, sino en el miedo al mundo moderno cambiante y en movimiento; miedo a un final no definido, donde las certezas y los pilares más sólidos parecen haberse difuminado en el fin de los grandes relatos de la postmodernidad.

Desde esta realidad celebramos el próximo domingo la Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado bajo el lema: “Acoger, proteger, promover e integrar a los emigrantes y refugiados”, cuatro verbos que vertebran el mensaje del papa Francisco. Acoger al extranjero en nuestra patria, en nuestra casa, en nuestra tierra, en nuestro corazón, casi parece un imposible político y social. Casi olvidadas nuestras raíces culturales, más preocupados por nuestro propio yo y, desvaneciendo en el errar líquido la esencia más profunda de la civilización occidental: La hospitalidad. Es necesario volver a comprender que acoger al otro, sobre todo en apuros, cambia nuestra forma de ver la realidad y también de entendernos a nosotros mismos. La acogida ha sido algo consustancial a las relaciones de las personas y de los pueblos, configurándose como un elemento esencial del progreso humano.

Es necesario que los poderes públicos de nuestra querida Europa, defiendan el cumplimiento de los derechos para todas personas y especialmente de las personas en situación de mayor vulnerabilidad y exclusión. Promover y defender los Derechos Humanos supone defender a la persona en su integridad, incluyendo todos los aspectos de la misma, lengua, cultura, tradiciones, recursos e iniciativas económicas, también la dimensión religiosa. Un Estado, si realmente desarrolla los derechos centrados en las personas, tiene la obligación de asistir a todos los que se desplazan por su territorio. Bien sea una serie de servicios mínimos de salud y humanitarios, como ayudarles a encontrar una solución duradera a su situación, más cuando se huye de la guerra y la violencia.

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Nos recordaba Adorno, que vivimos en un mundo administrado, no podemos servir a dos señores, o los derechos o el mercado. En nuestro mundo globalizado parece urgente y necesario, promover también la globalización de los derechos humanos, independientemente de su lugar de nacimiento y su procedencia. Es necesario elaborar un estatus global de la persona, refugiados e inmigrantes que no solo dependa del reconocimiento de cada Estado, adaptando la Convención de Ginebra de 1951 a las nuevas necesidades del mundo actual. Superar hipocresías y cambalaches económicos, promoviendo el desarrollo integral de los países más pobres y empobrecidos. No es suficiente la denuncia, en la urdimbre de esta globalización desigual, son necesarias tres vías de actuación: La vía política, social y cultural. Estas tres direcciones se deben empezar por el fortalecimiento de la institución de ciudadanía, como la promoción de una vecindad habilitante y al fortalecimiento de la fraternidad.

Por último, promover una cultura del encuentro, intentando tender puentes entre todos los humanos, de modo que cada uno pueda encontrar en el otro no un contendiente o enemigo, sino un hermano para acogerlo y abrazarlo. La cultura no es accidental en el hombre, es un atributo esencial, es fruto y vehículo de relación y convivencia. No es un proceso individual, sino colectivo, tanto se trate de una tribu, una comunidad, una nación. El mero hecho de vivir juntos, cada generación transmite a la siguiente una serie de pautas de conducta, su forma de ser en el mundo, donde cada individuo se socializa en el grupo al que pertenece.

Por ello es importante la integración cultural, que no consiste en igualdad cultural y religiosa, sino en integrar las diferentes culturas y religiones en un provechoso intercambio. En esa ética intercultural, superando toda ética individualista, debe priorizar la ayuda de refugiados e inmigrantes, en la búsqueda de protección ante la guerra o la violencia, en la búsqueda de la subsistencia, empleo o unas mejores condiciones de vida. Después de cubiertas esas necesidades básicas, cultura y la religión. La igualdad  de derechos culturales, deben de ir acompañadas previamente de la igualdad de derechos sociales, para no crear marginación y aislamiento.

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Recuperar una nueva cultura de la solidaridad,  se traduce en la creación redes comunitarias que visibilicen y protejan a los más necesitados y que pueda ser un muro para aquellas lógicas culturales que buscan perpetuarse. Desde ellas  poner en marcha alternativas económicas, sociales, políticas que muestren luces y salidas a los diferentes procesos de exclusión. Se hace necesaria una nueva mirada para poder establecer una crítica a las diferentes formas de dominación y discriminación que se han podido globalizar, rompiendo muros y barreras y poder ir tejiendo vínculos de un encuentro en la diversidad que genere esperanzas y ayude a construir la paz.


Imagen: Frontera de Hungría. AFP PHOTO / CSABA SEGESVARI.  Tomada “Diario de Buenos Aires” 2015. http://www.eldiariodebuenosaires.com/files/2015/09/Refugiados-IV.jpg

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