El pasado día 20 de febrero fallecía Fernando Cardenal, jesuita y ejemplo de lucha incansable por el derecho a la educación de calidad de las personas en situación de pobreza de su país, Nicaragua. Ese mismo día, 20 de febrero, se celebra el día internacional de la justicia social.

Dice las Naciones Unidas que promovemos la justicia social cuando eliminamos las barreras que enfrentan a las personas por motivos de género, edad, raza, etnia, religión, cultura o discapacidad. Fernando Cardenal no sólo promovió la justicia social, sino que entregó su vida a ella empujado por su compromiso con Dios y con sus semejantes.

De la biografía de Fernando Cardenal pueden hablar mucho mejor que yo todos aquellos que le conocieron, pero en estos días en los que desde el compartir misión con él en Fe y Alegría, hasta el momento de su fallecimiento era director de Fe y Alegría Nicaragua, he ido leyendo, escuchando y empapándome no sólo de su historia sino de sus dones y grandes intuiciones. Para mí, la que brilla con más fuerza es su esperanza en los jóvenes y en la educación.

Quizá porque en estos tiempos, cuando hablamos de juventud en España, hablamos para hablar de los llamados ninis, es decir, los que ni estudian ni trabajan, y por lo tanto suponemos que no hacen nada. Cuando hablamos de juventud es para hablar de la alta tasa de paro, de la falta de esperanza, de la mala calidad de la educación, de la fuga de cerebros, de la inutilidad de sus sueños, expulsados por la falta de oportunidades y de esperanza…

Hoy este post no es un homenaje a Fernando, sino un reconocimiento a su esperanza más profunda. Los jóvenes de quien fue testigo directo de su entrega, de su mística, de su valor, de su compromiso, de su fuerza interior y entrega sin límites. Dice Fernando Cardenal en su testamento; “A mí no me cuentan cuentos. Yo estuve con ellos y ellas. Ellos son mi esperanza. Sólo hace falta que la sociedad les ofrezca una causa grande, noble, bella, si es difícil, mejor, y que al frente de ella haya personas con autoridad moral. Yo espero que los jóvenes regresen a las calles a hacer historia”.

Fernando impulsó la Cruzada Nacional de Alfabetización que permitió reducir el índice de analfabetismo, superior al 50%, hasta un 13%. Esta tarea obtuvo el reconocimiento de la UNESCO en 1981. Y lo hizo dándole a los jóvenes una causa, enseñar a leer y escribir a sus compatriotas, a sus hermanos, para así ayudar a dignificar su futuro y el de su país. 60.000 jóvenes abandonaron la ciudad para adentrarse en el campo y encontrarse con una realidad de su país que desconocían, la cual, a muchos de ellos les cambió la vida. Dicen algunos que uno de los muchos frutos de esa cruzada es la no fructificación de las maras en Nicaragua.

El papa Francisco creo que diría que Fernando tuvo grandeza política, pues como dice en la encíclica Laudato Sí, la grandeza política se muestra cuando, en momentos difíciles, se obra por grandes principios y pensando en el bien común a largo plazo.

Y pensando en Fernando, no puedo dejar de pensar con tristeza en el país y en el mundo donde vivo al ver qué causas, qué le estamos ofreciendo a los jóvenes, quiénes están al frente con autoridad moral y quién piensa en el bien común a largo plazo. Y quizá, como escribía un compañero de Entreculturas en estos días, aunque algo se rompe con su muerte, se rompe para llenarnos todavía más de fuerzas y de esperanza. Si tuviera que poner rostro al día internacional de la justicia social, uno sería el rostro de Fernando Cardenal.

Pienso en el amor del nicaragüense por la poesía;
Y veo a Ernesto, el gran poeta
y a Fernando, puño en alto, libro abierto, abriendo los ojos de Nicaragua.
¿Cuántos ojos cerrados, ojos para quienes estaba negada la lectura
y la escritura; el mundo mágico de la poesía, de la ficción, de la ciencia, la
matemática se abrieron de par en par en esa, la más importante de las
batallas de la Revolución?

Extracto de poema “Los ojos de Fernando”, de Gioconda Belli, escritora y poeta nicaragüense