En estos días un video causó revuelo en redes sociales, a varios niños españoles, hijos de gitanos, se les pidió que buscaran en el Diccionario de la Real Academia la palabra ‘gitano’. Encuentran como sinónimo “trapacero“. Trapacero es el que con astucia, falsedad y mentiras trata de engañar. Estos niños, ante la cámara, dicen: “yo no soy trapacero”.

Nunca falta el chulo que nos pida prestado el teléfono móvil, siempre alegando una emergencia, y es sabido que si se accede, dicho fulano saldrá disparado dándose a la fuga y adiós smartphone. Cabe señalar que quienes hacen estas tropelías no son precisamente gitanos. Como bien dice un niño en el video: “otras personas pueden hacer eso”.

Los gitanos, en lo personal, no me han robado nada, si acaso el corazón (¡Olé!). Estoy muy agradecido con ellos por la fe que me han contagiado esta Semana Santa, especialmente a través de las costaleras y los costaleros. Tuve oportunidad de acompañar la procesión de su Cristo, que sale del Templo del Sagrado Corazón de Jesús rumbo al Sacromonte, en Granada.

Estas procesiones provienen de la época del Barroco, que tenía la intención de expresar la belleza y la fe para que fuera captada a través de los sentidos. Uno se enamora por las primera impresiones, ya luego vienen los razonamientos. Por eso es importante dejarse tocar por las imágenes, la música, el olor del incienso, el lento andar del paso, las emociones de la multitud y el canto de las saetas.

Los costaleros son quienes cargan la estructura que soporta al Cristo. Antes eran contingentes masculinos, hoy también hay mujeres. En la procesión que vi, las mujeres cargaron al Cristo, los hombres a la Virgen. De rodillas salieron del templo. Había una delicadeza en los movimientos para librar el arco de la puerta. Debajo de la estructura, entre costaleras y costaleros se escuchaban voces: “¡De aquí pal Cielo! ¡Por los que se nos han ido antes! ¡Vámonos pa´ la calle!”. Ya afuera, hacen breve pausa, suena el golpe del martillo y levantan al Cristo, el silencio rompe en ovación. La orquesta toca una marcha que eriza la piel. En muchas y muchos, detrás de lentes oscuros, escurren lágrimas.

Los costaleros no se ven, una tela los tapa, pero se escuchan sus gritos de ánimo. Estas voces se asemejan a las mociones del Buen Espíritu en tiempos de discernimiento (Ignacio de Loyola, EE [315]). Previo a tomar decisiones importantes, un barullo de voces internas nos invaden y a veces confunden. Hay que hacer silencio para escuchar la chispa divina que impulsa, que anima a no desfallecer, que apuesta por la esperanza aunque haya desesperanza, que anima a cargar la propia Cruz y dar la vida por lo mejor de la vida.

Platico y felicito a un jesuita que a sus casi 90 años acompañó esta procesión por más de 7 horas. Me comenta que entre los costaleros hay gente de muchas o pocas letras: jueces, abogados, estudiantes, trabajadores de varios oficios, etc. Pero cargando las imágenes, ahí no hay clases, todos son hermanos. Me cuenta que al final mientras conversaba con un amigo que esperaba a su hija (que a sus 19 años, por primera vez, era costalera), al llegar, le dijo a su padre: Sentí que cargaba a Dios. Emocionado evoca el abrazo que se dieron los tres.

Mientras la procesión entraba en el barrio gitano, frente a las peñas flamencas, desde los balcones se cantaba y alaba al Cristo –siempre con sangre en las manos-. Ahí los costaleros paran, hacen una pausa, y cuando vuelven a levantar al Cristo, avanzan despacio y se mecen -como si bailaran- al ritmo de la saeta, ese canto andaluz que hecha flores al Jesús de la agonía, que es la fe de mis mayores (dice la canción del Cristo de los Gitanos).

Felicitamos a un costalero, le decíamos que aunque ellos no se veían, en la procesión eran grandes protagonistas, pero nos corrigió: Protagonista es el que va arriba”.

Mi apoyo y agradecimiento al pueblo gitano.

@elmayo