Los Circunvaladores

¿Nos quedamos en los alrededores de la Vida? Hay quien rodea su vida pero no entra en ella, vive dándole vueltas pero no acaba de elegir entradas ni salidas, prisionero de la indecisión. Puede que la sensación de moverse parezca que uno vive e incluso puede circular muy deprisa para aumentar la sensación de estar vivo, pero dar vueltas no es viajar. Dar vueltas no es viajar. Hay quien pasa los años habitando las afueras de la vida y nunca entra de verdad.

Hay una leyenda urbana en las metrópolis, rodeadas por grandes circunvalaciones: existen automóviles que siempre están circulando por ellas, vehículos dando más y más vueltas sin parar nunca. Si uno pasa toda la noche en alguno de los muchos puentes que salvan dichas circunvalaciones, los verá pasar y también podría distinguirlos a la luz del día si lo permitiera la densidad del tráfico.

Sus conductores algún día entraron en la circunvalación para ir a algún sitio, pero hace mucho tiempo que olvidaron a dónde iban, sólo dan vueltas. Quizás se sintieron cautivados por el afán de coleccionar vueltas o se creen tiburones que no pueden parar de moverse, siempre en un continuo activismo. Sólo paran algunos instantes para echar gasolina, comer algo o dormir en alguna cuneta. Para ellos, todo lo que no sea movimiento es inútil, pura cuneta. Todo el mundo, sus conocidos, paisajes e incluso la propia ciudad han quedado convertidos en cunetas.

Quizás se perdieron y no saben cómo salir y si no paran nunca lograrán averiguarlo, pero lo último que harían sería parar: sería como reconocer que no saben ni dónde ni por dónde ir ni tan siquiera a dónde van. Algunos tienen tanto miedo de equivocarse de salida que se han olvidado de qué significa salir. Mientras estén en la circunvalación nunca se pierden. Quien da vueltas nunca se pierde, solo se pierde la propia vida.

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Se dice que el primer automóvil atrapado en la circunvalación fue uno de sus constructores, que quedó fascinado por la enorme hazaña de la Ingeniería que suponía aquella obra y tras la inauguración comenzó a circular rumbo a su casa pero nunca llegó. A ese primer automovilista se le conoce con el sobrenombre del Hámster, rodando en su rueca sin cesar. A él se sumaron más automovilistas perdidos, desorientados, neuróticos del activismo o los que no quieren llegar a ningún lugar. Pareciera que en su propio cuerpo hubiera una circunvalación que no les deja entrar en sí mismos.

Hay algunos que salieron de casa y no querían llegar al trabajo -se dedicaban a cosas a las que no hallaban sentido- y en vez de tomar la entrada de siempre a la ciudad la dejaron pasar y comenzaron a dar vueltas, sin saber qué otra entrada a la vida tomar. Incluso algunos de ellos llegaron al trabajo pero mentalmente siguen dando vueltas en la circunvalación mientras automáticamente hacen una tarea tras otra.

Y hay quienes al irse del trabajo tomaron el anillo y no querían regresar a su casa, gente sin hogar que no saben aún qué salida tomar: dando vueltas una y otra vez a la ciudad. Otros simplemente han perdido las ganas de vivir, les ha invadido la desgana de tomar ninguna decisión: prefieren vivir mal antes que molestarse en pensar en otro vivir.

Hay quien ya ha olvidado que existe la ciudad, la gente y la Tierra: sólo hay circunvalación. Sólo cuando sufren un accidente logran salir de allí. Hay especialistas que han denominado a esta afección el síndrome del foso: vivir en el foso del castillo. Pero no pocos han comenzado a pensar que quizás son pioneros de un nuevo modo de vida que es vivir en las circunvalación, que toda la geografía de cada ciudad acabará siendo un tipo de circunvalación en que todo fluya, todo se ponga en movimiento y nada pare.

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Hay expertos que dicen que el problema no son los circunvaladores sino quienes se empeñan en vivir desde el viejo paradigma de los lugares quietos, los viejos hogares, los conocidos como in-fluidos -que no fluyen- por las viejas tradiciones estáticas.

El espíritu de circunvalación no pertenece sólo a ese grupo de automovilistas sino que desborda y ha poseído a numerosos peatones y habitantes de la ciudad que deambulan por sus calles dando vueltas sin cesar o incluso están en su casa sentados en el sillón pero no dejan de dar vueltas sin entrar en la familia que vive con ellos.

Grupos de gente inquieta sale en las noches a gritarles desde los puentes para advertirles que sólo están dando vueltas. Pintan largas sábanas para avisarles de la próxima salida. Ya no importa si es la mejor salida, lo urgente es que tomen alguna desde donde comenzar a caminar de nuevo a su hogar.

Otros grupos más radicales creen que lo que está mal es toda la señalización que ha puesto la sociedad y hacen grafitis para ayudarles a orientarles o hacen murales chocantes para que su conciencia despierte y salgan de su obsesión o desgana.

Y hay otros que simplemente se han bajado a las cunetas y han puesto allí puestos en donde los circunvaladores puedan descansar, perder el miedo a parar, hablar. ¿En dónde estoy yo? ¿En dónde estás tú?

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