Los algoritmos contra Trump

El presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, publicó el pasado 28 de agosto un tweet en el que acusaba a Google de manipular los resultados de sus búsquedas para dar mayor visibilidad a las noticias críticas con él. Afirmaba que “Google y otros están suprimiendo voces conservadoras y escondiendo información que es buena”. En el mismo tweet señalaba directamente a un importante medio de comunicación americano como “fake” asegurando que ese medio recibe un trato privilegiado en los resultados de Google.

El tono del mensaje, coloquial y alejado de lo institucional, merecería ya una crítica severa. En cuanto al contenido, que incluía una amenaza explícita—”este es un asunto muy serio que vamos a afrontar”—, resultaría insólito en un presidente del gobierno, pero Trump nos ha acostumbrado ya a este tipo de andanadas. No voy a extenderme en comentar las peligrosas frivolidades de un presidente norteamericano, cuyos daños potenciales en el debate público a nivel mundial creo que están en parte controlados por su absoluto desprestigio: está claro que es un misógino y racista impulsivo, e incluso algunos de sus colaboradores confiesan ya que no es una persona a la altura de su cargo.

Pero dicho esto, conviene recordar que Trump apunta también a un debate muy legítimo sobre el papel que plataformas como Google desempeñan en la conformación de la opinión pública. El congresista Ted Lieu, del partido demócrata, respondió a Trump que cualquier restricción a Google violaría el principio de libertad de expresión recogido en la Constitución de los EEUU, e ilustraba la idea con el siguiente ejemplo: “Google tiene derecho, por ejemplo, a priorizar videos de gatos bonitos sobre las diatribas excéntricas de Alex Jones” (un comentarista de ultraderecha muy conocido en EEUU al que han censurado en algunas plataformas).

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Me parece que el argumento no es válido, porque el buscador de Google no es un medio de comunicación cualquiera. Google afirma que su objetivo es que encontremos a la primera lo que buscamos al introducir palabras en su servicio. En ese sentido, Google se presenta como un simple mediador eficaz no interesado en nuestras búsquedas, neutral entre las diferentes visiones, opiniones, ideologías, religiones, etc.

El algoritmo que determina los resultados de Google se mantiene en secreto, aunque se sabe que incluye una variedad de factores: la frecuencia con la que está vinculada esa página en otros sitios, el uso de palabras clave, la popularidad, el historial de navegación de quien hace la búsqueda, etc. Lo cierto es que cualquier usuario de Google puede acreditar que el algoritmo funciona bien: aquello que buscamos no suele estar lejos de las primeras posiciones en los resultados de nuestra búsqueda. Ahora bien, sin caer en teorías de la conspiración apocalípticas, resulta legítima la preocupación por el poder que atesoran compañías como Google y Facebook, en situación de monopolio de facto a nivel mundial y cuyos algoritmos podrían orientar la opinión de la población mundial en un sentido u en otro.

Ante esta realidad, los ciudadanos deberíamos aspirar a que estas empresas cumplan con los mayores niveles de transparencia que sean compatibles con su negocio. Podemos entender que los algoritmos sean secretos, ¿pero no deberían compañías como Google o Facebook rendir cuentas ante las instituciones acreditando que no están introduciendo ningún sesgo en sus servicios? La Unión Europea ya ha sancionado a Google por la colocación en posición privilegiada de la información publicitaria, pero ahora hablamos de algo mucho más complejo y difícil de juzgar, salvo que las empresas trasladen a un supervisor su información más sensible, sus algoritmos, de forma que estos puedan ser auditados. Las autoridades reguladoras de las comunicaciones y la competencia saben trabajar con información protegida por las leyes de la propiedad intelectual, no se entiende porque no pueden los algoritmos recibir el mismo tratamiento.

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Trump sugiere que lo van a abordar y sería una magnífica noticia, si no fuera porque al presidente de los Estados Unidos solo parece preocuparle lo que casi todo el mundo está diciendo de él. En Europa no existe legislación al respecto. Entre los líderes europeos Emmanuel Macron es quien más claramente apoya presionar a las compañías privadas para que sean más transparentes con sus algoritmos, y en el parlamento europeo existen voces receptivas. Parece una buena idea que no lo dejemos en manos de la Casa Blanca.

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