Los abogados asesinados el 24 de enero de 1977

Abrazo

Por: Francisca Sauquillo. Ex-senadora. Ex-eurodiputada Presidenta del MPDL

El 24 de enero se cumplen 38 años de la “matanza de Atocha”. Tal efeméride invita a ahondar sobre su profundo significado, ya que el asesinato de aquellos abogados y todo lo que rodeó su entierro, en medio de una desconocida y multitudinaria manifestación de duelo, tuvo la virtualidad de descubrir y sacar a la luz, aspectos de la realidad social y política española desconocidos, hasta entonces, para la opinión pública.

Ante el Palacio de Justicia de Madrid todos vimos, con nuestros propios ojos, que en España, en la calle, se había producido ya un cambio real que estaba pidiendo audacia a los responsables del Gobierno de la Nación para tomar las decisiones que hicieran posible el paso del viejo régimen a la democracia.

La intolerancia y el fanatismo de unos asesinos que en pleno centro de Madrid, en un despacho laboralista, donde estaban unos jóvenes abogados que defendían a los obreros, que eran también defensores de las Asociaciones de Vecinos que se habían creado en la periferia que rodeaba Madrid donde existían miles de chabolas, y que, además, eran comunistas, fue para los asesinos el pretexto para cometer esta espantosa atrocidad de cinco muertos y cuatro heridos, que se salvaron de casualidad, por un bolígrafo que lo impidió, por estar debajo de un fallecido, etc.

En el drama de Atocha hay bastante más que una nómina fría a efectos estadísticos. Todos éramos amigos, todos estábamos embarcados en una apasionante aventura compartida por una sociedad más justa y democrática, donde la revancha y el fanatismo debían desaparecer. Los que perdieron la vida, como Luis Javier Benavides, Enrique Valdevira, Serafín Holgado y Leal y mi propio hermano Javier Sauquillo y los supervivientes, Lola González Ruiz -mi cuñada-, Alejandro Ruiz Huertas, Luis Ramos y Miguel Saravia, estaban defendiendo a los más necesitados y humildes y reflexionando sobre un movimiento de barrios que querían que cambiara la realidad social de aquel momento. En muchas ocasiones coincidían con sacerdotes obreros y parroquias que entendían y comprendían a sus vecinos y apoyaban la defensa jurídica de estos jóvenes abogados, que venían de sus despachos del centro de la ciudad para apoyarles.

Los movimientos vecinales de estos años setenta fueron un instrumento vertebrador de la sociedad civil, fomentaron la solidaridad, la reivindicación de las libertades y desarrollaron mecanismos de educación cívica y política de los vecinos.

Ya
La noticia del asesinato en el diario “Ya”

Ese fatídico día 24 de enero, mi hermano Javier y mi cuñada Lola venían de Móstoles de atender la Asociación de Vecinos, cuando, en vez de irse a descansar, fueron al despacho de Atocha, donde habían quedado con otros abogados que trabajaban en el movimiento vecinal, y allí estaban cuando fueron asesinados o heridos por unos ultraderechistas que se resistían a las libertades en España, sin hacer, ninguno de los asistentes, resistencia alguna a esos tres fascistas que entraron a matar a las personas que hubiera allí, sin conocerlos; solo querían crear el horror y la desolación.

La reacción popular, la del Colegio de Abogados de Madrid que exigió y, tras muchas vacilaciones del Gobierno, consiguió que la capilla ardiente se instalara en el Palacio de Justicia y el entierro multitudinario, consiguió que su muerte abriera la puerta a un horizonte nuevo, el de una España democrática, donde escasamente unos meses después se legalizaría a los partidos políticos ilegales, como el PCE.

Traigo aquí las palabras de Federico García Lorca, cuando dijo: “En este momento dramático del mundo hay que llorar y reír con el pueblo. Hay que dejar el ramo de azucenas y meterse en el fango hasta la cintura para ayudar a los que buscan las azucenas”.

Sus muertes contribuyeron a la Transición española, cuyos frutos hoy todas y todos conocemos.

Los acontecimientos ocurridos en París, el pasado 7 de enero, les ha recordado a muchas personas, lo que sucedió en la matanza de Atocha.

Imagen 1: “El abrazo”, de Juan Genovés

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