Lo que los turistas “sí” ven… Por Fonfo Alonso-Lasheras, sj

Brasil tiene lugares realmente espectaculares para visitar por su belleza natural. Además de un buen clima y bonitas playas plagadas de cuerpos esculturales con poca ropa, sus ritmos, su gastronomía y su, por encima de todo, hospitalidad, le hacen un país destino de miles de turistas. Aquellos que buscan más biodiversidad encuentran en la cuenca amazónica, en las cataratas de Iguazú o en otros muchos lugares destinos idóneos. Los que disfrutan de la cultura más “mestiza” y las buenas playas lo encuentran en Salvador de Bahía o Fortaleza. Quienes quieren más arquitectura y urbe, se dirigen a São Paulo. Y los que no quieren privarse de nada viéndolo todo junto, pueden encontrarlo en algunos lugares como Río de Janeiro. Todos esos lugares componen diferentes rostros, todos muy atractivos, de un país rico en casi todo: fauna, flora, gastronomía, música, religiosidad, razas, culturas, ritmos, deportes, lenguas, hospitalidad, alegría, fiesta… ¿Qué más se puede pedir?

Pues sí que hay algo más. Algo que de partida no sería una “riqueza” pero que, sin embargo, se está convirtiendo en ello. Me refiero a la desigualdad. Brasil es uno de esos países que destacan y sobrecogen por sus tremendas desigualdades sociales (creo que junto a la India, África del Sur y algún otro). Digo que se está convirtiendo en una “riqueza” no sólo porque, como ocurre en todos lados, los más ricos van sacando “tajada” a costa de los pobres, sino porque también en varios lugares las famosas “favelas” se han convertido en un escaparate turístico añadido. Toda ciudad brasileña tiene en su periferia, o en zonas de su interior, barrios marginales. Evidentemente, el contraste es chocante y suscita algo de incomprensión e inconformidad. Tal es así, que en núcleos urbanos como Río, las “favelas” situadas en las laderas de los morros quedaron atrapadas por el crecimiento de la ciudad, de modo que con el tiempo han pasado a ser parte del atractivo turístico, especialmente después de sus tan divulgadas “pacificaciones”. En ellas, el clásico ladrillo “a vista” fue pintado de colores varios siendo objeto de las típicas fotos y cuadros que compran los turistas a los artistas locales. Tampoco faltan los Favela Walking Tour que por 40€ te pasean por dentro de la mismísima Rocinha para que puedas ver cómo viven los “pobres” y tirarte unos cuantos selfies con sus “vergüenzas” al aire.

Hay algo en todo esto que no me termina de convencer. No creo que a nadie le guste que le visiten y turisteen sus calles para destacar y remarcar sus pobreza. Supongo que hay un punto en la dignidad de toda persona que mueve a sentirse incómodo cuando vienen a tirar fotos de tu casa porque está terriblemente mal construida sobre una ladera vertiginosa; de los postes de la luz donde cientos de cables pelean por conseguir un hueco del que extraer algo de electricidad para el hogar; de las ropas personales e íntimas dispersas por la calle buscando un lugar para secarse; o cualquier otra intimidad que destaque porque en las calles de los ricos ya no se ven estas cosas.

No digo con esto que no haya nada que ver en una favela, ¡¡¡al contario!!! Éstas pueden ser, en muchos sentidos, los lugares más bonitos de Brasil, pero no porque llame la atención lo que no tienen sino lo que sí que tienen. Es conocido que la alegría, la acogida, la hospitalidad y la generosidad de los que menos poseen acostumbran a ser muy superiores a la media. Además, si se abren los ojos del corazón en vez de los de la cámara fotográfica, puede descubrirse una ingente cantidad de vías de expresión que hablan de las cosas más profundas y espirituales de la vida. Me refiero a músicas, cantos, bailes, juegos… todo aquello que les sale de lo más hondo y que se sobrepone con “palabras” de amor y esperanza por encima de las pobrezas, drogas, violencias y sufrimientos que ciegan a los turistas.

Termino con una imagen, la de cientos de “pipas” (cometas) que pueden verse flotando sobre las favelas y que son el sencillo medio de expresión de jóvenes y niños que a través de dos palos, una bolsa de plástico y un rollo de hilo bien largo, nos permiten asomarnos, ojalá no sólo como meros turistas, al mejor discurso sobre la esperanza. No hay más que ver sus ojos y sus sonrisas.