Por Malena Viniegra Mesa. México D.F.

Cuando se me invitó a escribir en este blog sobre mi experiencia de mamá, lo primero que sentí fue un poco de rechazo, ya que me parece un tema absolutamente trillado y comentado, tanto por expertos, como por inexpertos, así como por madres felices y radiantes, como por madres agotadas y preocupadas, o psicólogos especialistas en el tema, que no son madres, claro. Pero después de pensarlo un poco, me animé a compartir lo que para mí ha significado ser mamá.

A mis 40 años de edad, siendo una madre mexicana, (escandalosa, mitotera y exagerada, como solemos ser las mexicanas) con un trabajo de docente de 7 a 3 pm y de cierta manera moderna, tengo algunas experiencias que me han hecho hasta el día de hoy, estar infinitamente agradecida con Dios por esta bendición en mi vida. Y cuando digo bendición, no quiero que suene a la cursilería tipo anuncio de jabón para la ropa, en donde todo es perfecto y huele a flores permanentemente; no, no deseo eso, lo que quiero trasmitir, es la bendición que ha sido para mí encontrarme conmigo misma, con quien verdaderamente soy, sin tapujos, tanto con áreas de luz como de sombra y son las segundas, las que realmente más trabajo me ha costado aceptar.

Definitivamente, ser madre de una hermosa adolescente de 14 años, un pequeño filósofo de 12 y una linda hiperactiva de 9, en varias ocasiones me ha llevado al límite de la locura, en donde los gritos, pleitos y necedades ha estado presentes, ya sea por mí, por mi marido o entre hermanos.

En fin, volviendo a eso del autoconocimiento, quiero compartir que ha sido un camino lento, y del que hace relativamente poco me acabo de dar cuenta. Después de escuchar a las maestras de mis hijos, si, de cada uno de ellos, porque han de saber que soy de esas mamás conocidas por todo el personal escolar, y no porque mi hijo sea el abanderado o por que mis hijas ganen premios, no, soy mas bien conocida por la cantidad de veces durante un ciclo escolar que tengo que ir a sentarme y escuchar la barbaridad que hizo uno, o las malas calificaciones del otro, o la mala decisión que metió en problemas al otro, (ni modo, consecuencias de tener a los hijos en escuelas personalizadas) en fin, después de una de esas largas sesiones en el que básicamente no nos queda de otra a mi marido y a mí, que bajar la cabeza, asentir, avergonzarse y apoyar la decisión del colegio, ya que, definitivamente mis hijos no son perfectos; pues regresé muy angustiada a mi casa con muchas interrogantes y con unas ganas enormes de echar el tiempo atrás y acordarme cuándo fue el bendito día que se me ocurrió que ser mamá iba a ser lo mejor de mi vida.

Pues llevaba unos días en eso, cuando de repente me ví, vi mi pasado escolar ahí, frente a mí y tuve que bajar la cabeza, reconocer a mi ego lastimado y recordar que, tampoco mis papás iban a recoger el premio de mate o a presumir la monada de hija que tenían, ¡no!, es mas, como un deyavú caí en la cuenta de que ellos no la pasaron del todo bien conmigo y que yo disto mucho de ser la hija “ideal” que, yo creía que les hubiera gustado tener.

Así que, me dí a la tarea de solo ESCUCHAR a mis hijos, de verlos SIN JUZGARLOS y el resultado ha sido hermoso, porque pude ver en ellos, mucho de mí; mucho de aquello que no me hizo la mas feliz en mi infancia, porque yo también fui muy traviesa, con cero habilidades matemáticas y cómo me costaba aprender inglés; ¡ahhhhh!, pero también me gustaba tener amigos, jugar todo el día, hablar sin que la maestra se diera cuenta que era yo; de salir a la calle, moverme, disfrutar y no hacer la tarea con mucha calidad. Por lo tanto, he tenido que aceptar, que un manzano, no da peras, o por lo menos no en mi caso.

Así que, después de esta introyección o como diría San Ignacio, “moción del espíritu”, lo que he decidido hacer, porque mis padres así lo han hecho conmigo es: AMAR incondicionalmente a mis hijos y a mi misma. Pero por sobretodo, poner en manos de mi Padre Dios su vida, soltar mi “control” sobre sus personalidades y hacer todo lo que este en mis manos, para que se conviertan en unas personas de bien, que construyan una mejor sociedad, sean honestos y responsables, que se amen y respeten de tal manera, que no caigan en las drogas, en la corrupción, ni en nada que los denigre a ellos ni a sus hermanos. Que con amor, podamos acompañarlos en su caminar y su vida, para que aprendan a conocerse a ellos mismos, trabajen en su potencial y en sus cualidades y logren sentir en sus vidas el amor infinito de Dios, que lo único que Él quiere, es que seamos felices y plenos, NO PERFECTOS.

Así que estoy lista para acompañar a mis hijos en la cantidad de veces que se van a equivocar y en la cantidad de veces que yo también me voy a equivocar en educarlos,pero con la enorme convicción de que con AMOR, ESCUCHA, ACEPTACIÓN, PERDÓN Y FÉ, lograremos SER y HACER eso a lo que hemos sido llamados. Gracias.