La estética del miedo

Un grupo de personas camina con las manos en la cabeza mientras es evacuado de Borough Market, el área londinense donde minutos antes, tras estampar una furgoneta, tres individuos habían apuñalado a quienes se cruzaban en su camino. Los rostros de los evacuados, especialmente el de la mujer que aparece en primer plano, muestran la tensión del instante. Llama poderosamente la atención  el gesto de las manos en la cabeza. Un gesto que se asocia naturalmente con la detención. La mujer , sin embargo, al igual que el resto de personas que aparecen en la imagen no está  detenida. es simplemente una ciudadana.

Esa misma noche,  aproximadamente a la misma hora,  en la Plaza de San Carlo, en Turín, una falsa alarma de bomba desata el pánico entre las cerca de 30.000 personas que se habían dado cita  para ver la final de la Champions. Más de mil  resultan heridas de diversa gravedad como consecuencia de la estampida que se produce

Uno y otro suceso  acontecen tan sólo doce días después del atentado en el Manchester Arena, que acabó con la vida de 22 personas, muchas de ellas adolescentes. Sin embargo, este hecho ya ha sido eclipsado por el reciente de Londres, más cercano en el tiempo e igualmente emotivo. el cual será a su vez eclipsado por el próximo atentado que en el peor de los casos se llegue a producir.

Y mientras tanto los ciudadanos del otrora “bloque occidental” vivimos con estupefacción, incredulidad y profundo desasosiego esta nueva realidad de convivencia cotidiana con el terror como algo que ya no  sucede a miles de kilómetros de nuestros hogares sino  algo que puede ocurrir en el centro comercial al que nos hemos desplazado, en el aeropuerto o la estación donde tomamos el avión o el tren , en el mercadillo de navidad donde compramos las figuritas para el belén, en el paseo marítimo donde nos tomamos un helado o en el concierto al que asistimos. La brutalidad y las formas primitivas en las que se ejerce (con un cuchillo, con una furgoneta…) remiten también a esa cotidianidad y facilidad para hacer daño al alcance de cualquiera.  El miedo se ha metido en nuestro día a día y mucho me temo que para quedarse , porque  a pesar de los eslóganes repetidos  hasta la saciedad  de que los valores de nuestra civilización -esgrimidos como si fueran únicos, superiores y universales- prevalecerán ante la barbarie, lo cierto es que en su rutina diaria, silenciosamente, los ciudadanos empiezan a cambiar actitudes, a modificar comportamientos mientras una  estética defensiva de vallas con púas, policías armados hasta los dientes, cámaras por doquier, helicópteros sobrevolando nerviosamente los centros de las ciudades, registros tediosos en las terminales de los aeropuertos, va haciéndose más familiar y va desanimando al vecino y la vecina, a encontrarse  con el otro en las calles y plazas, en los mercados y lonjas, en las escuelas y en los parques y a encerrarse…deprisa en casa, único lugar seguro.

Si la  pérdida de relación con el otro, con el distinto, en los espacios comunes de convivencia es la primera víctima colateral del miedo. También lo es la pérdida de todo discurso público en pro de la acogida al otro, del encuentro, del respeto por la diversidad, del enriquecimiento mutuo, de los Derechos Humanos. No es de extrañar que en este contexto Theresa May se atreva a afirmar que cambiará las leyes de derechos humanos que impidan combatir el terror”. Resulta paradójico que  para supuestamente defender una civilización se busque acabar con los derechos que la sustentan.

Sin el encuentro con el otro en los lugares públicos y comunes, y sin un marco de derechos humanos reconocido y respetado, la ciudadanía está en peligro de muerte. Ya estamos viendo las orejas al lobo con los exabruptos de Trump, sus ataques al alcalde de Londres, la retirada de EEUU del acuerdo de París, las políticas de recepción a los refugiados  Asistimos al resurgimiento y empoderamiento de  figuras como Orban, Putin, Erdogan que en sus discursos y actitudes transmiten que la impunidad absoluta les protege hagan lo que hagan y digan lo que digan. Las calles, desalojadas por una ciudadanía replegada empiezan a ser ocupadas por quienes apoyan valores esencialistas y antidemocráticos.

¿Dejaremos que siga sucediendo? en el próximo post reflexionaremos sobre la ética del miedo. Un oximorón sobre el que merece la pena detenerse.

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