José Luis Graus.

A la cuestión ecológica podemos acercarnos desde muchos lugares, pero en cualquier caso todos ellos -posiciones, argumentos, movimientos…- necesitan una misma cosa: un corazón convencido y convertido. Es en este aspecto en el que quiero centrarme, pues en este momento es el que entiendo como más importante, sin restar valor al resto de cuestiones que promueven un cambio en nuestro ser y hacer cada vez más ecológico.

La globalización, que nos aporta muchos aspectos positivos, trae consigo la trampa de empequeñecernos y, haciéndolo, nos resta energía y creatividad. Nuestras acciones pueden parecer insignificantes e incluso ridículas. Sin embargo, cada pequeña acción en pro de un mundo mejor no hace sino engrandecer toda la humanidad. El camino por sendas más ecológicas sólo se puede transitar con pequeños pasos y, si pudiéramos escudriñar ese camino con una visión especial, podríamos darnos cuenta de que son muchísimas las personas que cada día aportan los pasos pequeños, pero necesarios, para construir este gran camino de un mundo mejor, sostenible, cuidado, respetado y para todas las personas.

Nos toca vivir tiempos ambiguos. Nunca una realidad tan conectada ha estado tan fragmentada: globalización y división caminan de la mano. Eso, en lugar de paralizarnos, debe ser oportunidad en la búsqueda en la que andamos.

El papa Francisco, en su encíclica Laudato Sí (LS), dedica el punto tercero del capítulo sexto a esta cuestión. Conversión ecológica lo llama. Me parece importante esta aportación, ya que pone el foco en un lugar oculto: nuestro corazón, nuestra interioridad. En lo pequeño y frágil, pero en lo más potente si obramos con convencimiento: un corazón convertido a la ecología, y una ecología integral como él mismo propone en el capítulo cuarto, es el arma más importante para abordar con esperanza el cuidado de la casa común.

hojaEn ocasiones nos centramos más en hacer cosas, y es verdad que hay que hacerlas, y muchas, pero no prestamos tanta atención a desde dónde las hacemos. Corremos el riesgo de caer en las redes del consumismo, pero en esta ocasión disfrazado de “eco-consumismo”. Y la cosa no va de eso.

Benjamín González Buelta lo expresa muy bien cuando dice (LETRA PEQUEÑA, La cotidianidad infinita. Sal Terrae, colección Pozo de Siquem 142, 2015. Pág. 12): “Nos ponemos con gusto sobre la piel una camisa elegante, pero no tenemos memoria para los dedos de la mujer que recogió el algodón con una dignidad infinita por un sueldo de subsistencia.

Este pequeño gesto está determinando como y desde dónde vivimos. Consumir lo necesario y no más. No consumirlo a cualquier precio, ni de cualquier modo. Consumir tratando de reconocer qué es lo que hay en el origen del producto. Cuando nuestro corazón tiene el regalo de poder vivir convertido, todas estas cosas empiezan a cobrar importancia y valor. Y es en ese momento en el que empezamos a convertirnos en una pequeña gran superpotencia, nuestros actos son armas poderosas de construcción masiva de una realidad mejor.

Acciones que emergen de un corazón convertido y que en sí mismas tienen un valor infinito, aunque nadie las aprecie. Acciones que se suman a millones de acciones de otras tantas personas. De hecho, el Papa (LS nº 219), afirma que “la conversión ecológica que se requiere para crear un dinamismo de cambio duradero es también una conversión comunitaria”. No es sólo la suma de acciones lo que creará una realidad mejor, sino la común unión de cientos, de miles de corazones convertidos, la que hará posible un cuidado integral y respetuoso de nuestra casa común.

Somos pequeños, en muchas ocasiones invisibles, pero sin duda, con nuestro corazón convertido, somos la mejor y la mayor “pequeña gran superpotencia” que puede trabajar cada día por una realidad mejor para todas las personas y, especialmente, para aquellas que lo necesitan más.

Imagen principal tomada de http://imagenes.4ever.eu/naturaleza/plantas/treboles-158351