¿Qué es lo específicamente cristiano en la participación pública, en la política?

Van algunas reflexiones originadas en una charla de José Ignacio García, jesuita y director del Jesuit Refugee Service Europe, organizada hace pocos días por la APA del Colegio Nuestra Señora del Recuerdo de Madrid. La conferencia fue muy sugerente, pero no voy a reseñarla aquí, ni siquiera a comentarla, sino a pensar a partir del esquema de José Ignacio. No podría distinguir bien sus ideas de las mías, aunque sospecho que todo lo esencial se debe a él

La espiritualidad cristiana de la vida pública incluye tres elementos característicos tomados juntos:

  1. Una gran atención afectiva e intelectual a los lugares sociales donde se manifiesta el mal: la pobreza, el pecado y la destrucción de lo humano.
  2. La búsqueda incesante del paso de Dios por la historia, de sus huellas en el espíritu y la acción de las personas incluso en medio de las peores situaciones y procesos.
  3. Un discernimiento de qué será mejor hacer, personal y colectivamente, separándonos de nuestro “propio querer e interés” para contribuir a la acción de Dios en la historia.

Estos elementos están en la espiritualidad cristiana desde el principio. Se leen claramente en el Evangelio, rebrotan una y otra vez en la Tradición, se encuentran en la espina vertebral de la DSI.
Mil veces repetidos, no son sin embargo nada obvios, ni siquiera para los cristianos:

  1. Por la limitación de nuestras capacidades cognitivas, tendemos a fijarnos más en aquello que nos afecta directamente y ahora. De manera muy legítima e intuitiva, lo primero de nuestra acción se encamina a producir un entorno habitable y estable para nosotros y los nuestros.
    A menudo también es lo único que hacemos; en ello se agotan nuestros afanes prácticos, porque procurar y asegurar un micro-entorno vivible toma mucho esfuerzo. Y más esfuerzo toma en la medida en que la economía nos hace requerir más elementos como necesarios para ese micro-entorno (la codicia), y la volatilidad de un mundo tan complejo hace que nada nunca esté suficientemente asegurado (el miedo). Al final, sentimos con facilidad que desentendernos de la suerte de los otros constituye una forma de defensa propia.
    Por otra parte, el mundo es muy grande, hay muchas desgracias de todo tipo, y ponerse sistemáticamente del lado de quienes las sufren parece conducirnos a una suerte de lamentación sin remedio. Mejor ni pensar mucho en ello: rompe nuestra “paz mental”, nos conduce al desaliento de un pesimismo cognitivo. Sobran los profetas de desgracias.
  2. Y es verdad que sobran. Por eso el segundo punto es tan importante como el primero en la espiritualidad cristiana. La mirada solo puede sostenerse sobre las desgracias que no nos afectan directamente, si además ve la acción de Dios en medio de ellas incluso en lo más difícil. El encuentro con Dios es fuente inmediata de consolación. “Amar a Dios en todas las cosas, y a todas en Él” significa no solo salir a su encuentro en lo grato, ni siquiera también en lo doloroso que nos toca directamente, sino en todas las cosas, en todas las personas, en todas las situaciones y procesos.
    Implica participar en la mirada de la Trinidad sobre el mundo y las personas que lo pueblan. El encuentro con Dios barre el pesimismo cognitivo, pero no lo sustituye con optimismo sino con sentido. El sentido de nuestra acción, personal y política, es ser instrumentos de la acción de Dios en el mundo. Queremos llevar adelante su Reino, pero no pretendemos llevarlo a cabo. Los planos los tiene Él y solo le pedimos que entre en nuestra casa y nos asocie a la tarea que el Espíritu desarrolla en el mundo. Queremos ser sus discípulos, personal, comunitaria y políticamente; seguirle por los caminos que Él esté andando ahora: vivir con Él, anunciar el Evangelio, expulsar demonios. (Mc 3,14-15).
  3. ¿Cómo se hace ello en cada momento histórico, desde nuestra situación en la vida con sus posibilidades y limitaciones? El tercer punto, el del discernimiento, es el más complicado: definir nuestras decisiones y acciones concretas para que contribuyan a la acción de Dios en el mundo. Vincular lo micro con lo macro.
    El mundo de las personas, individual y colectivamente tomado, es tan complejo que estamos lejos de haber descifrado esa vinculación. Nadie la ha descifrado, de hecho. Los grandes bancos centrales, con todos sus datos sobre la economía y todos sus departamentos de estudios, no atinaron a predecir la crisis de 2008 ni siquiera en 2007. Nuestra ciencia social, casi por principio, querría estudiar la sociedad como un mecanismo, pero no lo es: ni siquiera un mecanismo muy complejo regido por leyes oscuras de psicología social, intereses e identidades. La variabilidad moral de la gente, que incluye la libertad por la que las personas son en parte producto de sí mismas, rompe sistemáticamente la pretensión mecanicista.
    Sobre cómo funciona el mundo, la espiritualidad cristiana no tiene mucho que decirnos. Se limita a apuntar nuestra mirada hacia los que sufren y a pedirnos que nos despojemos del sesgo cognitivo que hace que “lo bueno” equivalga a “lo bueno para nosotros”. Se opone de raíz a cualquier “moral del éxito”, que es nuestra moral más intuitiva.
    En términos de San Pablo, el discernimiento requiere una kenosis. Ella nos permite plantearnos la pregunta de qué será mejor hacer; sostener esa pregunta porque en ella nos encontramos con Dios, liberados de nosotros mismos, de nuestros intereses y preferencias, liberados incluso del apego a nuestras mejores respuestas del pasado.
    Pero no nos da la respuesta. Ella debe ser discernida entre todos, cada uno desde la mirada y con la luz que su posición le otorguen, en un ejercicio de inteligencia colectiva que debe realizarse incesantemente.

Por eso tiene sentido ‘dialogar en las fronteras‘: porque la fe nos lleva a preguntas sobre lo mejor en este momento de la historia, sobre las que queremos buscar respuestas con las luces de todos. La fe nos lleva a una manera de preguntarnos que no da como resultado poner un cajón sobre el que predicar nuestras respuestas, sino enriquecer nuestras hipótesis con las de otros que acepten ayudarnos en este discernimiento, buscando concluir juntos en lo mejor, para hacerlo.