Sobre linchamientos digitales: consecuencias de estar en redes sociales

Linchamiento digitales y justicia
Linchamientos digitales

Llevo varios días dándole vueltas a un tema que me genera sentimientos enfrentados: los linchamientos digitales. Se trata en definitiva de la excesiva exposición que, consciente o inconscientemente, tenemos todos como consecuencia del uso que hacemos de las redes sociales, y los efectos que la opinión pública pueda tener en nosotros.

El detonante

La chispa que prendió el problema en mi cabeza fue el tuit publicado el pasado 5 de septiembre por la política Inés Arrimadas denunciando las declaraciones y ‘malos deseos’ que una señora le dedicó a través de Facebook:

En cuanto vi su tuit no pude evitar compartirlo. En seguida se me vino a la cabeza lo que en su día hablábamos sobre el odio en Internet.

A lo largo de ese día pude comprobar que, en la mayoría de los casos, la gente mostraba su apoyo a la política ante semejante agresión. Sin embargo, esa misma noche topé con un artículo de Juan Soto Ivars, columnista de El Confidencial, titulado La tremenda irresponsabilidad de Arrimadas en Twitter.

A modo de resumen, el autor venía a decir que Arrimadas no se había parado a pensar lo que iba a hacer en el momento en que publicó su tuit y que, debido al alcance y proyección que tiene como persona pública, el hecho de dar visibilidad a esa señora había provocado toda una serie de reacciones en contra de ella, exponiéndola a un linchamiento digital público que, según Soto Ivars, en el caso de haber manejado la situación con más templanza y responder a dicha señora de modo privado, habría evitado a esta el escarnio público que finalmente sufrió y que tuvo como consecuencia más destacada su despido de la empresa en la que trabajaba.

Desgranando la reflexión

Me gustaría resaltar aquí algunas de las afirmaciones o incisos que hace Soto Ivars en torno a la polémica. Para empezar, destaca la poca repercusión del mensaje de la señora en caso de no haber sido compartido por Inés Arrimadas:

‘Una mujer, cuyo nombre no pienso reproducir aquí, había escrito en su perfil de Facebook, de nula repercusión, que ojalá violaran a Arrimadas en grupo. Por lo visto, la señora estaba viendo una tertulia en la tele y Arrimadas dijo algo que no le gustó. La señora, ni corta ni perezosa, publicó esa burrada en su Facebook. Acababa de cavar su tumba.’

Esta última frase del autor viene a decir que el propio acto de la señora lo condenó. Pero, ¿por qué? ¿Fue por su imprudencia o lo desacertado de su comentario, o por el hecho de ir dirigido a una persona pública?

Sigamos con el texto de la columna:

‘Lo que puso esa señora es horroroso, desde cualquier punto de vista. Pero Inés Arrimadas ha cometido una tremenda irresponsabilidad. Una persona con un cargo político, gran influencia y nada menos que 171.000 seguidores en Twitter debería saber cómo se prende una hoguera, y cuáles son las consecuencias de prenderla.’

Creo que aquí reside el primer error del autor: pasar la responsabilidad de lo ocurrido a Inés Arrimadas. Si esa señora no hubiese escrito semejante barbaridad, Arrimadas nunca habría compartido su tuit.

Este tema concreto, el del traspaso de la responsabilidad, me recuerda lo ocurrido a raíz de los atentados de Barcelona y Cambrils cuando, tras los primeros días -pocos- en los que todo fue unión y denuncia del terrorismo, comenzaron a aflorar voces reivindicando que parte de culpa la teníamos nosotros como sociedad al no haber sabido evitar las causas del integrismo de los terroristas. No puedo estar más en desacuerdo: la culpa de todo lo ocurrido es exclusivamente de los terroristas. De nadie más.

Tras acusar a Arrimadas de su impulsividad, Soto Ivars expone los motivos de esa acusación:

Si Arrimadas quería desahogarse, cosa comprensible, debería haber ocultado la foto y los apellidos de esa mujer. Cuando publicó su nombre y sus apellidos, la diputada echó a una desconocida al sistema de justicia paralela más cruel del siglo XXI: la ira de las redes, el enjambre donde una gota de odio produce un tsunami y donde el castigo por cualquier crimen, real o falso, es imposible de controlar.

Es decir, Arrimadas debería haber elegido la vía de lo privado y zanjar el problema sin necesidad de denunciarlo abiertamente en las redes.

El artículo continúa en su exposición de las motivaciones de Soto Ivars para responsabilizar a la política de las consecuencias sufridas por una persona anónima. Pero pararemos aquí, en el enlace de más arriba podéis acceder al texto completo.

Libertad y responsabilidad son cara y cruz de la misma moneda

Esta frase que tantos pensadores han expuesto a lo largo de la historia del pensamiento y la filosofía de maneras similares, define para mí la cuestión central del tema que tratamos.

En una sociedad en la que, con mucha lucha, hemos conseguido alcanzar una gran cantidad de derechos para el hombre y la mujer, lamentablemente nos hemos acostumbrado a exigir nuestros derechos a diestro y siniestro, olvidándonos muchas veces que también tenemos nuestros deberes como ciudadanos, y que parte de esos derechos alcanzados dependen del cumplimiento de nuestros deberes.

Y es que, si exigimos libertad para una gran cantidad de cosas, no podemos echar la vista a otro lado cuando algo que hemos hecho en el ejercicio de nuestra libertad tiene consecuencias negativas.

Como bien apunta Soto Ivars, ‘el insulto y la calumnia no están amparados por la libertad de expresión’, pero eso no quita que la señora que atacó a Inés Arrimadas estuviese haciendo uso de dicho derecho, aunque fuese de forma equivocada y flagrante.

Esa mujer se sintió libre para realizar unas declaraciones, pero olvidó que todo acto que llevamos a cabo en libertad conlleva su contraprestación en cuota de responsabilidad.

Además, la señora no decidió escribir una carta privada a Arrimadas, sino que eligió publicar el ofensivo mensaje en una red social. Fue ella quien se equivocó en la elección de la plataforma a utilizar.

Imaginemos por un momento que Inés Arrimadas hubiese preferido dejar pasar el mensaje. ¿Quien nos dice que alguien que leyera casualmente su muro y encontrase el mensaje no lo compartiría en sus redes? ¿Cómo podemos saber que no hubiese existido juicio público en las redes en caso de que Arrimadas simplemente hubiera ignorado a la señora?

La señora, independientemente de quien llegase a ver su mensaje, sabía que lo que iba a publicar sería del dominio público en el mismo momento en el que pulsas el botón Aceptar. Es ella quien actuó equivocadamente tanto por el mensaje ofensivo que escribió como en la forma de hacérselo llegar a Inés Arrimadas.

Soto Ivars, como hemos visto, condena las palabras vertidas por la señora, en lo que acierta y aplaudo, pero se equivoca al querer trasladar el foco de lo realmente importante de ese hecho.

Consideraciones finales

Estar en las redes sociales no es sencillo y por ello no debe tomarse a la ligera. Si queremos vivir en comunidad digital, debemos ser conscientes de que compartimos un espacio en el que se dan una serie de peculiaridades:

  • La información compartida en redes sociales se mueve mucho más rápido que en cualquier otro medio. Se trata de un nuevo boca a boca digital que distribuye noticias a la velocidad de la luz.
  • La gente es capaz de desprenderse de la vergüenza o la timidez, bien porque se sienten seguros tras esa capa digital, bien porque deciden expresarse en boca de perfiles fake, y escribir mensajes a veces valientes pero otras veces cobardes e hirientes.
  • Nos convertimos en jueces y ejecutores de usuarios y sentencias.
  • Todo se magnifica. Cuando un tema comienza a tener repercusión, tanto las opiniones positivas como las negativas van creando sus propias corrientes de opinión que acaban convirtiéndose en esos juicios abiertos y públicos a los que se refiere juan Soto Ivars.
  • La omnipresencia de las redes sociales en todos los ámbitos de la comunicación (televisión, radio, periódicos) ha propiciado que las mismas se hayan convertido incluso en fuentes de muchos de estos medios.

Hay muchas más características que destacar, pero como este artículo se está extendiendo ya demasiado, es preferible que paremos aquí.

Los linchamientos digitales son una realidad cada vez más frecuente. Basta una pequeña chispa para que se desencadene toda una llamarada de reacciones que encienden las redes. Muchos de estos linchamientos son injustos, otros no, pero somos nosotros, los usuarios de las redes sociales, quienes debemos ser conscientes de en qué medio nos estamos moviendo y las consecuencias que pueden tener cada uno de nuestros pronunciamientos.

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