Librepensamiento, agnosticismo y Objetivos del Desarrollo Sostenible

Si como humanidad no queremos vernos despeñados por el precipicio de la auto aniquilación, no nos cabe otra: tenemos que transformar el sistema.

Esto, cuando menos, es en lo que parecen convenir unos y otros… Los más, en todo caso, de los que afirman tal concordia. Que son, sin ninguna duda, los que más fuerza tienen a la hora de sentar criterios, al momento de configurar opiniones, en la sazón de perfilar consensos… ¡Como si la ciencia tuviera menos que ver con la verdad que con los acuerdos de conveniencia!  ¡Ah! Y que Dios Nuestro Señor libre a cualquiera de no comulgar con dichas formas…  No digo yo, de discrepar de manera abierta arguyendo a contario, con otros datos en la mano… tan objetivos o sesgados como se quiera: que aquí, lo de dar con la cosa en sí, entender el noúmenon, ya sabemos, desde Kant, que no es dable al conocer –Wissen– humano; sí, en todo caso al pensar –Denken… Y, por pensar, se puede pensar de todo: desde la utopía a la quimera, pasando por la fantasía y el desvarío…

Como últimamente ya me van cayendo más rejonazos de los que estoy en condiciones de aguantar, aparcaré el asunto; no entraré a por esas uvas; no querré coger la lana… no vaya a ser que vuelva trasquilado yo… Me limitaré a dejar constancia de cómo entiendo lo que hubieron de haber tenido que pasar toda la suerte de extravagantes que en el mundo han sido; soy perfectamente capaz de ponerme en la tesitura de la turbamulta de discrepadores, nadando a contracorriente de la communis opinio… Creo que estoy captando la onda en la que emitieron todos los que, por mantener otra –hetero–  opinión –doxa-, fueron calificados de heterodoxos… ¡Bienaventurados ellos!, que muchas veces, eran los que tenían razón… eran quienes estaban en la recta –orto– opinión.

Yo, afortunadamente, en el día de hoy, sé que no voy a dar con mi cuerpo serrano en hoguera alguna, como no sea la de las vanidades. Por fortuna, ya no hay Giordanos Bruno que vayan a ser quemados…  Pero sí pudiera haber nuevos Galileos a quienes acogotar para que se retracten…  aunque luego, por lo bajo, entre dientes, murmuren farfullando un eppur si muove!

Yo no soy un buen creyente… O si lo soy, soy como Pepone, el alcalde comunista del pueblo de don Camilo, aquel benemérito cura que nos dejara para deleite Giovanni Guareschi…  Vamos, que no creo en la católica, que es la única verdadera… ¡como para creer en la protestante!

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Traduciendo: que ni tengo tanta fe como para no creer en Dios y atribuirlo todo al azar; ni tampoco me sobra como para creer que todas las ruedas de molino que se vendan en la feria de la bienpensancia actual, por más auspiciada que esté desde alta instancias que no procede señalar -intelligentibus, pauca!-  hayan de ser comulgables… al menos por este cura… ¡Vamos, que suspendo el juicio, reconozco no acabar de tener criterio… y sí muchas dudas! ¡Me declaro agnóstico, como el Viejo Profesor! ¡Que soy, a contrapelo de lo políticamente correcto, un verdadero libre pensador, como os de cuando entonces! Y que quiero seguir pensando por libre… Ahora bien: si pudiera ser, quisiera serlo -en una suerte de nadar y guardar la ropa, ¡que uno también sabe que necesita lo que necesita!- sin tener que cerrarme del todo las puertas del chollo financiable; ya sea por concurrencia competitiva, ya sea de libre disposición. ¡No me alejaré mucho del mainstream… aunque, eso sí, trataré de ir por la orillina, cerquina de lo segao!…

Y, en consecuencia, repito la frase del arranque y continuamos para bingo

Si como humanidad no queremos vernos despeñados por el precipicio de la auto aniquilación, no nos cabe otra: tenemos que transformar el sistema.

Como para ello urge llevar a efecto importantes acuerdos en el tablero de la globalización, sería conveniente aprovechar las ocasiones que 2018 ofrece. Por ejemplo, el Foro Económico Mundial, tanto en su versión tradicional de Davos, cuanto en la programada para América del sur,  en Sâo Paulo; las reuniones del Banco Mundial y del Fondo Monetario Internacional, previstas para octubre; o la reunión de los líderes para la Cooperación Económica Asia-Pacífico de noviembre. Por lo demás, son también necesarios ajustes finos en las políticas nacionales -lucha contra la corrupción y estabilidad institucional fundamentada en sólidos basamentos constitucionales… Resulta apremiante sacudir el lastre de la galbana cultural que –hija de la indolencia y enemiga del espíritu emprendedor-, está narcotizando a medio mundo, impidiendo desplegar creatividad y desarrollar nuevas capacidades.

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Sobre todo, se está haciendo necesario cuestionar a fondo el telos de la economía; pues no sólo vale la pena, sino que es urgente repensar cuál sea el fin último de la actividad económica y de la Economía como ciencia… ¿Se tratará acaso de incrementar el PIB y de crecer por crecer, o más bien, se debería buscar la satisfacción de las necesidades humanas de forma eficiente y justa? De la respuesta que se dé a estas cuestiones, habrá de derivarse -o no- unas propuestas políticas a la altura de los tiempos y una cultura empresarial abierta a la co-creación de un mundo mejor, asentado sobre la base firme de un entorno sostenible.

No constituye un secreto para nadie que, por el camino que vamos, no podemos seguir mucho tiempo. Si no cambiamos de paso, nos toparemos con un panorama poco halagüeño:  de un lado, veremos crecer el abismo de la desigualdad -entre países y regiones, y en el interior de las sociedades. De otro, la explotación irracional de un planeta finito, ya excesivamente contaminado y caliente; la desaparición de la biodiversidad; el agotamiento de recursos no renovables; la preocupante circunstancia del envejecimiento de la población y la explosión de la bomba demográfica que se avecina de aquí a mediados de siglo. Constituye capítulo aparte, el peligro de la concentración del poder –económico, político, tecnológico- en unas pocas manos de Big Brothers con acceso inmediato a Big Data y a su Analytics. ¿Qué decir del fantasma de una –no imposible- guerra nuclear; del choque de civilizaciones; de la inseguridad derivada del fanatismo terrorista; del drama de los inmigrantes y de la tragedia de los refugiados…?

Lo que va dicho -con la implícita agenda política, socio-cultural, y económica– ha de entenderse como el telón de fondo en el que se han venido inscribiendo las propuestas llevadas a cabo por la ONU desde hace unos cuarenta o cuarenta y cinco años: desde la Conferencia sobre el Medio Humano -Estocolmo, 1972-; hasta la adopción de los 17 Objetivos del Desarrollo Sostenible (ODS) de 2015… pasando por el denominado  Informe Brutland del año 1987. En este documento, como es sabido, se acuña el término Desarrollo Sostenible, entendiendo por tal, aquel que permite a las generaciones actuales satisfacer sus necesidades, sin poner en riesgo las posibilidades de que las futuras satisfagan las suyas.

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Como decimos, en 2015, la ONU establecía la denominada Agenda 2030, a la que se adhirieron 195 países; y en la que se fija un reto lapidario: transformar el sistema en todas sus vertientes -política, cultural, educativa, social, religiosa, económica-, para erradicar la pobreza, la desigualdad y el hambre; y para diseñar una economía baja en carbono, respetuosa con el medio ambiente. A ello están convocados los gobiernos, la sociedad civil y las empresas.

Ya llevamos dos años de una generalizada promoción de los ODS. ¿Qué balance cabe hacer?

Aunque no hay datos muy precisos ni indicadores exhaustivos con que medir los resultados de las 169 metas -¡ahí es nada!- que los ODS se marcan, la información que arroja The Sustainable Development Goals Report 2017 indica una cosa muy clara, que -dicho en términos de evaluación escolar- se sustancia en una calificación de necesita mejorar… Y ello porque, al parecer, sólo un 7% de los ODS se encuentra en un estado de consecución razonablemente presentable.

Por lo demás, las opiniones respecto a este fenómeno de la empresa sostenible, están netamente divididas. Los más optimistas ven en ello un ejercicio de responsabilidad empresarial y una oportunidad para innovar y hacer mejores negocios en el futuro. Los más escépticos recelan de si no será una moda más, un simple lavado de cara –greenwashing– y una ocasión para que las consultoras obtengan pingües beneficios elaborando informes.

Unos y otros, sin embargo, reconocen que, tomados en serio, los ODS constituyen una oportunidad inmejorable para llegar a ser cada día más y mejor empresa; y para llevar a efecto una gestión ética, que contribuya al desarrollo humano integral de todas las personas, desde el respeto a unos procesos naturales y a la vida en el universo tal como la conocemos.

En esto quiero creer. Aunque, para ello, ciertamente, no sea estrictamente necesario tener que asumir todos los dogmas progres ni todas las demasías de quienes quisieran ver desterrado de la faz de la Tierra al hombre; precisamente, al hombre. ¡Hasta ahí no: mire usted! ¡Póngase como se quiera poner! Que una cosa es una cosa; y otra, es otra.

¡Ah! Y ya, puestos, de postre prefiero comer rosquillas, más que sandías.

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